Un día lluvioso en Nueva York: llueve sobre mojado

En la lógica de la famosa política de los autores, que promovieron en los años cincuenta del siglo veinte los jóvenes críticos de la revista Cahiers du cinéma (entre los que estaban François Trufffaut y Jean-Luc Godard, futuros baluartes de la Nueva ola), una película mediana de un gran director –de un autor– merece atención y tiene valor (se diría que per se). A veces tendrían más valor que películas buenas de realizadores medianos. (Esta política, dicho sea de paso, es refrendada cada año en la selección del festival de Cannes: es una de las razones que explican la presencia en la competición de obras menores de autores mayores.) Coincido con esta apreciación: ciertos autores ofrecen sustancia aun en sus obras aparentemente más insustanciales. Es el caso de Woody Allen, un autor que ha entregado más de una película que se aleja del nivel de sus mejores obras (sin afán de justificarlo, es uno de los riesgos de filmar, en promedio, una película por año). Es el caso de Un día lluvioso en Nueva York (A Rainy Day in New York, 2019), que no se cuenta entre lo mejor de su filmografía. Pero tiene su encanto.

La cinta acompaña a Gatsby Welles (Timothée Chalamet), un joven que pertenece a una familia adinerada y estudia en una universidad elitista cercana a Nueva York. Un fin de semana su novia, Ashleigh (Elle Fanning), tiene que hacer una entrevista a un famoso realizador en la gran ciudad. Gatsby la acompaña y planea un fin de semana con ella. Pero “la ciudad tiene su propia agenda” y el joven debe vérselas con su madre, a quien quería evitar.

Allen propone una cinta que fluye a buen ritmo gracias, entre otras cosas, a la movilidad de la cámara. Ocasionalmente utiliza lentes angulares que por su buena profundidad de campo contribuyen a darle protagonismo a la ciudad. Para no variar la puesta en escena presenta matices de exquisitez. A ello colabora de buena manera el trabajo del monumental cinefotógrafo Vittorio Storaro (quien aparece detrás de la cámara de numerosas cintas de Bernardo Bertolucci, trabajó en más de una ocasión con Francis Ford Coppola y recientemente estuvo en Guadalajara fotografiando la más reciente película de Carlos Saura). Éste aporta un tono de calidez plausible, y da a la ciudad una intimidad acogedora. En la banda sonora no faltan las habituales notas del jazz, primordialmente las músicas del pianista Erroll Garner.

El marco que así se construye es pertinente para hacer algunos apuntes atendibles sobre Nueva York y “su fauna”. El más valioso es el que apunta a la crítica de la alta sociedad de la ciudad. La Gran Manzana, como la que Eva ofreció a Adán (de acuerdo con la fábula bíblica), tiene un poder seductor, pero también corruptor. Acoge la belleza –joven–, trata de apropiársela, y no duda en prostituirla. El arte y la vida en sociedad del relumbre son medios para ocultar un origen plebeyo, provinciano. La apariencia es deslumbrante, pero no hay ahí mucha espiritualidad que consignar (aun menos en el mundo del cine). Al contrario, los neoyorquinos acomodados parecen ávidos vampiros, dispuestos a seducir y convertir a los recién llegados. Pero en el fondo hay un vacío inocultable y traumas no superados. Se hace un esbozo valioso de una sociedad que vive entre la pretensión y la verdad. Entre lo que quiere parecer y lo que realmente es. Y en este paisaje el amor sigue ofreciendo un horizonte de verdad. Allen no puede ni quiere ocultar que es un romántico empedernido, y que la vida en pareja es provisional porque el amor lo es: no hay amor que dure hasta que la muerte los separe. De ahí las rupturas habituales y la búsqueda constante de sus personajes.

Un día lluvioso en Nueva York ofrece dosis plausibles de humor y pasajes memorables. En particular el revelador encuentro que el aspirante a gran Gatsby tiene con su madre. Asimismo, hay pasajes a los que es difícil conceder verosimilitud. En algunos casos porque las actuaciones (en particular la de Chalamet, quien pretende dar vida al neurótico alleniano de rigor) no son convincentes o las situaciones resultan un tanto demostrativas. El conflicto del personaje tampoco parece bien desarrollado (y que conste que aun en sus registros más bajos Allen presenta dilemas morales atendibles). Así pues, si los grandes asuntos de Allen aparecen, no hay un tratamiento fresco –a pesar de las humedades del día lluvioso– ni memorable: no estamos ante una gran obra de un gran autor.

 

Calificación 65%

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