Retrato de una mujer en llamas: candela luminosa

En su ópera prima, Naissance des pieuvres (2007), título que se traduciría como Nacimiento de pulpos y que en España circuló como Water Lilies, la francesa Céline Sciamma acompaña el crecimiento y la atracción sexual de tres chicas. En Bande des filles (2014) explora la solidaridad en femenino. Retrato de una mujer en llamas (Portrait de la jeune fille en feu, 2019), su cuarto y más reciente largometraje, regresa sobre estos temas. Con mucha candela, como dirían los cubanos.

La acción de Retrato de una mujer en llamas se ubica en una isla bretona, a finales del siglo XVIII. Sigue los pasos de Marianne (Noémi Merlant), una joven pintora que llega con el encargo de hacer el retrato de Héloïse (Adèle Haenel). Ésta ha salido del convento para ocupar el lugar de su hermana, quien decidió morir antes que matrimoniarse. Marianne debe hacer el retrato, que será enviado al futuro marido y sin que lo sepa Héloïse, quien no está precisamente entusiasmada por casarse con un desconocido.

Sciamma construye con largos planos, a menudo abiertos, un ritmo lento que es pertinente para dar cuenta con sutileza y agudeza del nacimiento y del crecimiento del amor. Asimismo, es meritorio el uso del sonido, que es rico en ambientes e incidentales, en silencios y suspiros; con él convoca de buena manera al fuera de campo, que da amplitud al relato y hace sugestiva la narrativa. La música incide en momentos puntuales para multiplicar la emoción, y al final el clímax corre por cuenta de Vivaldi y sus “Cuatro estaciones”. La luz, cortesía de Claire Mathon, juega un rol aparte, y cobra protagonismo la que proviene del fuego (de velas, chimeneas o fogatas): la candela, ya lo decíamos. Se diría que el buen uso de la técnica hace presente la vida y hace sensible el amor al espectador: la película respira y palpita.

Este marco es pertinente para establecer atmósferas que diversifican el registro emocional y que tienden puentes con la pintura y con la literatura. Sciamma hace un guiño a la pasión de Héloïse –la célebre enamorada medieval que pasó a la posteridad con Abelardo– y trae a cuento a Orfeo y Eurídice para ampliar la interpretación de su historia y darnos certezas anticipatorias. De cara a una pasión que puede vivirse, con hartos obstáculos sociales, improbable pero acaso posible, ¿el artista prefiere renunciar a la experiencia para alimentar el recuerdo, su arte? Por otra parte, la realizadora juega con la iconografía y lo mismo da cuenta de un convivio de mujeres (¿de brujas?) que presenta momentos inquietantes por contrastantes, como la escena en que la joven sirvienta asiste a la casa de una matrona que habrá de practicarle un aborto.

Sciamma entrega una película de una belleza plausible. Intemporal, pero muy actual, recoge con firmeza y sin violencia –sin la demagogia demostrativa que habita a algunas películas hoy día– valores y debilidades de sus protagonistas: valentía y solidaridad, alegría y nostalgia, pero también hace cuestionamientos sobre la verdadera emancipación y el real ejercicio de la libertad, los límites aceptados o autoimpuestos y cierta comodidad justificada en las circunstancias. En un mundo habitado por hombres débiles y afeminados (es particularmente elocuente la escena en la galería –uno de los escasos pasajes en los que aparecen varones– en la que Marianne camina entre sujetos maquillados y con pelucas), el arte es para Marianne y Héloïse (¿como lo es para Sciamma?) un vehículo provechoso para la expresión y la vida: para encarar la adversidad, para respirar en la opresión, para la afirmación y la libertad, para la autoestima.

Retrato de una mujer en llamas obtuvo el premio a mejor guión en el festival de Cannes.

 

Calificación 85%

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