En El laberinto de la soledad (1950), Octavio Paz deja constancia de algunas observaciones que hizo en su paso por Estados Unidos en los años cuarenta del siglo anterior. Resalta un rasgo que le llama la atención sobre ese país: “El realismo americano es de una especie muy particular y su ingenuidad no excluye el disimulo y aun la hipocresía. Una hipocresía que si es un vicio del carácter también es una tendencia del pensamiento, pues consiste en la negación de todos aquellos aspectos de la realidad que nos parecen desagradables, irracionales o repugnantes.” El brutalista (The Brutalist, 2024) ubica la acción en la misma época y confirma con brutalidad lo expuesto por el Nobel mexicano en su célebre ensayo. Lleva a cabo una puesta al día –cada película “de época”, voluntaria o involuntariamente hace un comentario sobre el tiempo en la que se realiza– de esta inocultable característica del carácter del americano, la cual cobra vigencia y valor de cara a los eventos recientes que consignan los medios noticiosos sobre el empresario inmobiliario naranja que despacha –y vende terrenos– en la Casa Blanca.

El brutalista es el tercer y más reciente largometraje de Brady Corbet, quien de acuerdo con la internet movie database ha participado como actor en casi cuarenta producciones. El guión, escrito con su esposa –la también actriz, de origen noruego, Mona Fastvod– inicia la acción en 1947, cuando el arquitecto húngaro Lászlo Tóth (Adrien Brody), quien pasó meses en un campo de concentración, desembarca en Nueva York. En America renueva lazos con su paisano Attila (Alessandro Nivola), quienlo instala en un armario y le da trabajo en su taller de muebles. Más adelante se involucra con un hombre rico y poderoso, Harrison Lee Van Buren (Guy Pearce), quien lo contrata para hacer una ambiciosa construcción. Mientras tanto su esposa, Erzsébet (Felicity Jones), se une con él después de años de distanciamiento no voluntario. Ambos encararán las contrariedades de instalarse en Estados Unidos, entre las amabilidades y las groserías de sus anfitriones.

Desde el mismísimo inicio Corbet concibe una película estilizada, manierista, que llama la atención –acaso demasiado– pero que va alimentando el desasosiego. Tres horas y media después, que es lo que dura la película (con un intermedio de 15 minutos), la ansiedad se acumula en cantidades considerables, en directa proporción a los disgustos y humillaciones que padece Tóth: el disgusto que provee el estilo se hace extensivo a lo que registra. La cámara nos acerca a éste mientras va esbozando con cierto distanciamiento, el paisaje norteamericano, el físico y el moral. El registro en algunos momentos es “mareador” y, en otros, aprovecha singulares puntos de vista. Así, en algunos pasajes, incluso con paisajes abiertos, se va incrementando la claustrofobia. La puesta en escena no sólo es pertinente para construir la época, sino para subrayar el ánimo (y el desánimo) del protagonista: hace objetivo lo que es pura subjetividad. Las músicas, que poseen un carácter que cabría calificar de incisivo, tienen abundante presencia y contribuyen de forma sustancial a subrayar los traspiés de Tóth: si el brutalismo es un movimiento arquitectónico que surge del rechazo a “lo decorativo y ornamental, centrándose en la simplicidad y mostrando la expresión honesta de los materiales”, cabría decir que la música también es brutalista. (En su conjunto, el estilo y el acercamiento a los personajes, la voluntad de exhibir el cochambre que se esconde bajo la superficie, ciertamente, traen a la memoria The Master (2012) de Paul Thomas Anderson, cuya acción se ubica más o menos en la misma época.)

Corbet concibe una extraordinaria crítica a America, que es como los europeos y los propios norteamericanos se refieren a Estados Unidos. A partir del magnate Van Buren –por cuyos apellidos cabría suponer que es de ascendencia neerlandesa–, esboza la moralidad de una alta sociedad que quiere creer que es “culta”, que se piensa sensible y acogedora, pero que no ve y no va más allá de su propia vanidad. Supuestamente asimilan y apoyan a los inmigrantes (sobre todo si estos previamente han inflado su vanidad, como sucede con Tóth, quien previamente hizo un trabajo que dio celebridad a Van Buren), pero este apoyo es pequeñito y frágil, a conveniencia. Es valioso cómo Corbet exhibe a los migrantes que han pasado el umbral de la asimilación y hacen fortuna, como Attila, quien termina por comportarse como un digno “asimilado” al mostrar su mezquindad: al parecer (y como vimos en las elecciones recientes en aquel país, el migrante “asimilado” es el lobo del migrante indocumentado). En adelante las atenciones que Tóth recibe de Van Buren le serán cobradas por medio de groserías y francas agresiones: la más fuerte llega hacia el final, y para dar cuenta de su gravedad se concreta en uno de los delitos más punibles en la actualidad (el desenmascaramiento del abusivo trae a la memoria Festen: la celebración de Thomas Vinterberg). La suerte de Tóth me recuerda la que corre el protagonista de El desaparecido de Franz Kafka (novela inconclusa que su “amigo” Max Brod publicó con el título de Amerika), quien también es recibido al llegar por un tío generoso y luego es echado a la calle por él. Queda claro que para los americanos, los que migraron años atrás y los recientes, el único valor real es el dinero. Tóth no lo consigue, pero sí recibe de sus anfitriones un empujoncito en el sentido de la americanización: adquiere una adicción a la droga.

Hacia el final de la cinta Tóth cae en la cuenta de que la gente en Estados Unidos no los quiere, no sólo no quiere a los judíos, sino a los inmigrantes; Erzsébet concluye: “este país está podrido”. La hipocresía surge al revisar la Historia: en la segunda guerra mundial Estados Unidos dificultó el ingreso de judíos e incluso negó el permiso a los pasajeros de un barco. Ahora apoya con todo a Israel, que es un buen cliente para alimentar una de sus mayores industrias –que hace aportes importantes al PIB de ese país, tanto en lo que reporta legalmente como por sus ventas ilegales–: la industria bélica.

En El brutalista cobran vigencia las observaciones de Paz: los norteamericanos niegan “todos aquellos aspectos de la realidad” que les parecen “desagradables, irracionales o repugnantes”, entre los que cabría ubicar a los inmigrantes.





1 respuesta a “El brutalista: “Este país está podrido” o la infinita hipocresía de America”
Excelente disección de esta interesante película, a veces delicadamente hermosa y otras terriblemente dura.
Para verla!!