Una película de personaje: 50 Aniversario de La conversación

A partir de esta semana se suma a cinexcepcion.mx una nueva sección: CINESCOPÍA. Estará a cargo de José Javier Coz, un cinéfilo tan apasionado como riguroso. En principio se ocupará de revisar el cine de ayer: de clásicos reconocidos, pero también de joyas que vale la pena (re)descubrir. Con sus colaboraciones se amplía la propuesta de cinexcepcion.mx. Bienvenida, CINESCOPÍA; bienvenido, JJ. Para empezar, La conversación

Por José Javier Coz

La conversación (The Conversation, 1974) es la quinta película escrita y dirigida por Francis Ford Coppola, y su primera producción.

Actualmente, Coppola está considerado entre los mejores directores estadounidenses vivos. Por muchos años, aproximadamente una cuarta parte de los críticos más reconocidos ubicaron El Padrino (The Godfather, 1972) como la mejor película de la historia. Las otras tres cuartas partes votaba por Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), a las que me sumo. De la filmografía de Coppola, destacan, además, especialmente Patton (1970), de la que fue guionista, El Padrino II (1974) y Apocalipsis Now (Apocalypse Now, 1979), esta última considerada su segunda mejor película, y la mejor acogida por el público en general. Los críticos resaltan mucho las dificultades que tuvo Coppola para filmar Apocalypse Now y que no necesariamente se traducen en méritos cinematográficos.

La conversación está inspirada en Blow-Up (1966) de Michelangelo Antonioni, que en el mundo hispanohablante se quiso imponer con el título Deseo de una mañana de verano, pero el público prefirió referirse a ella simplemente como Blow-Up (que en español significa detonación). Antonioni se basó libremente en el cuento Las babas del Diablo de Julio Cortázar, incluido en su libro de relatos Las armas secretas (1959). Coppola cambia el medio visual (una imagen fotográfica) por el de uno sonoro (una cinta magnética que registra un diálogo). La incompletitud de ambos retazos de la realidad suscita preguntas sobre qué pasó antes y qué pasaría después. Ciertamente, Blow-Up y La conversación, en este sentido, ejercieron un influjo definitivo en Estallido (Blow Out, 1981; Impacto en España) de Brian de Palma.

La conversación abre con una plano panorámico en contrapicada sobre una concurrida Union Square en San Francisco. La cámara hace un acercamiento lento, gradual y largo a la plaza cuyo rumor poco a poco toma forma. Pasamos de oír a escuchar algunos diálogos y, sobre todo, la música de una banda de jazz callejera y la de unos percusionistas. Enseguida hay un corte y los planos se alternan entre lo que nos quiere seguir haciendo ver un narrador omnisciente contra lo que registran dos espías posicionados en sendos edificios uno con una cámara de informativo que lleva integradas una telefoto y una mirilla de telescopio y otro espía con un micrófono direccional parabólico de largo alcance. Los planos del primero se distinguirán por el punto de mira en el centro (la cruz que se ve a través de la mirilla). Están espiando a Mark (Frederic Forrest) y su colega y amante Ann (Cindy Williams), esposa de quien sólo es referido en la película como el “director” (Robert Duvall). Ellos pasean juntos dando vueltas a la plaza. Otros dos espías con micrófonos en bolsos, Harry Caul (Gene Hackman), nuestro protagonista, y Paul (Michael Higgins), un policía subcontratado por Harry, tratan de pisarle los talones a la pareja o cruzarse con ella para conseguir otra pista de audio, con suerte de mayor fidelidad. Desde el inicio hasta este momento, lo que nosotros escuchamos es la grabación en bruto, con interferencias no filtradas, mayormente ruido debido a deficiencias o limitaciones del equipo de grabación. El parlamento de la pareja unas veces es discernible, otras se oye distorsionado o ahogado. En una furgoneta frente a la plaza contiene el equipo central de audio y de coordinación operativa se encuentra Stan (John Cazale), el único asistente de Harry.

A pesar del ruido en la plaza, después Harry irá depurando el audio mediante un ecualizador y sincronizándolo con la imagen hasta lograr que se escuche completo el diálogo de la pareja. Este proceso lo intercala Coppola en diferentes momentos a lo largo de la película. El espectador ve algunos de los planos del inicio en la plaza como retazos de una secuencia que se van complementando con otros planos que se presentan posteriormente, algunas una y otra vez, sea como flashbacks o durante la revisión del material en el estudio de Harry. Este recurso narrativo de reiteración ofrece miradas y atención renovadas conforme volvemos sobre los mismos planos o sus variaciones en distintos momentos de la película, recurso con el que reconstruiremos al final toda la secuencia inicial, digamos que con más “información”, con más contextos, pero nunca suficientes. Es aquí donde Coppola retoma el riesgo de Blow-Up de inferir el todo (un asesinato) a partir de una parte (una imagen fotográfica) temporal y espacialmente hablando.

