Recuerdo con gusto la primera vez que vi una película de Pixar: Toy Story (1995). Me parecía que refrescaba el paisaje animado, que por aquellos años mostraba cierto adocenamiento. Años después, con la aparición de Monsters, Inc. (2001) y Buscando a Nemo (Finding Nemo, 2003) el estudio alcanzó alturas respetables, memorables. También recuerdo con gusto los cortometrajes que solían acompañar estos y otros títulos. Pixar dio forma a un estilo lucidor y se caracterizó por un abordaje de diversos asuntos con matices reflexivos y críticos. Después de ver Toy Story 5 (2026), su más reciente entrega, me resulta inevitable pensar que tiempos pasados fueron mucho mejores.

Es cierto que ya es larga la lista de películas de Pixar que parecen maquila: desde hace quince años la capacidad de copiarse y referenciarse a sí mismo ha sido el sello del estudio de la lamparita brincadora. Toy Story 5, en esencia, reproduce una historia que ya vimos… desde el primer rollo. Acompañamos a juguetes histéricos y egoístas que buscan seguir siendo el centro de atención de sus dueños. Una vez más viven aventuras fuera de casa y tienen un proceso de “maduración” que termina por colocarlos en su lugar. La moraleja recurrente de la franquicia es algo así como “si no puedes cambiar tu circunstancia es conveniente que cambies tú”. En cada “nueva” entrega se cambia de antagonista; en el quinto rollo el enemigo “encarna” en las pantallas y la tecnología. En cada “nueva” entrega de los juguetes historiados se presentan “nuevos personajes”: no olvidemos que las películas son punta de lanza de la industria juguetera.

Conforme avanzaba Toy Story 5 caía en la cuenta de que lo más valioso no estaba en lo que se mostraba (reiteraciones buena ondita con carga ideológica a menudo gratuita; cumplimiento obligatorio de cuotas raciales) sino en lo que se omitía. Y si Pixar en algún momento se mostró crítico con ciertos usos y costumbres de la sociedad, ahora es complaciente y mira para otro lado. Para mí, una de las grandes omisiones de toda la franquicia Toy Story es cuestionar el rol que tienen los padres en el desarrollo de sus hijos. Según Pixar los responsables del acompañamiento y apoyo a los niños son los juguetes: éstos sí observan a los chamacos y están presentes en momentos decisivos de su crecimiento; se esfuerzan por complacerlos (y, claro, en estar presentes porque se quieren seguir sintiendo “útiles” y no saben hacer otra cosa). Mientras tanto los padres lucen indiferentes o torpes (en el mejor de los casos). Los de Toy Story 5 no se involucran en lo que vive su hija –que sí juega con juguetes pero que, por lo mismo, según nos dicen, no tiene amigos– y deciden regalarle una tableta. Así pueden seguir viviendo su vida sin ocuparse de la chamaca, aunque el regalito la exponga a la dinámica hostil de las redes sociales. ¿Será que Pixar no quiere tocar ni con el pixel de alguna crítica a los padres (que, al final del día, son los que pagan los boletos, las suscripciones al streaming y compran los juguetes)?

En Intensa mente (Inside Out, 2015), así como en las cintas mencionadas en el primer párrafo, aparecían apuntes directos a la presencia de los padres en la vida de sus hijos: en Intensa mente quedaban en claro las consecuencias de que los padres endilgaran la responsabilidad de la alegría a la chamaca; en Buscando a Nemo se exhiben las consecuencias de la desconfianza y el miedo del padre; en Monsters, Inc. se dejaba en claro que, en el desarrollo infantil, es más provechosa la risa que el susto (y que conste que en esta película los padres también están ausentes). Hoy Pixar, al parecer, tiene mayor preocupación por mandar mensajitos oportunistas y apoyar ideologías de moda que por alcanzar alguna sustancia o aspirar a cierta profundidad o crítica. Urge que algún estudio refresque este panorama adocenado.

Para ser honesto, a estas alturas no experimento ninguna decepción con las “nuevas” entregas de Pixar. Es como con la selección de futbol de México: para evitar decepciones es mejor no tener expectativas. Y hace mucho que, con Pixar, tampoco tengo ninguna expectativa.




