1917: una experiencia prodigiosa en presente tenso

Al momento de iniciar el comentario de 1917 (2019), la más reciente entrega del británico Sam Mendes (Belleza americana, Sólo un sueño), es inevitable pensar –y refrendar la emoción– en Gravedad (2013), del mexicano Alfonso Cuarón. Porque tanto aquélla como ésta se plantean como experiencias y apuestan por la acción para dar densidad a la reflexión. Los asuntos propuestos por Cuarón no son abundantes ni originales; los que plantea Mendes, tampoco. De la forma cabría decir algo diferente, pues permite que los temas no resulten indiferentes. Al contrario: el valor –y ambas cintas son bastante valiosas– está en hacer significativos sus temas por medio de la emoción a raudales, cortesía en buena medida del prodigioso dispositivo técnico.

1917 se ubica en el año epónimo, cuando aún es intenso el fragor de la primera guerra mundial. Acompaña a dos soldados británicos que reciben la encomienda de llevar una orden a un regimiento con el que se ha perdido la comunicación. Éste planea hacer un ataque, pero es una trampa y se pone en riego la vida de 1600 soldados. Los mensajeros cuentan con algunas horas para llegar a su destino, y para hacerlo deben transitar por territorios que supuestamente han abandonado los alemanes. Previsiblemente, en la ruta encuentran obstáculos a montones.

Mendes apuesta por registrar la totalidad de la acción en dos largos planosecuencias. Este dispositivo, como es bien sabido, otorga valor al tiempo y su continuidad (al tiempo real, que es el que marca el cronómetro) y al espacio, pues como normalmente hay seguimientos a personajes que se desplazan, el trayecto adquiere un singular peso dramático (y como normalmente se realizan con lentes de distancia focal corta, que tienen buena profundidad de campo, el espacio circundante esta siempre presente). Evitar el corte –que puede ser engañoso– provoca, primero, el asombro; enseguida, hace posible una concentración mayor, lo que permite que las acciones y las emociones progresen con naturalidad. Mendes apunta: “Quería que el espectador estuviera encerrado con los personajes, que no pudiera salir. Que se viera obligado a seguir el viaje con ellos y que no hubiera una forma de escape. Quería que sintieran que es una película en presente tenso (“a very present tense movie”, dice, lo que se traduciría como presente simple, pero la tensión –que en la frase es una adición mía, una licencia– traduciría la consecuencia del presente), que no pudieran ver muy lejos hacia delante o hacia atrás.” En este renglón Mendes entrega prodigios. Es inevitable conceder parte del crédito al veterano cinefotógrafo británico Roger Deakins, quien no sólo emplaza y acompaña de tal manera que sea posible la continuidad, sino que propone diferentes matices en la luz, pertinentes para multiplicar el dramatismo de cada momento. Las músicas del angelino Thomas Newman –colaborador habitual de Mendes– subrayan la gravedad de ciertos pasajes.

Tanta maravilla audiovisual ofrece sus dificultades al momento de intentar la valoración. Es cierto que la historia es sencilla y hasta simple (se trata de llegar del punto A al punto B), que ya vimos algo similar en Rescatando al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998) de Steven Spielberg, que llega el momento en que el planosecuencia es un distractor (pues se ve el planosecuencia) y que la música en más de un pasaje es machacosa. No obstante, en lo que a mí respecta, si la forma es prodigiosa la película ya tiene mucho valor. Seguiría el asunto de la sustancia. ¿Qué es lo que al final se sustenta en la cinta? La propuesta de Mendes alcanza para hacernos más que una idea del pasaje histórico en el que se ubica la acción, de la llamada “guerra de trincheras”. La secuencia nocturna tiene tintes oníricos: la guerra puede crear vínculos sólidos entre personas distantes y distintas (como los protagonistas, para empezar), pero al final es una pesadilla (de la que no sólo nos enteramos: la vemos, la oímos, la sentimos). Asimismo, cobran relevancia el valor de la amistad, la lealtad y la solidaridad –que alcanzan matices de fraternidad–, de la perseverancia y la asunción de la responsabilidad: el soldado obedece, pero también es consciente. Subrayaría además la ausencia de tintes patrioteros (que le valieron tantas críticas a Christopher Nolan y su Dunkerque; rasgo que se agradece en tiempos de Brexit), pues más bien se exhibe a una autoridad (un gobierno) voluble que deja a la deriva a sus jóvenes, que los expone a peligros vitales y los hace correr por sus vidas. Todos estos asuntos, insisto, multiplican su valor y resultan significativos porque son empujados por el asombro, por la emoción. 1917 no es una obra maestra. Es una gran película.

Calificación 90%

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