El discípulo: lúcida reflexión sobre la mediocridad

El discípulo (The Disciple, 2020) es el segundo largometraje del indio Chaitanya Tamhane. Es una producción de Netflix y formó parte de la selección oficial del festival de Venecia, de donde salió con varios premios: mejor guión, Osella de oro (contribución técnica) y de la crítica internacional (FIPRESCI). En la producción ejecutiva aparece Alfonso Cuarón, quien ha sido una especie de mentor para el indio. Éste participó en el rodaje de Roma (2018) gracias a un programa auspiciado por una conocida marca de relojes. No obstante, su labor y la película han merecido atención por méritos propios.

El discípulo, cuyo guión también es cortesía de Tamhane, acompaña a Sharad Nerulkar (Aditya Modak) en momentos importantes de su vida. En su pubertad, cuando sigue las lecciones de su padre y le da gusto al compartir su gusto por la música clásica india; en su juventud, cuando busca hacer carrera en esa disciplina (período que cubre la mayor parte de la película); y en su madurez, cuando inicia un nuevo camino.

Tamhane propone una cinta apacible, con cámara al nivel del piso (al estilo Ozu), buena profundidad de campo y largos planos que a menudo incluyen movimientos de acercamiento (el plano inicial establece un patrón: en un evento musical vamos de una panorámica al rostro fascinado del protagonista, quien aparece detrás del cantante, su gurú). La puesta en escena cobra relevancia más allá de la recreación de épocas (que no es muy rigurosa, como puede observarse al reparar en algunos detalles, como los automóviles): la luz tiende a ser naturalista, y abundan los tonos oscuros (como el ánimo del protagonista, dicho sea de paso); el vestuario matiza clases sociales y momentos puntuales. La música está presente en todo momento y resulta ser un personaje protagónico.

Esta sutileza estilística contribuye de buena forma a dar densidad a la cinta, a establecer diferentes niveles de significación. En la superficie está la ruta convencional de un joven que quiere conseguir una meta artística, a la que dedica todos sus esfuerzos; el trabajo es fundamental, pero el talento, por supuesto, ayuda. La ruta no es sencilla, pues pretende hacerlo en un género tradicional que no es muy apreciado por los grandes públicos. En otro nivel está todo lo que conlleva esta tradición, pues Sharad es un purista y pretende seguir la prédica de una célebre gurú, quien pone “la vara muy alta” para quienes buscan dedicarse a la música clásica: dice que “los santos y los ascetas han llegado a esta música tras miles de años de rigurosa búsqueda espiritual”, que “por medio de esta música se nos enseña el camino a la divinidad”, que “es muy difícil de aprender”, que “no alcanzarían diez vidas” y que, para lograrlo, se deben hacer sacrificios, entre ellos, renunciar a la familia. Para llegar a grandes alturas, así, se necesita más que talento, pues cantar tiene una dimensión espiritual y pone en evidencia la esencia del cantante.

La ruta es pedregosa porque Sharad es un hombre sin atributos, un mediocre. Se involucra en una actividad que apasiona a su padre –quien también fue mediocre como cantante– y sigue la carrera que a él le hubiera gustado seguir. Es particularmente signficativo el rol que juega su madre, a la que evade constantemente, pues desde sus mocedades ella lo empujaba a vivir su vida, no la del padre-marido. Es incapaz de tomar distancia con este “sueño” distante, y cuando descubre cómo eran realmente sus ídolos (por boca de un crítico odioso, como todos los críticos), a los que idealizó, sufre un desengaño doloroso. Más incapaz es de seguir los preceptos de la mentada gurú, pues más que un hombre espiritual es un ser humano pasional.

El discípulo ilustra, además, cómo los “sueños” propios son en buena medida “de prestado”. No sólo en el caso de Sharad, sino también en el de la joven cantante que gana en un programa televisivo de concursos y que confiesa que está cumpliendo los sueños de sus padres. Asimismo, exhibe esta tendencia que desde hace años cobra fuerza: aplazar la vida para, primero, conseguir –o intentar conseguir– el éxito en alguna carrera (como hace años subrayó Francis Ford Coppola, con relación a los cineastas, en una entrevista). Sharad no quiere hablar de matrimonio antes de los 40 años. Al final sucede lo inevitable y se comprueba aquello de que el que no hace, enseña. Y Sharad sigue así, acaso sin buscarlo, la ruta del padre, quien terminó siendo una especie de historiador.

Calificación 80%

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