Los trapos sucios se lavan en casa: la servidumbre sigue enojada

Antes de iniciar el comentario de Los trapos sucios se lavan en casa (2021), resulta inevitable pensar en algunos antecedentes más o menos recientes. Para empezar, Roma (2018) de Alfonso Cuarón, que dio protagonismo a la servidumbre doméstica; a continuación, Nuevo orden (2020) de Michel Franco, que recoge con sensacionalismo una revuelta de los que trabajan para los ricos; el último lo proveen los créditos: estamos ante un refrito de Secuestro a domicilio (2009) del panameño Abner Benaim, que justamente utilizaba como frase promocional el título de la entrega mexicana. Dicho lo anterior, estamos ante una cinta que no es mala, es malísima.

Los trapos sucios se lavan en casa es el segundo largometraje de Diego Muñoz, quien pasó sin pena ni gloria con su ópera prima, Bala mordida (2009). Ahora da cuenta del enojo de Lupita (Giovanna Zacarías) y Toñita (Amorita Rasgado). Ambas hacen el trabajo doméstico en casa de un político y su esposa. Los patrones les deben algunas quincenas, por lo que, para hacer el cobro respectivo, deciden secuestrarlos a ellos y sus hijos. El evento dura un par de días, en los cuales la convivencia provoca que se ventilen los trapos mentados en el título.

Muñoz se surte con la cuchada grande del arsenal televisivo. Para empezar, con las actuaciones, que son enfáticas y caen a menudo en el exceso demostrativo, en particular las de los histriones que dan vida a los patrones: Arath de la Torre y Lisset acostumbran aparecer en los elencos de telenovelas o programas cómicos (mención aparte merecen las fugaces apariciones de dos actores que si bien han hecho una larga carrera en cine, no escapan al aura televisivo: Angélica Aragón y José Alonso). A continuación, con el registro: si bien es cierto que en algunos momentos la cámara “se pone graciosa” (con algunas grúas que acentúan sendos gritos de la patrona), por lo general la apuesta está en planos fijos sobre los actores y sus gesticulaciones. En la banda sonora aparece a cada rato la música que quiere ser divertida y emular ritmos populares.

El estilo pretende dar forma a una comedia, que por momentos busca teñirse con matices oscuros. El resultado es doblemente fallido. Porque si en la sala se escuchan ocasionalmente algunas carcajadas, la apuesta genera más pena que risa. Muñoz no consigue establecer un tono provechoso para darle verosimilitud y fluidez a la acción. El humor palidece cuando el director intenta darle matices dramáticos y hasta melodramáticos a los motivos de Lupita y Toñita: el hijo de la primera está hospitalizado y los cuidados son costosos. Asimismo, pretende hacer crítica al estilo de La ley de Herodes (1999) de Luis Estrada, y hace una trasnochada exhibición del PRI (que aquí aparece con sus viejas siglas: PRM). El cóctel de humor y “crítica social” resulta informe –deforme– y, peor, contraproducente: porque si la comedia es un género maravilloso para ventilar los asuntos más profundos de la humana condición y convivencia, aquí la mescolanza boicotea la risa y la posible crítica. Para acabarla, hay asuntos técnicos que parecerían impensables tratándose de una producción de un estudio importante (Warner Bros.): el sonido directo en algunos momentos parece registrado con un teléfono celular, y ni siquiera el trabajo en la banda sonora de Samuel Larson Guerra (autor del manual Pensar el sonido, editado por la UNAM), un reputado especialista, consigue corregirlo.

Los trapos sucios se lavan en casa pretende ser una comedia, pero es una especie de depresión posparto de Roma. La desigualdad y el clasismo en México son escandalosos y provocan rabia. También genera enojo que dineros públicos se gasten en películas como ésta, que contó con apoyos gubernamentales.

Calificación 25%

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