Sombras y niebla: El espía samurái (1965)

CINESCOPÍA/José Javier Coz

Japón. Siglo XVII. Un guerrero despistado entra en territorio que se disputan el clan gobernante y otro disidente. En el camino, conoce a miembros de ambos. Unos son leales, otros dobles agentes y los menos desertores. Todos están a la búsqueda del líder del clan disidente que planea pasarse al gobernante y aseguran que el guerrero conoce su paradero, lo que de todo punto ignora, pero no consigue disuadirlos. Ambos bandos ofrecen una recompensa por su paradero. Ambos saben que el guerrero no habla bajo tortura. Cada clan intenta proteger y conservar cerca al guerrero e intentan sacarle la información por otros medios.

El precedente histórico de El espía samurái (Ibun Sarutobi Sasuke, 1965) es la Batalla de Sekigahara, librada en 1600 entre dos clanes bajo el dominio del shogunato (gobierno militar) por desacuerdos en la sucesión del imperio, conflicto que se reanudaría 14 años después. En el inter, varios clanes sojuzgados no se deciden si aliarse a uno u otro. El director Masahiro Shinoda ubica la historia de El espía samurái en el año previo al segundo conflicto, en el que reinaba un ambiente de confusión por el espionaje, el contraespionaje, la deserción y la traición.

Los personajes son ficticios. Masahiro Shinoda recrea la confusión que, para nuestro guerrero protagonista Sasuke (Kōji Takahashi), representará una travesía moral en la que se encuentra consigo mismo y descubre finalmente quién es.

Shinoda utiliza el espionaje y el contraespionaje como uno de los recursos para generar el ambiente de confusión. Los espías hacían reconocimiento de territorio, se informaban sobre alguna insurgencia, avances de los batallones y sobre sus homólogos enemigos o desertores. La mayoría de las veces, los espías sólo conocían a sus colegas por su nombre. Muchos murieron en manos de su propio bando por mera suspicacia. Además de los pormenores del espionaje y de las luchas, Shinoda remarca la confusión narrando desde el solo punto de vista de Sasuke.

Por el carácter impasible, sin ese afán de hacer alarde de su destreza con la katana, podemos inferir que Sasuke es un ninja, tal vez desertor o en condición de rōnin: samurái o ninja cuyo señor había muerto y quedaba a merced de las circunstancias, muchas veces susceptible de enlistarse en otro ejército o trabajar como mercenario. No está convencido de defender causa alguna. Él continúa deambulando, es invencible pero pacifista, escéptico –casi nihilista– frente a una posible paz definitiva, pero con preguntas sobre el sinsentido de la guerra; no sigue las prescripciones del Bushido, que es el código ético del samurái, pero es incólume, y definitivamente no es un paria. Parece un auténtico insumiso no rebelde ni beligerante. Es un espectador más que un partícipe, falto de astucia y maldad, pero con un instinto moral frente a quien quiere arrebatar una vida.

El eje de la historia es la inminente deserción del líder del clan disidente Tatewaki, que pretende incorporarse al clan gobernante. La película inicia con Sasuke caminando por unas colinas. Se topa con la violencia residual de la guerra y los saldos absurdos que arroja la gloria y el honor. Conocerá a dos mujeres y a siete guerreros. Unos lo acusan de trabajar a las órdenes de un clan, otros de agente encubierto y todos de ocultar información sobre Tatewaki.

A continuación, los personajes en el orden en que los conoce Sasuke:

Mitsuaki pertenece al clan disidente, pero es un doble agente que lo invita a capturar a Tatewaki y cobrar la recompensa que ofrecen los dos clanes. Sasuke se niega alegando que eso detonará una guerra.

Yashiro es miembro del clan gobernante. Esconde su credo cristiano proscrito durante el shogunato. Para encontrar a Tatewaki, Mitsuaki lo delata y así distrae al magistrado Genba mientras lo arresta y encarcela. Después será asesinado en una celda.

Takatani, un samurái misterioso que viste de blanco, espía al servicio del clan gobernante, protege a Sasuke creyendo que tiene información privilegiada sobre el paradero de Tatewaki. Para Sasuke, y a ojos nuestros, se convierte en el principal sospechoso de los brutales asesinatos de Yashiro y Okiwa.

Okiwa, una bailarina que seduce a Sasuke para también sacarle información sobre Tatewaki. Hay una tensión al inicio del encuentro. Sasuke sabe que Okiwa es espía y ella sabe que él sabe. La confronta y ella se delata. Aun así, entran en intimidad. Él queda enamorado y sufre cuando es asesinada a manos de un desconocido que al final Sasuke descubrirá. Se entera después que trabajaba de espía para Nojiri.

Omiyo es una hermosa huérfana bajo la tutela de un sacerdote budista. Se enamora de Sasuke, quien no se da cuenta porque todavía tiene a Okiwa clavada en su corazón.

Koremura, líder de los espías del clan disidente, su asistente Nojiri y el ministro Horikawa interrogan a Sasuke sobre –otra vez– el paradero de Tatewaki. Tienen la firme convicción de que Sasuke no quiere revelar el escondite de Tatewaki. A Koremura lo apremia el tiempo por encontrarlo y reincorporarlo a su bando.

