En Annie Hall (1977), de Woody Allen, Alvy Singer (interpretado por el mismo Woody) camina por la calle con un amigo que trata de hacerle ver las ventajas de vivir «en el soleado» Los Ángeles. La respuesta de Singer/Allen es contundente: «No quiero vivir en una ciudad donde la única ventaja cultural es que puedes dar vuelta a la derecha con el semáforo en rojo». Sirva esta contundente aseveración (que elimina prácticamente cualquier idea de nobleza sobre la vida cultural de L.A.) para acercarnos a una ciudad que, a pesar de producir la mayor parte del cine norteamericano que circula por el mundo, no ha terminado de autoglorificarse en pantalla: no ha alcanzado la estatura del mito, no ha redondeado su invención cinematográfica y no goza de la fama gloriosa y la historia portentosa que sí tiene raíces en Nueva York, para poner un ilustrativo y odioso ejemplo. Así pues, Los Ángeles, como invención cinematográfica (que la ciudad es una invención del séptimo arte puede constatarse en Manhattan, para seguir con las odiosas ilustraciones), está lejos de ser mítica o entrañable. Es particularmente significativo que Wim Wenders, que recorre «la otra América» en París, Texas (1984), apenas registre como fondo a esta ciudad que, a diferencia de la Gran Manzana, parece que sí duerme. ¿O no?
La duda surge por la reputación que se ha construido Elei: una fama, un prestigio… criminal. Seguir leyendo…
Texto publicado en la revista Luvina No. 57 de Invierno de 2009.





