Fue la mano de Dios: el valor conmovedor de la observación

Fue la mano de Dios: el valor conmovedor de la observación

Las películas de algunos realizadores me sorprenden; otras me impresionan. Las del napolitano Paolo Sorrentino me conmueven. Así sucedió con This Must Be the Place (2011), La gran belleza (La grande bellezza, 2013) y con La juventud (Youth, 2015). Fue la mano de Dios (È stata la mano di Dio, 2021), su más reciente largometraje (producido por Netflix, dicho sea de paso), no fue la excepción. Para no variar el cineasta italiano apuesta por una narrativa singular, que se construye casi a pesar de sí misma, que avanza por medio de viñetas, de trazos poéticos. El resultado es maravilloso: más allá de la historia –que termina por existir: es inevitable que se termine por contar algo–, asistimos a un fresco –para usar un símil pictórico– vivo y nostálgico, luminoso y añorante.

Con afanes autobiográficos Sorrentino, también autor del guión, regresa a mediados de los años ochenta del siglo anterior a su Nápoles querido. Sigue las vicisitudes de Fabietto Schisa (Filippo Scotti), un joven que cursa la preparatoria en una ciudad ilusionada por la llegada de Diego Armando Maradona al equipo de futbol local. Con Fabietto asistimos a los paseos familiares, a los amores y las disputas de sus padres, a la fascinación por la tía Patrizia (Luisa Ranieri), quien vive en la depresión y hace suspirar a los miembros masculinos de la familia con su desnudez. También al descubrimiento que hace del cine.

Sorrentino presenta numerosos episodios en los que vemos a personajes que, en reposo, no hacen otra cosa que ver; y el realizador hace del acto de ver, de la observación, un verbo afectivo. Atento, contempla y comparte: invita al espectador a sumarse como observador. Fue la mano de Dios nos lleva suavemente de la mano, con lentos movimientos de cámara que son descriptivos (como el largo travel que al inicio nos ofrece, a vuelo de pájaro, una panorámica de Nápoles) o que son reveladores (como el travel que, con tintes oníricos, luego de presentar un terrible embotellamiento en una ciudad en pausa, nos conduce a Patrizia, que espera el transporte público; o el que nos hace ingresar a su recámara, donde la descubrimos enojada y vociferante). Gracias a la buena profundidad de campo y a los planos abiertos la ciudad cobra claridad y protagonismo. La luz, cortesía de Daria D’Antonio (que también es napolitana y que colaboró en la segunda unidad de cámara de La gran belleza) tiene tintes naturalistas y va de las abigarradas atmósferas del departamento de la vecina aristócrata a la transparencia del puerto. Gracias al montaje se construye un ritmo que invita a la contemplación, pero gracias a él también nos llevamos más de una sorpresa y más de una revelación, a menudo a partir de ver primero la reacción del personaje ante algo y luego lo que la provocó.

Sorrentino registra con cariño el terruño y sus habitantes. Sin ocultar sus miserias, es generoso con los lugares y con las gentes. Sin pudor y sin malicia su cámara capta cuerpos rollizos –o rotundamente obesos– y peleas conyugales. Pero sobre todo nos comparte maravillosos pasajes amorosos que forman parte de la cotidianidad y en los que no falta el humor. La mayoría provienen del ámbito familiar, protagonizados por el solidario y afable hermano mayor o la hermana, que siempre está en el baño. Los padres, alegres y pícaros, son un remanso de amor, de complicidad: ambos son obedientes, en el día a día, a sus rutinas y códigos (de los que da cuenta el silbido consuetudinario que sirve de puente afectivo).

Hacia el final hay algunas dosis de pedantería –justo es reconocer–, cortesía del cineasta Antonio Capuano (Ciro Capano), cineasta napolitano que nació en 1940, que ha filmado una decena de largometrajes y ha competido cuatro veces en el Festival de Venecia. Éste muestra una valiosa actitud crítica y no es complaciente. Le da a Fabietto una contundente lección, en forma y fondo (con la cual el chamaco crece y sale como Fabio); le dice más de una verdad (“todos quieren hacer cine”, incluso “si no tienen nada que decir”; “¿tienes una historia que contar?, entonces “saca el valor para contarla”). Su discurso es maravilloso, sin embargo adopta un tono doctrinal que da al pasaje matices de grandilocuencia. No obstante, el mensaje, que de alguna manera es la conclusión, hace que la cinta gane en claridad y fuerza: si Tornatore llegó al cine desde el cine (Cinema Paradiso dixit), para el napolitano la vida lleva al cine. Ahí está la clave con Sorrentino: su cine sabe a vida.

En Venecia Fue la mano de Dios obtuvo el Gran premio del jurado y el galardón al mejor actor joven. Ha sido considerada por Óscar en la terna de mejor película internacional.

 

Calificación 85%

2 respuestas a “Fue la mano de Dios: el valor conmovedor de la observación”

  1. Gracias por la recomendación Hugo, con ese título y sin saber que era de Sorrentino, nunca la hubiera visto. Saludos y espero que estés bien.

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