Los asesinos de la luna o un taxi driver sin atributos

Vi Los asesinos de la luna (Killers of the Flower Moon, 2023), el más reciente largometraje de Martin Scorsese, en una función de media semana en la sala IMAX. Al comprar el boleto había tres asientos vendidos; al iniciar la función había alrededor de una docena de espectadores. No se necesita saber mucho de cine para explicar el escaso interés por una de las mejores películas del año: dura 200 minutos y Scorsese no es particularmente taquillero en el Valle de Atemajac. Naturalmente, la película no sobrevivió más de una semana en la sala de marras.

Los asesinos de la luna se inspira en una novela de David Grann y ubica la acción en Oklahoma, en los años veinte del siglo veinte. Al inicio asistimos a un ritual de los osage, nativos americanos, que anticipan el fin de su gente porque en sus terrenos hay petróleo; es una especie de sepelio, pues se prevé que los jóvenes no seguirán las costumbres ancestrales. De hecho, apenas brota el líquido negro y ya vemos a los osage vistiendo y consumiendo como burgueses blancos. Por allá llega Ernest Burkhart (Leonardo DiCaprio), quien participó en la primera guerra mundial… como cocinero. Es albergado y luego orientado por su tío William Hale (Robert De Niro), quien es un baluarte de la comunidad y aparentemente aprecia a los nativos. Ernest trabaja como chofer de taxi y hace encarguitos a su tío. Después se casa con Mollie (Lily Gladstone), joven osage que habrá de heredar una fortuna. Mientras la familia crece, nos enteramos que numerosos indios han sido asesinados y vamos descubriendo la verdadera personalidad de Hale. Más adelante llegará el FBI a investigar los crímenes.

Para no variar, Scorsese entrega una cinta formalmente brillante. Rara vez apuesta por lucimientos con la cámara, pero su estilo es lucidor incluso en la exposición de las situaciones más nimias. En general no abundan los movimientos, y cuando aparecen, son sutiles y pertinentes para establecer relaciones entre personajes, para describir algunas acciones y hacer revelaciones. Sale de este paisaje un largo travel por la casa de la familia de Mollie, que da cuenta de la multiplicación de sus miembros. La puesta en escena recrea con verosimilitud la época y el lugar, y la luz, cortesía del cinefotógrafo mexicano Rodrigo Prieto (quien ha estado detrás de la cámara en los últimos proyectos del realizador neoyorquino: El lobo del Wall Street, Silencio, El irlandés), apoya y subraya el amplio abanico emocional que habita la historia. En la banda sonora llama la atención –a menudo con discreción– la música de Robbie Robertson, quien ha estado presente en numerosos largometrajes de Scorsese y que falleció recientemente. Mención aparte merece el montaje, que para no variar con Scorsese tiene grados de exquisitez y se concreta con eficacia en la edición, cortesía de Thelma Schoonmaker: consigue que la cinta fluya con buen ritmo, que no se sienta pesada (no empañan el montaje un par de cortes precedidos de movimientos de cámara que resultan erráticos y dos de planos-contraplanos en los que se rompe la continuidad: como en otros casos, aquí la pequeña imperfección es un ingrediente de la belleza).

Tanta maravilla técnica –y no me cansaré de recordar que Scorsese es un genio de la técnica–empuja una narrativa punzante y aporta lucidez al relato. El realizador, y coautor del guión, implementa de muy buena forma la estrategia conocida como “entrar tarde y salir temprano”, la cual consiste en iniciar las escenas cuando el asunto ya está en curso y terminarlas antes de que lleguen a una conclusión. Esto alimenta la curiosidad del espectador e influye positivamente en el ritmo; asimismo, da lugar a saltos temporales que se aclaran conforme se desarrolla la escena. En este sentido hacen buenas contribuciones y aclaraciones un puñado de saltos al pasado.

El relato que así avanza y los personajes que así progresan se inscriben en lo mejor de la tradición scorsesiana. Hale recuerda a James Conway, uno de los protagonistas de Goodfellas (1990), y no solamente porque De Niro le da vida, sino porque tiene claros sus objetivos y no duda en moverse en el umbral de la cortesía y la villanía. Sale un poco de ese mapa de personajes enjundiosos y testarudos que caracterizan la filmografía de Scorsese el protagonista: se diría que Burkhart es un taxi driver sin atributos, aunque manifiesta algo que parece amor por su esposa es indolente y obediente, es incapaz de ofrecer resistencia o de oponerse a los designios de su poderoso tío por dañarla y acelerar el trámite testamentario: da su consentimiento a esos planes al mostrarse colaborativo. Es peor que el protagonista de Tony Manero (2008), la maravillosa película del chileno Pablo Larraín. Éste al menos era capaz de generar por sí mismo el odio que luego concretaba en las vilezas que llevaba a cabo. Era, así, el hombre ideal para apoyar la dictadura de Pinochet. Burkhart parece incapaz de tomar en sus manos su vida, de decidir de acuerdo a lo que parece sentir. Es una masa blandengue y moldeable en manos de quien sí tiene proyectos abyectos. Sería un buen fan de Trump. Entre tío (¿Sam?) y sobrino se abre el espacio propicio para una provechosa reflexión moral.

Scorsese exhibe una vez más la hipocresía que habita Estados Unidos. Como en Pandillas de Nueva York (Gangs of New York, 2002) muestra que el país tiene un amplio pasado criminal, muestra cómo las manos que construyeron America están manchadas de sangre. Si en la conquista del Oeste los blancos no tuvieron empacho en arrasar con la fauna que encontraron a su paso (lo mismo bisontes que indios), años después, tal como se ve en Los asesinos de la luna, se busca cuidar las apariencias, y con una sonrisa y aparente simpatía se busca concretar el mismo objetivo: apropiarse de la riqueza de los nativos. ¿Esta forma de obrar explicaría la corrección política de cada época? ¿Se busca la simpatía de las minorías que luego habrán de ser explotadas?  

Calificación 100%
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2 respuestas a “Los asesinos de la luna o un taxi driver sin atributos”

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