Cada vez me resulta más enervante saber de Estados Unidos. El abanico de emociones y sentimientos negativos que me genera ese país y buena parte de su gente –no toda, por supuesto, entre tantos millones habrá un puñado de individuos que se salven– han provocado que desde hace algunos meses evite todo lo que tiene que ver con Estados Unidos. Sé que es ingenuo permanecer indemne (y más viviendo tan lejos de Dios), que es como querer respirar aire limpio viviendo en una ciudad: por más que uno se empeñe, la porquería está en el aire. Y como la mayor parte de la oferta cinematográfica local proviene de allá, pues he volteado para otra parte. El estreno de Una batalla tras otra (One Battle After Another, 2025), sin embargo, me genera un conflicto. Es decir, me plantea un dilema cuya resolución supone ganar algo y perder algo: es una película norteamericana y después de ver el tráiler no me “sedujo”; pero la dirige Paul Thomas Anderson, uno de los realizadores más sólidos del mundo y cuya filmografía me ha “alimentado” por años. El siguiente texto ventila el sentido de la decisión.

Una batalla tras otra se inspira en la novela Vineland de Thomas Pynchon, pero en los créditos sólo aparece Anderson como guionista. Es la más reciente entrega de Anderson, en cuya filmografía sobresalen, entre otras, El hilo fantasma (Phantom Thread, 2017), Magnolia (1999), Embriagado de amor (Punch-Drunk Love, 2002), The Master (2012) y Petróleo sangriento (There Will Be Blood, 2007). Sigue las vicisitudes de Bob (Leonardo DiCaprio), un hombre blanco que tiene ciertas habilidades con dispositivos explosivos. Vive una apasionada relación con Perfidia (Teyana Taylor), una mujer negra que milita en los French 75, una organización revolucionaria. De esta relación nace Willa (Chase Infiniti). Semanas después del parto Perfidia decide seguir “la revolución” y deja a la niña en manos de Bob. 16 años después mami no ha regresado y Bob vive en la pachequez. Pero se tiene que espabilar, pues a pesar de que Willa y él viven con otros nombres y en la sombra, les sigue la huella Lockjaw (Sean Penn), un militar tan tenaz como el Inspector Javert de Los miserables; tan tenaz como deleznable, y que además vivió una pasión por Perfidia.

Fiel a su estilo, Anderson ofrece un dispositivo audiovisual fascinante. La virtuosa movilidad de la cámara contribuye a dar ligereza a las casi tres horas que dura la cinta, a empujar un ritmo por momentos frenético; nos invita a acompañar las peripecias de los protagonistas (como bien saben Martin Scorsese, Guillermo del Toro y Peter Jackson, al mover la cámara se mueve al espectador). La luz y el color, cortesía del cinefotógrafo Michael Bauman, se suman para no sólo reproducir la pátina de las diferentes épocas y ambientes en las que se instala el relato, sino para construir atmósferas provechosas para la calidez y para la acción. (El dispositivo, decía, es fascinante; no obstante, un “crítico” español dice haberse aburrido: lástima, tantos años viviendo con la etiqueta de “crítico” y no ha aprendido a ver cine.)

Anderson ofrece un compendio de asuntos enarbolados por la corrección política de otros tiempos, la que el otrora más hipócrita gobierno norteamericano decía defender. Desde el apoyo a la negritud hasta el espacio para las llamadas personas no binarias; de la ruptura de la maternidad al “estilo clásico” al elogio de la migración de origen latino. Anderson aborda estos asuntos, pero no es un propagandista. Hace de la caricatura una estrategia dramática que le permite distanciamiento y se convierte en una herramienta para alcanzar profundidad. El humor aparece incluso en los pasajes más serios, por lo que la cinta a menudo avanza en tono de comedia. Y, como sabemos, la comedia es crítica o no es.

En la ruta son blancos de este afán crítico las organizaciones de los blancos supremacistas (cuya ridiculez daría para la risa loca si sus miembros no fueran tan perniciosos), los violentos y represivos cuerpos policiales, entre los cuales destacan los que están relacionados con la migración, así como los militares con toda su parafernalia. Asimismo, se abre más de un pasaje a la incorrección, como el énfasis ostensible que desde la cámara se hace en la sexualidad de la voluptuosa Perfidia, una especie de Afrodita que prefiere “echar bala” a amamantar a su hija. La interracialidad sacude las hormonas de ambos sexos y le da singular pasión al sexo. La caricatura, sin embargo, no aniquila la sutileza. Y si “mami” escapa a la convencionalidad, “papi” se aleja de la imagen moderna del padre comprometido con la atención a su cría: Bob, que aprende a relajarse realmente y más allá de la droga –como Merlin en Buscando a Nemo (Finding Nemo, 2003)–, confiesa que no peina a su hija. Esto no impide que la cinta explore aristas positivas de la paternidad y la filiación. Y vemos además que ser no binario no supone ninguna excepcionalidad a la hora de las lealtades.

Una batalla tras otra tiende un puente de continuidad entre los movimientos rebeldes de la negritud y la resistencia de los migrantes latinos. Muestra una sólida red de solidaridad entre estos últimos y nos presenta a una población organizada y preparada para sobrevivir. La cinta cobra vigencia con eventos que parecen registrados hace dos meses y por medio del personaje al que da vida Benicio del Toro (una especie de gurú que invita a la calma, “a respirar”) se sugiere incluso una actitud posible y deseable.
Con suerte y Anderson inicia con Una batalla tras otra un movimiento capaz de hacer que Estados Unidos piense otra vez, que bien podría llamarse MATA (Make America Think Again). Aunque tengo mis dudas sobre la segunda “A”, pues creo que eso de pensar no se ha presentado previamente en Estados Unidos.





