Snowpiercer: la serie promete poco

En “El libro del guión”, su célebre manual, Syd Field propone un modelo para la escritura de guiones, al que llama paradigma. De acuerdo con éste, es recomendable –incluso imperativo– que un guión se sujete a una estructura (bastante rígida, dicho sea de paso). Propone una distribución de la acción en tres actos, y establece algunas etapas para un largometraje. La primera se conoce como gancho, y ha de aparecer cerca del inicio, pues “hay que enganchar al lector inmediatamente”. Los primeros diez minutos son fundamentales, pues según San Syd es el tiempo en el que el espectador decide, consciente o inconscientemente, si la película le gusta o no.

Las series de televisión proceden de manera proporcional. Así, el primer episodio hace las veces de los diez primeros minutos de un largometraje: si no te enganchas con el primer capítulo es poco probable que tengas una buena disposición para lo que sigue. Eso no lo dice Field: me he tomado la libertad de hacer la analogía de acuerdo con mi experiencia, pues ése es mi proceder cuando decido ver la primera entrega de una serie (lo cual no es frecuente: hay que tener interés y harta paciencia para fletarse con horas y horas de algo). A menudo el primer capítulo me invita a no volver, como me sucedió con Freud, cuyo arranque me resultó indigesto. Sucedió lo mismo con Snowpiercer (2020), que se conforma de 20 episodios (al ritmo de un lanzamiento por semana), que recién estrenó Netflix: a juzgar por el primer episodio, la serie promete poco.

Snowpiercer tiene dos antecedentes: la cinta homónima de Joon Ho Bong –quien obtuvo harta celebridad por Parásitos–, que en México circuló con el título de El expreso del miedo (2013), y la novela gráfica francesa en la que se inspiró el cineasta coreano: Le Transperceneige de Jacques Lob, Benjamin Legrand y Jean-Marc Rochette. La serie inicia con una animación que explica el origen del tren de 1001 vagones que circula de forma ininterrumpida por un planeta congelado. En los primeros vagones viaja la burguesía, y en la cola viajan los pobres, que son puro lumpen, un lastre: unos verdaderos parásitos.

Apenas inicia la serie y somos testigos de las desigualdades, de la opulencia en “el norte” y la miseria en el “sur”. Pero pronto las cosas transitan por la ruta del cine policial y se multiplican los personajes y las subtramas. El asunto presenta cierta dispersión, tendencia que aqueja casi inevitablemente a las series hoy día: se apuesta más por la diversidad que por la profundidad. En la cinta de marras, los guionistas cuentan con cerca de 1000 minutos para reflexionar sobre la lucha de clases (que hoy día no tiene los alcances que esbozaba Marx: no se propone una nueva sociedad, sino que se busca conservar o adquirir la riqueza: el pobre no busca un mundo justo, busca ocupar el lugar del rico), la desigualdad social, las contrariedades de la vida en sociedad o las contradicciones humanas. O para lanzar una crítica a un sistema injusto, o para asumir con cinismo que la humanidad puede prescindir sin problemas de una enorme masa de sus miembros, que, como ilustra la serie, no producen realmente nada. Acaso esto suceda más adelante, pero hasta el tercer episodio (lanzado esta semana, y al que llegué para tener más elementos para este texto) nada hace pensar que el tren vaya en esa dirección.

Como van las cosas, entre romances nostálgicos y la enfatización de las jerarquías, parece poco probable que el aporte sea sustantivo con relación a lo que entregó la cinta de Bong. Es notoria la voluntad de quedar bien con la corrección política que mandan los tiempos y proponer un cambio genérico en lo relativo al ejercicio del poder: los sesentayocheros franceses postulaban la imaginación al poder, hoy podemos constatar justo lo contrario. Entiendo que la trama policial es una estrategia para hacer revelaciones y empujar la historia, pero el contexto en el que se ubica y las revelaciones mismas son poco prometedores.

En los créditos de producción aparecen Joon Ho Bong y Park Chan-wook; en los de realización, repartidos en diez realizadores, no aparecen nombres célebres. Si bien no es una cuestión de nombres, en la realización se percibe poco riesgo, un tratamiento rutinario. Es una pena que los coreanos estén en la producción y no en la dirección, pues de ellos cabría esperar prodigios audiovisuales, enjundia estilística, el apoyo de la técnica a la sustancia, cosa que no sucede: en el manejo de cámara, repito, hay un adocenamiento inocultable. Como van las cosas en la serie, estoy siendo invitado a dejar pasar este tren; como van las cosas, la humanidad ofrece cada día menos pretextos para el optimismo, y su destino cada día me es más indiferente (también en la serie).

 

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