Una de las cosas que inspiraron a Lars von Trier para realizar Dogville (2003) fueron las críticas que recibió a propósito de su película Bailando en la oscuridad (Dancer in the Dark, 2000), por “haber hecho una película que transcurría en EE UU sin haber pisado nunca el suelo de ese país”. En las notas que redactó sobre ese asunto, apunta: “El comentario me irritó. Que yo recuerde, ninguno de los que rodaron Casablanca había puesto el pie allí. Me pareció injusto y entonces decidí hacer más películas acerca de EE UU. Eso fue lo primero.” En otra ocasión mencionó que albergaba la pretensión de conocer mejor los Estados Unidos “a través de las imágenes que escogen enviar de sí mismos por los medios de lo que los norteamericanos conocían Marruecos cuando filmaron Casablanca.”

Este último comentario explicaría la percepción que él tiene sobre Estados Unidos, pero es posible extenderlo a cualquier persona que consulte medios de comunicación de cualquier otro país. Si alguien, por ejemplo, busca información sobre México probablemente se quedaría con la impresión de que es un país hiperviolento. Para no ir muy lejos, Televisa tiene un canal “noticioso” en el que esencialmente se habla de nota roja casi todo el día y que alimentaría esa percepción. Después de ver estos noticieros, un extranjero difícilmente pensaría que somos el país de la armonía y la empatía (bueno, si toma en cuenta los linchamientos que se ventilan en esos espacios tal vez pensaría que aquí sí que la hay).

Regreso a lo que señala von Trier sobre el conocimiento que es posible tener a partir de los medios de comunicación. Porque en este renglón Estados Unidos es un paradigma a consecuencia de su producción cinematográfica, que inunda las pantallas planetarias desde hace un siglo. Ésta ha sido un vehículo privilegiado para llevar a todo el mundo las imágenes que “escogen enviar de sí mismos”, como dice el genial cineasta danés. No hay que darle muchas vueltas ni realizar concienzudos estudios (de esos que, para justificar su existencia, tanto le gustan a la academia, y no me refiero a la de artes y ciencias, etc.) para caer en la cuenta que Hollywood ha realizado una labor propagandística desde su origen. Me parece pertinente revisar algunas aristas de esa propaganda,* sobre todo a la luz de la serie de despropósitos y amenazas que cada semana acumula el empresario inmobiliario que despacha en un edificio que conocemos bastante bien… por el cine: la Casa Blanca.

Sobre las consecuencias negativas de la importación del american way of life me detendría en Mi tío (Mon oncle, 1958) de Jacques Tati. Éste explora en esta cinta cómo replicar el modelo de vida estadounidense redunda en la monotonía y la grisura, y cómo la “modernidad” importada contribuye al distanciamiento ya no digamos entre los vecinos del barrio, sino entre los habitantes de la misma casa. Basta mirar el tráfico vehicular en nuestras ciudades (de lo cual Tati deja constancia, además, en Playtime), hoy día, para constatar el paisaje nefasto que ya preveía Tati.

Estados Unidos se vende al mundo, Hollywood mediante, como un país de leyes y libertad; los medios de comunicación, que replican los discursos machacosos de los políticos de por allá –al margen de la supuesta distinción entre republicanos y demócratas–, nos han hecho creer que tienen un sistema de justicia ejemplar. ¿En cuántas películas hemos escuchado esa frasecita: “And Justice for All”? (Los primeros resultados que arroja Google a propósito de esta frase es que se trata del cuarto disco de estudio de Metallica. Una búsqueda más refinada ofrece resultados sobre el origen de esta frase. Según Wikipedia, forma parte del juramento a la bandera.) ¿Pero realmente en ese país hay justicia para todos? Es claro que no: cada día es posible constatar la falsedad de la propaganda made in Hollywood.

