Dunas I: Dune según Alexandro Jodorowsky

Como Perdidos en La Mancha (Lost in La Mancha, 2002), Jodorowsky’s Dune (2013) de Frank Pavich es una película documental sobre una película de ficción que no existe. Como aquélla, dirigida por Keith Fulton y Louis Pepe, despacha con solvencia y gracia una experiencia fallida: es exitosa en su intención de relatar el fracaso de una obra que no fue, y el oxímoron que inevitablemente surge resulta tan memorable como emocionante. Fulton y Pepe siguen las contrariedades de Terry Gilliam en su afán de filmar El hombre que mató a Don Quijote (que fue realizada finalmente casi dos décadas después; pero ésta es otra historia, sobre la que ya volveremos); Jodorowsky’s Dune se ocupa, como anuncia el título, de los afanes del artista de origen chileno para realizar una película cuya inspiración proviene de Dune, la novela de Frank Herbert.

Pavich lleva a cabo una crónica rigurosa de las diligencias que Alexandro Jodorowsky –como otrora firmaba– llevó a cabo para levantar su primer proyecto después de una larga temporada laboral en México. Acá, recordemos, dejó en el teatro un séquito de admiradores –se diría que una secta que le rendía culto– y debutó como cineasta con Fando y Lis (1968); posteriormente realizó El topo (1970) y La montaña sagrada (1973). Justo después de esta última entró en contacto con el productor francés Michel Seydoux y se dio a la tarea de escribir y preparar Dune. En el documental de marras Jodorowsky relata su acercamiento a la novela, cuyas primeras 100 páginas, dice, son confusas, y comenta cómo fue ubicando y contactando a los artistas que contribuirían en diferentes rubros de su propuesta: Moebius, un star francés del cómic, quien dibujó el storyboard de la totalidad de la película; H. R. Giger y Chris Foss, que se encargarían de diferentes aspectos del diseño de arte, como las escenografías y las naves espaciales (y que, años después, colaboraron en Alien); del casting que tenía en mente, y entre los actores que quería para su proyecto figuran David Carradine, Orson Welles, Salvador Dalí y Mick Jagger; para los efectos especiales su primera opción fue Douglas Trumbull, quien había participado en 2001, odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) de Stanley Kubrick, pero después de un desencuentro de egos se decantó por Dan O’Bannon (quien posteriormente participaría en el guión de Alien); para la música habló con la gente de Pink Floyd y de Magma.

Jodorowsky’s Dune tiene la virtud de hacer un ameno making-of (detrás de cámaras) de un proyecto en el que no llegó a haber cámaras. El relato del fallido Dune resulta atractivo porque, para empezar, es educativo: ilumina las diferentes etapas que sigue una película, los pasos para ir de la letra a la gráfica. Más que la historia, somos testigos de cómo el diseño comienza a cobrar relevancia, de cómo va tomando forma el universo imaginado. En la ruta resulta bastante emocionante cómo, por medio del uso de la animación, en algunos pasajes el storyboard se convierte en imágenes en movimiento. Con todo esto alcanzamos a hacernos una idea de cómo pudo verse y oírse la película. Cabe apuntar que tanta desmesura era prometedora.

Además de dar cuenta del proyecto, Pavich tiene la virtud de hacer un “retrato de cuerpo entero” de Jodorowsky, un ser humano vigoroso (es asombroso descubrir que, al momento de la grabación, contaba con 84 años), un artista de enorme figura, de gran imaginación y contagiosa vitalidad. Todo en el es entusiasmo, desmesura, grandilocuencia. Confiesa que su primera ambición con Dune era llevar al espectador a la experiencia del LSD; posteriormente se va revelando que la aventura que recoge la cinta pretende empujar una expansión de la mente, un crecimiento espiritual (whatever that means), como sucede con El topo y La montaña sagrada, dicho sea de paso. Y como la cinta da cuenta de la gesta de un mesías, él se ve a sí mismo como un profeta. Su Dune sería, así, parte de su religión. Al borde del paroxismo, en algún momento confiesa cómo se apropió del texto, subraya que cambió el final del libro, pues cuando haces una película “no debes respetar la novela […] es como cuando estás casado, tú tomas a la mujer; si la respetas, nunca tendrás un hijo […] debes violar a la novia y entonces tendrás tu película. Yo estaba violando a Frank Herbert, pero con amor”.

Al final se entiende por qué Jodorowsky era visto en México como un gurú, por qué muchos actores lo idolatraban y estaban dispuestos a cualquier sacrificio. Pues trabajar con él era doloroso, ya que pedía a su cast y crew grandes esfuerzos físicos y emocionales, como puede verse en Fando y Lis, en la que maltrata con fruición a Sergio Kleiner y hace que Silvia Mariscal sea manoseada y reciba los embates cachondos de tres varones lujuriosos, entre ellos Juan José Arreola, quien dejó en un texto prodigioso el relato de su experiencia con Alexandro el Grande, Alexandro el Sabio. De no ser por esta disposición ilimitada que le manifestaban los actores, ¿cómo se explica que David Silva se prestara al ridículo y diera vida al personaje abyecto que interpreta en El topo? Jodorowsky, en este documental y fuera de él, se mueve entre la genialidad y la charlatanería. Su personalidad resulta fascinante e irritante; su enorme ego demandaría una serie de varias horas… y en IMAX. (Con sus películas, por otra parte, me ha pasado algo similar a lo que me sucedió con las novelas de Hermann Hesse – que también gustaba de hilar deslices a la fantasía pretendidamente espirituosa)–: el atractivo y la fascinación que experimenté al leerlo en la juventud se volvió en desencanto al releerlo años después.)

Al final Jodorowsky comparte su reacción cuando vio Dune (1984) de David Lynch: conforme avanzaba la proyección, confiesa, se “volvía más feliz, porque la película era terrible”. Más allá de sus comprensibles motivos personales, no hay nada que reprocharle a la apreciación que hace el chileno: en efecto, el Dune de Lynch no es mala, es malísima.

Calificación 80%

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