Otra ronda: beber es increíble

Otra ronda: beber es increíble

Otra ronda (Druk, 2020) ha llamado la atención por diferentes motivos aun antes de su filmación, que pudo no ser. Días antes de iniciar el rodaje la hija mayor del realizador y coguionista, Thomas Vinterberg, murió en un accidente vial. Como es inevitable en estos casos, el dolor para los padres es infinito, y el cineasta danés pensó abandonar el proyecto; pero siguió como un homenaje a la difunta (a la que dedica la película). Su estreno fue virtual en el festival de Cannes del año anterior, que fue pura virtualidad: si bien formó parte de la Selección oficial, no hubo proyección alguna. Finalmente alcanzó la celebridad después de ganar aplausos y premios en diversos festivales; la “coronación” llegó de la mano del frívolo Óscar, quien le otorgó el premio a mejor película internacional.

Otra ronda da cuenta de un singular experimento científico. Cuatro maestros de preparatoria que llevan existencias más bien grises cambian su cotidianidad bebiendo de forma metódica y registrando los resultados (para cumplir con los requisitos de la academia, pues). Buscan validar una hipótesis que afirma que el ser humano nace con el 0.05% de alcohol en la sangre y que, al mantener ese nivel, se transita por la vida más relajado y sereno. Así comienzan el experimento, y beben solo durante el día. Como los resultados son positivos y alentadores al inicio, posteriormente se plantean subir los niveles. Las consecuencias son variopintas, con pasajes maravillosos y momentos tortuosos: en un mundo maniqueo que ve en blanco y negro, se presenta una amplia paleta de colores. Y el balance es fascinante.

Fiel a su costumbre, Vinterberg apuesta por un estilo que tiende a ser naturalista, con ecos del Dogma 95 y su afán desmaquillador. La cámara por lo general está en mano, lo que permite hacer visibles las palpitaciones de los personajes, sus crisis y sus alegrías, su (in)tensa calma. Los movimientos de cámara unen a los personajes; describen, a veces con humor, espacios y situaciones. Por el estado etílico de los personajes habla la profundidad de campo, que es inversamente proporcional a la cantidad de alcohol ingerida. La luz matiza y empuja la emoción: contrasta tristes deslices y alegres atrevimientos, pasajes gélidos con momentos de calidez. La utilización frecuente del close up permite tener una cercanía con los personajes; las expresiones hablan y se constituyen en una especie de monólogo interior silente. La música es dosificada, y cobra valor las melodías ejecutadas por el pianista danés Klaus Heerfordt, quien “sólo podía tocar en el momento exacto en el que no estaba ni borracho ni sobrio”, como anota uno de los personajes.

Vinterberg, que en La caza (Jagten, 2012) hizo una crítica frontal a la mojigatería y desnudó el prejuicio, sale bien librado de una apuesta de equilibrista. Explora un abanico de posibilidades y diferentes matices relacionados con el consumo de alcohol. No cede a la euforia ni a la moralina; no pontifica, pero tampoco condena; no cierra los ojos ante los gozos ni ante los destrozos. Deja ver que el ánimo que se consigue con las bebidas espirituosas es apreciable y deseable; pero también que el exceso provoca más de una debacle. Así, la cinta va del gozo, incluso del gozo desmedido, a situaciones deprimentes y momentos de riesgo. Los profesores recuperan la alegría y pueden lidiar con la distancia conyugal, la soledad o las miserias cotidianas de la reproducción; pero también pierden la ecuanimidad, y en la inconsciencia sufren maltratos físicos o se exponen a situaciones incontrolables. Para los estudiantes supone alegría y, para alguno, la posibilidad de relajarse para presentar un examen. En todos los casos, la bebida es un ingrediente que anima la convivencia, es parte indispensable de la celebración. Al final, parafraseando a Nietzsche, queda claro que la vida sin alcohol es un error.

Vinterberg no engaña ni se autoengaña. Sabe que en Dinamarca el consumo de alcohol es alto. Como expone en una escena, entre los jóvenes es habitual. Asimismo, muestra cómo ellos están expuestos a presiones considerables y éstas crecen con el paso de los años. Al desencanto se suma la frustración, porque descubren, como dice el protagonista, que “el mundo nunca es lo que esperas”. No obstante, Vinterberg no elude la responsabilidad de su exposición… e invita a que el espectador/bebedor actúe en consecuencia. Beber es increíble, pero ser responsable también lo es (y, hoy día es además excepcional). En un paisaje en que los bebedores de todas las edades eluden su responsabilidad y endilgan culpas a los otros (en un capítulo de la sensiblera serie televisiva La rosa de Guadalupe luego de endilgarnos un melodrama que da cuenta de las consecuencias de una fiesta y borrachera juvenil, con sus desavenencias trágicas, los guionistas no dudan en culpar al alcohol y, de esta forma, eliminar la responsabilidad del bebedor), Otra ronda nos invita a la crítica y la autocrítica. Lo cual no es poca cosa en un mundo de criticones irresponsables.

Calificación 90%

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