En este tema, la propaganda tiene su baluarte en el “cine de juzgados” (un subgénero del drama conocido como “legal drama”), el cual cultiva con ahínco. Las historias que caben en esta clase albergan el propósito, a fin de cuentas, de llegar a un veredicto que refleje la solidez del sistema judicial. En la balanza se ponen a consideración de un jurado –y el público en la sala oscura es convocado esencialmente a jugar ese rol– argumentos y contraargumentos susceptibles de discernir si el acusado es culpable o no. En los casos, reales o ficticios, es fundamental el desempeño histriónico de los abogados. Y a los norteamericanos les gustan mucho los malos actores: ahora mismo tienen a un gesticulador fastuoso a cargo del poder ejecutivo; en los ochenta votaron por otro actor mediocre: Ronald Reagan. (Al inicio de su novela Ravelstein, Saul Bellow anota que “cualquiera que quiera gobernar el país tiene que entretenerlo”.) Hay películas que hacen de la deliberación la mayor parte de la acción, como 12 hombres en pugna (12 Angry Men, 1957) de Sidney Lumet: los alegatos surgen a propósito del uso de la razón, por medio de la duda razonable. Es encomiable el esfuerzo por discernir, además, la legalidad de la corrección. Bonita propaganda…

En la justicia, en pantalla y fuera de ella, las resoluciones judiciales pasan por pagos, y uno de los grandes asuntos es la determinación de la cantidad que el culpable debe pagar a la otra parte: la propaganda de Hollywood y los noticieros dejan constancia del supremo valor estadounidense: el dinero. Todo, todo, todo en ese país inicia y termina en el dinero. Y en la silla presidencial y su entorno (como a los argentinos les gusta llamar a la gente que rodea a alguien) se ubica un puñado de los hombres más ricos del mundo (hombres y solamente hombres, y blancos por añadidura: el woke pasó a mejor vida; ¿dónde están Metoo y el feminismo cuando se les necesita?).
Asimismo, abundan las películas (y los noticieros y los periodistas) que nos quieren vender la idea de que la suya es una democracia ejemplar. No obstante, en los hechos el presidente norteamericano dirige al país con estilo dictatorial –o monárquico, pues es un quasi rey– , de ahí que se entienda tan bien con el dictador ruso Vladimir Putin. Asimismo, acumula una buena cantidad de procesos legales. Algunos de ellos se han acallado como cambio de favores: “el monarca” nombra miembros de la suprema corte, quienes luego le conceden inmunidad. De algunos cargos ha sido declarado culpable, entre ellos un caso por agresión sexual. En los hechos la silla presidencial norteamericana es ocupada por un delincuente. Los abusos que hace de cara al exterior son una ampliación del campo de batalla: forman parte de esa otra faceta de su vida criminal.

Con las libertades las cosas van más o menos por los mismos derroteros. Es prodigiosa y elocuente la secuencia inaugural de El brutalista (The Brutalist, 2024) de Brady Cobert, en la cual después del caos del desembarco de un inmigrante en Nueva York aparece la estatua de la libertad, pero con un giro de 180 grados: para algunos la libertad prometida en la propaganda está de cabeza. Fuera de la pantalla constatamos que un funcionario norteamericano, el vicepresidente JD Vance, va a darle lecciones de democracia y libertad a los europeos mientras en Estados Unidos se restringe el acceso a la Casa Blanca y al avión presidencial a una agencia noticiosa que siguen nombrando Golfo de México al Golfo de México. La prepotencia y el cinismo del actual gobierno norteamericano es directamente proporcional al capital, pero también a la ignorancia. Por allá piensan que la fuerza –de las armas, del dinero– es la razón. La debilidad de la respuesta de Europa y de los organismos internacionales (ONU, OMC, OMS) parece darles la razón.
Mientras tanto, sigamos viendo la propaganda en pantalla, la que Hollywood escoge enviar de America y es pura fantasía (una suma de mentirijillas). La realidad está en otra parte: en las películas de von Trier, por ejemplo.
*La RAE define propaganda como: “Acción y efecto de dar a conocer algo con el fin de atraer adeptos o compradores.” En otra acepción apunta: “Asociación cuyo fin es propagar doctrinas, opiniones, etc.”





