Toy Story 4: y sin embargo (todavía) se mueve

Pixar ha apostado a lo largo de esta década por las secuelas. Abrió con Toy Story 3 (2010), siguió en 2011 y 2017 con Cars 2 y Cars 3 (acaso la franquicia más floja del estudio), luego sucedió lo mismo con otras películas emblemáticas y así llegaron Monsters University (2013), Buscando a Dory (Finding Dory, 2016) y Los increíbles 2 (The Incredibles 2, 2018). En la ruta son apreciables algunos atisbos de adocenamiento: cierto desgaste, abundantes repeticiones, inevitables reciclamientos. Toy Story 4 (2019), que por estas fechas se estrena en una buena parte del planeta, no representa un crecimiento sustancial para la franquicia; tampoco la devalúa: es una afortunada puesta al día.

Como ha sucedido en las tres entregas previas, al guión de Toy Story 4 contribuye Andrew Stanton, responsable de Buscando a Nemo (Finding Nemo, 2003) y Wall·e (2008). De la dirección se hace cargo Josh Cooley, quien había ha realizado dos cortos para Pixar (por cierto, en esta ocasión no hay cortometraje: una pena) y firma su primer largometraje. La historia sigue al infatigable sheriff Woody en su afán por ser útil a su niño-amo. Ahora pertenece a Bonnie, una niña que comienza su vida escolar. La chica lo desprecia olímpicamente, pero él es leal y la acompaña sin que ella lo sepa a su primer día en el kindergarten. Las cosas van mal para ella hasta que con un tenedor desechable confecciona un juguete que le da alegría: Forky. Pero éste se empeña en ser basura y salta a cada bote que encuentra. Woody y sus amigos se encargarán de mantenerlo al alcance de Bonnie en un viaje que ella emprende con sus padres.

Para no variar, Pixar entrega una cinta impecable en lo relativo al diseño visual y al movimiento. Sin alejarse de la cálida paleta de colores y la luminosidad que caracterizan a la franquicia desde su primera entrega, ahora hay una valiosa incursión en los terrenos del terror. Los personajes ingresan a una tienda de antigüedades con zonas de penumbra, registrada por momentos con luces contrastadas, y se encuentran con otros juguetes que resultan medianamente terroríficos. Al espectáculo visual se suman las infaltables maravillas musicales de Randy Newman. La entrega es, así, agradable a la vista y al oído. Pero también al cerebro…

Toy Story 4 propone una aventura que en términos narrativos emula a las anteriores y también sigue el abandono del hogar de los juguetes y los azares del regreso. A partir de historias que giran alrededor de este asunto (y que, como sucede con las secuelas, dan cada vez más peso a ciertos aspectos –como la acción– e incorporan nuevos personajes) se han abordado temas que van de la lealtad al deber, de la necesidad de ser querido y apreciado a la tragedia del abandono. Ahora matiza y amplía el asunto del crecimiento y del deber, del sacrificio. Asimismo, propone una puesta al día y se suma a la moda del empoderamiento femenino a 24 cuadros por segundo.

Al final invita a la reflexión sobre cuestiones espinosas: la identidad y el sentido de la vida. Para Woody hasta el momento no ha habido un conflicto existencial grave porque sus afanes se enfocan a obedecer a una función que le fue impuesta: mantenerse y mantener a la comunidad de juguetes al alcance de la mano del dueño en turno. Es decir, nació con un propósito para su existencia que implantó alguien más. Ahora encara un dilema digno de consideración (entre el deber y el placer, entre la lealtad y el amor, entre la tradición y el cambio, entre los apegos y la independencia) y se ve en la necesidad de tomar su destino en sus manos (al menos hasta cierto punto, pues tampoco ha de diseñar rutas nuevas: lo de Woody no es la originalidad ni la rebeldía), de tomar una decisión difícil: definir un nuevo sentido… y reinventarse. Para no variar con Pixar, el abordaje presenta abundantes dosis de humor y ofrece aristas atendibles para todo público, y no por el hecho de que la pueden ver públicos de todas las edades, sino porque entrega sustancia de diferente alcance y profundidad a cada uno.

Calificación 75%

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