Los dos papas: valioso acercamiento a los personajes y las personas

El brasileño Fernando Meirelles obtuvo fama y reconocimiento gracias a Ciudad de Dios (Cidade de Deus, 2002): además del éxito alcanzado en diferentes países y con diversos públicos, fue nominada en cuatro categorías del Óscar y se llevó premios a montones del festival de La Habana. Gracias a las virtudes de esta cinta (que, dicho sea de paso, a mí me parece cuestionable, pues es bastante “efectista” y termina dando glamour a la violencia y la miseria que registra), al realizador se le abrieron las puertas del mundo del cine: a continuación filmó dos películas en coproducción inspiradas en célebres novelas: El jardinero fiel (The Constant Gardener, 2005), a partir de una obra de John le Carré, y Ceguera (Blindness, 2008), que surge de Ensayo sobre la ceguera de José Saramago. Después se involucró en escasos largometrajes que pasaron sin pena ni gloria y en producciones televisivas más o menos populares. Con Los dos papas (The Two Popes, 2019) regresa a los terrenos del largometraje. Y entrega buenas cuentas.

La producción es cortesía de Netflix; el guión es de la autoría del neozelandés Anthony McCarten, cuya pluma estuvo involucrada en los textos que dieron origen a películas de corte biográfico, como La teoría del todo (The Theory of Everything, 2014), “protagonizada” por Stephen Hawking, Las horas más oscuras (Darkest Hour, 2017), que tiene a Winston Churchill como personaje principal, y Rapsodia bohemia (Bohemian Rhapsody, 2018), que recoge algunos pasajes de la vida de Freddie Mercury. En Los dos papas sigue la vereda de la biografía y se ocupa de los encuentros y desencuentros que tuvieron el alemán Joseph Ratzinger (Anthony Hopkins) y el argentino Jorge Bergoglio (Johathan Pryce), Benedicto XVI y Francisco. Las “hostilidades” inician en el cónclave que llevó a Ratzinger a la silla de Pedro y se retoman años después, cuando Bergoglio solicita su retiro al primero, quien, por su parte, ya planea renunciar. Lo demás es Historia.

Meirelles echa mano de su conocido arsenal, no exento de efectismo. Propone angulaciones insólitas, distanciamientos elocuentes y acercamientos epidérmicos –que nos llevan no sólo a la intimidad sino a la mente y sentimientos de los personajes– pequeños zooms y cámaras en mano que transmiten la zozobra y generan un ánimo verista; la cámara, a menudo en movimiento, contribuye a dar agilidad al ritmo; no falta el espectáculo de las imágenes grabadas con drones. La puesta en escena va de la opulencia vaticana a la miseria argentina y en todo momento aporta verosimilitud; la luz, cortesía del uruguayo César Charlone –fiel colaborador de Meirelles– subraya la algidez y la calidez que en diferentes momentos se hace presente. Las músicas del norteamericano Bryce Dessner contribuyen a la emoción pero también a la ambientación, pues en algunos momentos emulan aires latinoamericanos. El montaje empuja un ritmo que va del vértigo al reposo y resume algunas coyunturas; no faltan las escenas en las que el emplazamiento y el corte reservan sorpresas y son pertinentes para hacer más de un chiste.

Las virtudes del estilo son provechosas para dar ligereza sin quitar densidad a pasajes que han sido determinantes en el curso reciente de la Iglesia, pero en particular para abordar diferentes facetas de sus protagonistas: si los personajes –como todos sabemos, por sus vidas públicas– son relevantes, en la cinta cobran importancia las personas: el cineasta explora los “fantasmas” de Ratzinger y Bergoglio, expone sus dudas y monta escenas en las que enfrenta posturas opuestas con relación a las formas y la misión del sacerdocio y la vida eclesiástica. Sin temor y con temblor, con humor y con rigor, va esbozando las singularidades de dos seres humanos distantes y cercanos (porque al final se concretan los retratos de dos humanos, demasiado humanos). Pronto se instala un tono confesional y la historia transita hacia la confesión. Así conocemos las crisis de fe, las culpas que asaltan la memoria y el ánimo de ambos: descubrimos el pasado del argentino, algunos eventos determinantes que vivió antes de tomar los hábitos, actitudes cuestionables que adoptó durante la dictadura en su país, cuando fue provincial jesuita; también descubrimos que la humildad y la amabilidad pueden ser una forma de penitencia. Ratzinger ventila sus omisiones en el caso Maciel y reconoce que “todos sufren de orgullo espiritual”. Meirelles aborda la cinta con un ánimo afable, más que con un afán denuncia. Así, si se hacen presentes algunas críticas (que alcanzan a El Vaticano, pero también al paisaje latinoamericano, al curso del mundo, a los muros que dividen) prevalece la voluntad de conciliación, que alcanza para apreciables dosis de emotividad.

Calificación 80%

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