Pensar con el cine durante la pandemia

Tengo la impresión de que la pandemia, como las drogas, exacerba en los seres humanos lo que ya eran. Si uno era miedoso, ahora tiene pretextos para darle rienda suelta a los miedos… y es más miedoso; si uno se aburría –y el ser humano es el único animal que se aburre– el encierro ha sido un fastidio interminable; entre los que eran medianamente analíticos he percibido dos tendencias: el rigor escrupuloso en algunos para seguir la pista de los datos y argumentar sus opiniones; a otros les gana el miedo y por él hablan. En este último grupo caben muchos, muchos opinadores de la prensa tradicional y de las redes sociales, que hoy son un gran resumidero de miedos y mezquindades.

En este paisaje, sin embargo, me parece que existe una ocasión inmejorable para la reflexión. No es que antes fuéramos una especie singularmente reflexiva, pero aun así es un buen momento para ejercernos en la materia. El cine, que habitualmente es una distracción, una diversión y un entretenimiento, y al que hoy se recurre bastante (un buen ejercicio sería comparar cuánto tiempo pasábamos antes del encierro frente a una pantalla –de celular, de computadora, de televisión– y cuánto pasamos hoy), ofrece pretextos inmejorables. En las prerrogativas de algunas propuestas de análisis cinematográfico existen elementos atendibles: me parece particularmente valioso el análisis temático.

Habitualmente el espectador de una película participa armando la historia, que es una fuente primordial de emoción. La evaluación de la película, así, a menudo depende de las emociones que se tuvieron acompañando las peripecias de los protagonistas. Hasta ahí, dicho sea de paso, la experiencia puede no ser muy distinta de la que se vive en un parque de diversiones. La propuesta que me parece oportuno hacer en estos días de estar guardados, busca ir más allá. Creo que si uno se plantea ver películas con el ánimo de hacer una revisión de lo que nos ofrecen, se puede multiplicar el valor de la película y de la convivencia: estar atentos a lo que la película pretende decir puede dar inicio a diálogos provechosos. Si la película se ve en familia, se puede arrancar el diálogo ahí, “en cortito”, apenas termine. La idea es compartir lo que a cada uno de los espectadores le pareció relevante. Una forma de averiguarlo es preguntarse precisamente por las emociones y los momentos en que tuvieron lugar a lo largo de la película. Ésta es, además, una forma de detectar qué asuntos o temas cobran importancia. A menudo se puede descubrir que uno ya era sensible a los temas que resultan relevantes. Pero definamos primero qué entendemos por un tema.

La historia se remite a los acontecimientos encadenados: contar de qué se trata la película es dar cuenta de la historia. Para armar la historia de El inicio (Inception, 2010) de Christopher Nolan, por ejemplo, hablaríamos de los sueños, los niveles, las aventuras en cada uno de ellos. El tema habría que buscarlo a partir de lo que sucede, de las acciones, las conductas y las actitudes de los protagonistas. A veces surge al revisar lo que se ha dicho o sugerido (en una frase de Spider-Man el tío Ben lo precisa: “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”); en ocasiones se desarrolla en diálogos o por medio de la acción; no es raro que pueda traducirse en una moraleja. Para el caso de marras, es conveniente observar a Cobb (Leonardo DiCaprio): vive obsesionado por regresar con sus hijos y, para ello, no tiene empacho en manipular y poner en riesgo la vida de otras personas. Experimenta la culpa de haber sembrado en la cabeza de su mujer una idea que la llevó a la muerte. Todo lo que hace lo hace por él y para él. Es un egoísta recalcitrante. Ahí surgen, ya, algunos temas: el egoísmo, la culpa, pero también el que par mi gusto es el principal: la responsabilidad. Cobb es un personaje que resulta atractivo por los universos oníricos que abre y por su tenacidad, por su conflicto, pero no parece dispuesto a hacerse responsable de sus acciones. De ahí que no es sencillo emitir un juicio sobre él. Pero sí podemos “traer” a nuestra circunstancia lo que propone la película; ése sería el paso siguiente de la dinámica. A partir de la película uno podría abrir el diálogo en casa sobre la responsabilidad en general y sobre la que se tiene al poner en la cabeza de las personas ideas que florecen al grado de definirlas, como lo que sucede con lo que hacen los padres con relación a la educación y la religión. Los hijos se forman a partir de las ideas, de los inceptions que ponen los padres en ellos, y la charla entre padres e hijos abre posibilidades valiosas, creo. La familia mira hacia adentro y no hacia la pantalla, lo cual también supone riesgos: pensar siempre es riesgoso.