Nojiri se revela al final como un infiltrado del clan gobernante que se sirvió de Koremura para poder encontrar a Tatewaki. También como el asesino del joven cristiano Yashiro y de la bailarina Okiwa a fin de inculpar a Sasuke una vez que éste confesase dónde está Tatewaki.

El ministro Horikawa, aunque miembro del clan disidente, es padre de Tatewaki y abuelo de Yashiro, leales a la parte gobernante. En el interrogatorio a Sasuke, funge de mediador entre éste y Koremura y Nojiri, que están a punto de perder la paciencia, aunque saben que Sasuke es indoblegable.

La joven Omiyo es el personaje más disímil y, a la vez, más parecido a Sasuke. Se enamora de Sasuke tan rápido como Sasuke se enamoró de la bailarina Okiwa. Cuando la conoce en el monasterio, ella le informa con detalle quién es quién, aunque su candidez no le permite entender las intrigas entre los clanes y sus espías. Por su edad (22 años), sólo conoce las secuelas de la guerra, es consciente de que hay una en puertas y quiere huir con Sasuke al oeste de Japón para no vivir lo que sólo conoce de oídas. Es valiente como Sasuke. Más apasionada. Está siempre presta a seguir los pasos de Sasuke, no quiere perderlo, aunque eso suponga poner en riesgo su vida.

Si en Doble suicidio (Shinjû: Ten no amijima, 1969), también de Masahiro Shinoda, la iluminación diáfana y los escenarios sobrios colocan el dramatismo y la historia al frente, en El espía samurái, quedan opacados con el manejo de sombras en los interiores y el uso de una niebla fulgurante y cegadora a cielo abierto. Ambos recursos abonan a la perspectiva confusa de los personajes que no saben o no deciden bien a bien cuál es su posición y no están seguro de la de los demás.

A estos recursos se suma una intrincada trama llena de personajes, algo no tan obvio dada la intercalación de planos abiertos generales de unas tumultuosas y ruidosas festividades rituales que se celebran en el poblado de Suwa con tambores y desfiles de gente bailando la noche entera sin parar en honor a los dioses.

Estas turbas estridentes contrastan con las silenciosas persecuciones y luchas a espada en callejones estrechos, sobre aleros, travesaños y por escaleras oscuras, recursos laberínticos que cortan de tajo la luz, confieren discontinuidad visual a la acción e incorporan más confusión aún. El continuum de esta discontinuidad está asegurado por el fragor de la verbena y el fondo del cuarteto de cuerdas bajo la batuta de Tōru Takemitsu que siempre introduce silencios en los impasses de las luchas cuando uno de los contrincantes llega a un punto muerto.

Las peleas son suficientes y lucen conspicuas frente al resto de la película porque Shinoda las precede de escenas solemnes en largos planos medios y estáticos con personajes sentados en el piso deliberando algún asunto político. De súbito, los movimientos de cámara en las contiendas son abruptos y los cortes rápidos. Otros recursos son la alternancia de interiores con exteriores al escenificarlas y la variación en planos y en el estilo y técnica marciales de una pelea a otra, coreografiadas implacablemente. Estos cambios reflejan la manera en que los personajes interactúan: desconfiados, de acciones impulsivas sujetas a la inmediatez y alentadas por el instinto más que por previsiones racionales.

Al final, asistimos a una de las escenas más espectaculares. Sasuke está caminando con Omiyo y aparece Noriji sospechosamente flanqueándolos muy cerca. Sasuke ya intuye que él es el asesino de Yashiro y Okiwa y lo exhorta a que siga su camino y no se acerque más. Noriji desacata. Sasuke lo encara con respecto a los asesinatos. Ambos frente a frente en posición de guardia, sostienen la mirada del otro, empuñando las katanas, prestos a desenvainarlas. Empieza la lucha, se abre el plano revelando un llano y la cámara se aleja poco a poco hasta que los vemos diminutos desde la altura de una colina. Ya no escuchamos el metal de las espadas. Sólo se oye el ulular del viento, algún crinar, si acaso un grillo. Ellos siguen peleando como dos hormigas, insignificantes desde lejos. Es el sinsentido de la guerra, la perspectiva que Sasuke tiene desde el inicio de la película. Él tiene el poder de verla con distancia temporal, pero infructuosamente intentó evadirla y fracasó en ponerle fin.

Sasuke da muerte a Noriji. Termina como enemigo de todos por querer salvar a miembros de ambos clanes, sobre todo al rescatar a Tatewaki que, cuando lo encuentra, está herido y lo ayuda a caminar echando un brazo a los hombros. Tatewaki le pregunta si no lo odia por haber matado a muchos de los suyos, a lo que Sasuke le responde: “Repruebo que los hayas matado, pero eres padre de Yashiro e hijo de Horikawa y mi deber es salvarte”.

Sasuke es un héroe, pero no lo sabe. Sólo los que componen epopeyas saben qué significa el heroísmo. Y, por supuesto, los que leemos y vemos epopeyas.

Dice Sasuke:

“Ahora que sé quiénes son mis enemigos ya sé quién soy.”

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