Kafka: los prodigios de la imaginación

Milan Kundera, uno de los más lúcidos lectores de Franz Kafka, anotó en alguna ocasión: “En cuanto Kafka llame más la atención que Josef K., el proceso de la muerte póstuma de Kafka se ha puesto en marcha.” Kundera era testigo de la fascinación que provocaba Kafka y que en algunos círculos robaba la atención a lo principal: la obra. Kundera hacía hincapié en esta posibilidad ante la abundancia de biografías que inspiraba Kafka y la desmesura de los afanes por hacer un vínculo iluminador entre la biografía y sus cuentos y novelas. Tal vez Kundera no previó la circularidad que presenta el fenómeno: Josef K. lleva a Kafka (a descubrir los pormenores de su vida) y Kafka lleva a Josef K.: las particularidades biográficas de Franz empujan la (re)lectura de su obra. Así, perdonando la exageración y el cliché, cabría decir que a pesar de la atención que merece Kafka no parece cercana su “muerte póstuma”: Kafka es inmortal… como Josef K.

Emprender una obra audiovisual sobre Kafka (otra), así, representa un gran reto: ir más allá de lo archiconocido sin evitarlo, repetir el ABC de la biografía sin perder la frescura; ofrecer ángulos atractivos de la vida sin hacer un refrito de las manidas interpretaciones. Kafka (2024), dirigida por el austriaco David Schalko, se inspira en una de las más célebres biografías del escritor: la que publicó Reiner Stach. El realizador asume con solvencia el reto y ha conseguido un balance notable en la miniserie de seis capítulos que dirigió el año anterior (al menos hasta la tercera entrega, que es “donde vamos” hasta hoy).

Son bien conocidos los datos más relevantes de la biografía de Frank Kafka. Sin entrar en detalles –que para eso está la serie– sí cabría precisar que no estamos ante un autor con una vida llena de peripecias y aventuras. Al contrario. Visto fríamente y desde afuera (por más que hoy la empatía sea una moda por medio de la cual los empáticos quieren “hacerse los interesantes” y apropiarse de experiencias ajenas a conveniencia), estamos ante un hombre gris: era un empleado apacible de una aseguradora y su vida laboral fue tan emocionante como la da cualquier burócrata de aquí y de allá, de hoy y de ayer. Para Franz, sin embargo, no era gris ni fría. Y así como el afanador de Wenders le pone poesía a su rutina, Kafka le pone pensamiento, imaginación y emoción a la oficina y a la familia: sí (aquí va otro lugar común, perdón). Así, si las vicisitudes de su existencia en tanto ser humano cobran relevancia es por la obra.

De Kafka se muestra en general una imagen seria, incluso solmene, grave. Pero para un lector atento no pasan de largo las abundantes dosis de humor que habitan sus cuentos y novelas. En esta clase habría que ubicar a Schalko, quien apuesta por un acercamiento lúdico, haciendo hincapié en rasgos burlones del personaje. Y si queda para la posteridad la imagen del asustadizo chamaco que deja constancia de sus miedos al padre en memorable carta, descubrimos a un joven que sin ser rebelde ni encarar abiertamente a su progenitor, tampoco vive temblando ante la ira paterna. En su afán lúdico, el realizador registra la oficina como un espejo infinito, “rompe la cuarta pared” –por lo que somos destinatarios de las frases de algunos personajes en diferentes momentos– y es abordado con soltura el pasaje de la vida a la obra. De esta forma hemos visto “surgir” con naturalidad El proceso, La transformación, La condena, En la colonia penitenciaria.

La serie está estructurada por medio de personajes y cada capítulo lleva por título el nombre de alguno de los que fueron relevantes en la vida de Kafka. El primero fue destinado a Max Brod, ese gran traidor al que debemos agradecimiento por conservar las novelas de Kafka que debió quemar (según la voluntad de Franz), entre otros textos y que al final del capítulo es sometido a una entrevista que es, más bien, un juicio sumario; el segundo es dedicado a Felice Bauer, con quien Franz tuvo un compromiso que se consumió pero no se consumó; el tercero tiene a la familia como protagonista (y llama la atención la ausencia de atavismos edípicos del buen Franz); el cuarto lleva por título Oficina, de la cual Kafka tuvo (como nos recuerda Kundera, quien trae a cuento una carta de Franz) una concepción singular: «La oficina no es una institución estúpida; tiene sus raíces más en lo fantástico que en lo estúpido»; los dos últimos capítulos tendrán como protagonistas a otras dos mujeres que tuvieron importancia afectiva  en la vida del autor: Milena Jesenská y Dora Diamant.

Estructurar una biografía a partir de “los personajes de la vida” del biografiado no me parece que sea la forma más provechosa para el diseño de una serie televisiva. Al menos no en este caso (como, por otra parte, tampoco lo fue en el caso de Hernán Cortés, de acuerdo con lo que vimos en la serie mexicana que se le dedicó), pues conforme se hace hincapié en las relaciones se va dispersando el universo temporal –y el mundo interior– del biografiado. Se presenta un desorden que fragmenta la continuidad y el crecimiento del personaje: entiendo que esta estrategia ofrece facilidades nada despreciables (el diseño narrativo de bloques temporales cortos y acotados, por ejemplo), pero me parece que es una moda que se adapta a otra moda: la de las series televisivas que abordan los relatos con saltos temporales.

Dice Kundera que “esforzándose por descifrarlo fue como los kafkólogos mataron a Kafka”. Kafka opera en sentido inverso: no busca descifrarlo, pero sí ambiciona a comprenderlo. Y siempre es grato ver renacer a Kafka.

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