Recientemente vi una vez más La provocación (Match Point, 2005), una de las obras maestras de Woody Allen. Ahí también hay temas valiosos para la reflexión. La historia acompaña a un joven que jugó tenis a buen nivel pero que ahora busca ganarse la vida como maestro en un club londinense. Pronto intima con la familia de uno de sus alumnos. Es un arribista, y comienza a escalar. Pero se apasiona por la prometida de su cuñado, una mujer bellísima, con la que inicia un affaire. Éste se complica y las consecuencias son graves. Grosso modo, ésa es la historia.

El tema aparece cuando además de los acontecimientos se atienden algunas frases dichas por el protagonista: “Es importante tener suerte. […] Todos temen admitir la gran parte que juega la suerte. Parece que los científicos están confirmando cada vez más que toda la existencia está aquí por casualidad. Sin propósito, sin diseño.” En un diálogo con su cuñado, éste afirma: “El vicario decía: ‘la desesperanza es el camino de menor resistencia’.” El protagonista responde: “Creo que la fe es el camino de menor resistencia”. Más adelante el personaje principal lanza un soliloquio memorable: “Nunca sabes quiénes son tus vecinos hasta que hay una crisis. Aprendes a esconder la culpa bajo la alfombra y continuar […] Sófocles dijo: ‘Nunca haber nacido quizá sea la mayor bendición’ […] Sería apropiado que fuera aprehendido y castigado. Al menos habría una pequeña señal de justicia, una pequeña medida de esperanza para la posibilidad de significado”.

La provocación es una prolongación y en ciertos pasajes una emulación de Crímenes y pecados (Crimes and Misdemeanors, 1989). Pero va más lejos. Al final de Crímenes y pecados hay un diálogo entre un personaje que ha hecho básicamente lo mismo –y diría más o menos lo mismo– que el protagonista de La provocación y un cineasta, que interpreta Woody Allen. Éste sugiere que el asesino debe entregarse, “así, entonces, la historia asume proporciones trágicas, porque en la ausencia de Dios, es forzado a asumir esa responsabilidad él mismo. Entonces tienes una tragedia”.

Los temas en ambas películas, por supuesto, pasan por el azar, la muerte y la suerte (aquí es donde Ike, el protagonista de Manhattan, se entromete en la conversación y afirma que “el talento es suerte. Creo que lo importante en la vida es tener valo”. Gracias, Ike), pero se inscriben en un mapa más amplio que potencian el significado de la película: la insignificancia de la vida, la ausencia de tragedia por comodidad e irresponsabilidad: la facilidad con que los humanos eluden la responsabilidad y la justicia. El diálogo puede comenzar con el reconocimiento de los “suertudos” que tenemos alrededor, en las cercanías y en las lejanías. Porque no faltan las personas con suerte en este mundo, y no me refiero a los que se ganan la lotería, sino a los ciudadanos comunes, los funcionarios públicos de cualquier nivel, que salen indemnes de sus crímenes y pecados: ¿la impunidad ambiente sería una prueba de la ausencia de Dios?

Jean-Luc Godard afirma que el cine nació para pensar. Sirvan estos ejemplos para invitar a la reflexión, para refrendar el noble origen del cine y aprovechar la contingencia para pensar.

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