Como digo arriba, sabemos lo mismo que sabe Harry por varias razones. En primer lugar, él es un detective privado cumpliendo una asignación y, junto a su asistente, se ciñe a espiar a la pareja, filmarla y registrar lo que conversan sin otra información complementaria. Segundo, no los conoce ni sabe cuál es el motivo de espiarlos, por lo que, para Harry, en el diálogo hay sobreentendidos que no logra descifrar. Y tercero, la pista sonora presenta huecos y fragmentos inaudibles que mejorarán en fidelidad conforme avance el trabajo de ecualización de Harry. Todas estas incompletitudes generan una suerte de suspenso, de expectativa creciente con respecto a un desenlace. Pero el diálogo permanece ambiguo. Terminado el trabajo, Harry vuelve sobre dos frases que pronuncian Mark y Ann, frases que lo retrotraen a otro trabajo seis años atrás en el que asesinaron a uno de los que espió, a su esposa y a su hijo de forma atroz:

Mark: “Él nos mataría si tuviera la oportunidad.”

Ann: “Dios mío, será bueno terminar con esto.”

Y otras en la que se dan cita en el cuarto de un hotel:

Mark: “Cuarto 773, Hotel Jack Tar. Domingo”.

Ann: “Domingo, definitivamente”

Curiosamente, todo parece indicarnos que allí se verán con el “director”, que un asesinato se cometerá allí y que la pareja será la víctima.

Harry es un católico observante de su fe. Desde el inicio, poco a poco, empieza a sufrir remordimientos que lo harán posponer la entrega de las cintas so pretexto de proporcionarlas personalmente a su cliente, “el director», al parecer de un corporativo, y no a através de su secretario Martin Stett (Harrison Ford) quien empieza a vigilar con asedio a Harry.

Harry Caul es el que ha fabricado, y el único poseedor, del equipo sonoro de espionaje de punta más avanzado hasta el momento. Su competidor más próximo, William “Bernie” Moran (Allen Garfield), intenta infructuosamente asociarse a Harry. Moran le tiende una trampa y le roba la cinta que contiene la versión definitiva del audio y se la entrega al secretario del “director”.

Harry decide acudir al lugar del crimen. Ocupa una habitación contigua a la 773 en el Hotel Jack Tar. Entre flashbacks de un sueño que tuvo mientras le robaron las cintas y alguna que otra imagen que proyectó mientras repasaba las frases citadas, un crimen ocurrió, pero no está seguro (tampoco el espectador). Se dirige a las oficinas del “director” y cuál es su sorpresa cuando ve que están la prensa y la TV al asedio de Ann interrogándola sobre la muerte de su esposo en un accidente automovilístico. También ve en medio de los empleados y los reporteros a Mark. Y a Stett, el asistente del “director”, quien mira a Harry agresiva y preocupadamente de que vaya a soltar la sopa en un impulso.

Harry regresa a su departamento. Suena el teléfono. Es Stett que le dice que por su seguridad se mantenga al margen de lo ocurrido y enseguida escuchamos por la bocina del teléfono una grabación de un solo de saxofón de Harry que acaba de tocar. Harry empieza a buscar desesperadamente micrófonos escondidos. Desarma el teléfono, destroza muebles, adornos, cuadros, etc. hasta agotar la duela del piso, lámparas… todo. Desiste y toma su saxofón, el único objeto que no ha revisado, y empieza a culebrear algunos solos. Fin de la película. No necesitamos que el gran Francis Ford Coppola nos diga que el micro está en el saxo. Sin duda, un guiño a La carta robada de Edgar Allan Poe.

Para su abordaje La conversación resulta poliédrica. Son varios los asuntos desde los cuales nos podemos aproximar a ella. La podemos ver, por ejemplo, como una disyuntiva moral en la que el quehacer laboral es incompatible con las convicciones religiosas de quien lo ejerce. También como el retrato de alguien orillado al aislamiento y a la soledad por la confidencialidad y la protección de un trabajo que así lo exige. La reserva y la privacidad que son requisitos para el trabajo de espionaje implican que Harry pase por un hombre anónimo, desapercibido, sin amigos ni pareja. O como el duelo entre dos personajes antagónicos: Harry es un ingeniero con sobrada formación y experiencia, reservado, cauteloso, huraño y suspicaz. El personaje de Moran está delineado a la medida. Representa la antítesis de Harry. Es muy extrovertido, inescrupuloso, sagaz y arrojado en su modo de conducirse en los negocios y en las relaciones públicas. Y el tema más cinematográfico es el audio por partida doble. La ecualización y la edición de una grabación, y su sincronización con la imagen, por un lado. Y, por otro, primeramente, la música que consta de una serie de composiciones y sus variaciones para piano de David Shire que apoyan el ritmo y la atmósfera de la película, y, segundo, el diseño de sonido a cargo de Walter Murch que aprovecha la pista de Shire para ir modulándola en una serie de sonidos estridentes y abstractos que terminan por escucharse como si se ejecutaran desde un sintetizador.

Lo que retrata y narra la cámara queda claro: La conversación se centra en el protagonista que casi no sale de cuadro. La cámara oscila entre dos tipos de planos: unas veces nos muestra lo que está haciendo Harry y otras su rostro y las expresiones que apenas esboza cuando escucha o ve, gestos que van revelando menos lo que ve y sí mucho sobre la personalidad de Harry. Por encima de cualquier tema que trate la película, por encima del género thriller al que se la ha encasillado, es claramente una película de personaje.

Dije que el abordaje de la película resulta poliédrico, pero creo importante detenerme sobre dos temas de los que no (léase con mayúsculas, subrayado y entre signos de exclamación y comillas) trata la película.

Uno es la paranoia. Algunos críticos insisten en que uno de los temas de La conversación es la paranoia en estos tiempos cuando la privacidad se expone y es vulnerada por la tecnología bla bla bla. Desde siglos atrás y a la fecha, la privacidad siempre se ha visto expuesta por el sacramento de la confesión. La presencia del confesionario en la película no es arbitrario ni fortuito. La paranoia no es el caso, ni siquiera clínicamente hablando. Habrá que hacer la distinción entre una suspicacia exacerbada y el delirio de persecución. En un trabajo de espionaje como el de Harry Caul y por encargo de un pez gordo, lo más seguro es que otro esté espiando a Harry de que esté haciendo bien su trabajo, de que no vaya a compartir la información y que no la vaya a usar en contra de cliente como, por ejemplo, para una posterior extorsión. Harry Caul no es un paranoide, mucho menos un paranoico, precisamente porque está alerta a estos riesgos que conlleva el espionaje y al dilema moral que lo trae atormentado. Su trabajo tiene una implicación de consciencia indisociable a los sujetos de su espionaje. Harry Caul tiene aún más razones para desconfiar y evitar cualquier relación de amistad o sentimental, sobre todo después que su rival Moran le tiende una trampa disfrazada de fiesta espontánea en petit comité, de vieja camaradería, alcohol y putas, una de ellas Meredith (Elizabeth MacRae), quien engatusa a Harry y le roba las cintas. En ese connato de fiesta fueron cómplices del robo los únicos cercanos a Harry: Stan y Paul. Los únicos.

El otro tema del que no trata La conversación es el escándalo de Watergate. Su alusión responde a una asociación o a una conclusión que dieron por sentadas los espectadores, y que los críticos sólo las reforzaron, porque La conversación se estrenó unos días después de que salieran a la luz los pormenores de dicho escándalo en los medios. Se trata de una desafortunada coincidencia pues Coppola ya había escrito el guion en 1967, poco después del estreno de Blow-Up.

Un asunto que no ha tenido cobertura crítica es la producción en torno a la ecualización y edición del sonido. Walter Murch, que en los créditos figura sólo como editor, es además una autoridad en el montaje. Estuvo a cargo del diseño de sonido y del montaje de lo que supuestamente registraron los espías. Coppola se contactó con Martin L. Kaiser (n. 1935) para que fungiera como asesor técnico en el funcionamiento y el manejo del equipo de ecualización y edición del espía Harry Caul. Kaiser fue un experto en diseño y elaboración de dispositivos de intercepción telefónica y micrófonos minúsculos y camuflados para espionaje, y que trabajó en la CIA, el FBI, la DEA, entre otros organismos. A través de él se consiguió la utilería tecnológica, un equipo recién caducado de la CIA que es el que aparece en el lugar de trabajo de Harry Caul.

Entre los críticos se comenta que La conversación fue eclipsada por haberse hecho entre la filmación de El Padrino y la de El Padrino II. Otros la ubican entre las mejores películas de Coppola, pero después de El Padrino, El Padrino II y Apocalypse Now. La conversación no me parece comparable con El Padrino, que, además de haber sido un encargo comercial, tiene las proporciones de una saga. Pero sí la considero superior, por mucho, a Apocalypse Now. En este último caso, huelga obviar que una gran producción no deriva en una gran película. La conversación, de financiación modesta y de corte más intimista, ganó la Palma de Oro en Cannes, ganó los premios por mejor montaje y mejor banda sonora en los BAFTA (Premios de la academia británica de cine y televisión, por sus siglas en inglés) y mejor película, mejor dirección y mejor actor (Gene Hackman) en la National Board of Review (Asociación de Críticos Norteamericanos).

Coppola será recordado por esta película de autor tan sobria, queda y personal.


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