Óscar 2021: El padre o las vicisitudes de una mente en extravío

Hace años solía hacerse una clasificación para elucidar el nivel de contribución de miembros particulares del equipo a una película al que se le endosaba el mérito: las cintas voluntaria o involuntariamente son del director (en el mejor de los casos, de un autor); no obstante, se hablaba de películas de productor o películas de actor si la rúbrica de uno u otro era ostensible. El padre (The Father, 2020) es una cinta que cabe en esta última categoría: es una película de actor. Lo cual, dicho sea de paso, no estoy seguro de que necesariamente sea una virtud cinematográfica.

El padre es la ópera prima del francés Florian Zeller, quien ha ganado reputación como dramaturgo y se inspira en una obra teatral de su autoría. Para evitar indeseables spoileos, transcribo la sinopsis oficial de conocida cadena de exhibición: “Anthony (Anthony Hopkins), un hombre de 80 años mordaz, algo travieso y que tercamente ha decidido vivir solo, rechaza todos y cada uno de las cuidadoras que su hija Anne (Olivia Colman) intenta contratar para que le ayuden en casa. Está desesperada porque ya no puede visitarle a diario y siente que la mente de su padre empieza a fallar y se desconecta cada vez más de la realidad. Anne sufre la paulatina pérdida de su padre a medida que la mente de éste se deteriora, pero también se aferra al derecho a vivir su propia vida.”

Zeller privilegia los elementos de la puesta en escena y empuja su relato con una luz a menudo discreta pero siempre expresiva; saca buen provecho de las escenografías, de los espacios y las distancias; matiza pasajes de la cinta con el maquillaje y el vestuario; la apuesta principal recae en las actuaciones. En la banda sonora irrumpen con sutileza y con cierta frecuencia las músicas del italiano Ludovico Einaudi, quien firmó las partituras de la popular Amigos (Intouchables, 2011). El conjunto estilístico es notable, notablemente… teatral.

Zeller esboza con solvencia las vicisitudes de una mente en extravío. Seguimos los eventos desde la perspectiva de Anthony, cuya confusión provoca dolor y tristeza, en primera instancia a Anne y posteriormente al espectador. Progresivamente se va instalando cierta desazón, hasta que se revela una constatación inevitable: todos estamos solos, y si no hay un pariente que se haga cargo de la carga de nosotros al final de nuestros días (un paisaje que está cada vez más presente, pues cada vez hay menos hijos en cada familia y están menos dispuestos a asumir la chamba y la responsabilidad), en el mejor de los casos contaremos con la propia lucidez y tendremos solvencia para pagar una asistencia decente. Cualquier deterioro en uno u otro sentido empeoran el panorama.

La reflexión es valiosa; la ruta es un tanto reiterativa (y el final se extiende elocuentemente, melodramáticamente) y, como anotaba párrafos arriba, bastante teatral. El padre es buen teatro grabado. No en vano la mayor parte de los elogios de crítica y público caen en el desempeño de Hopkins y Colman. Hopkins entrega una actuación enfática, en los límites de la sobreactuación: Zeller lo pone en más de un aprieto para dar verosimilitud a sus exabruptos mentales. Cuando voy al teatro y veo una actuación como la de Hopkins me parece natural y plausible; en pantalla, no tanto: de pronto por ahí se revelan “las costuras”, el dispositivo audiovisual y veo a un actor y no a un personaje.

 

Nominaciones al Óscar:

Mejor película, actor (Anthony Hopkins), actriz de reparto (Olivia Colman), guión adaptado, edición, diseño de producción.

Calificación 75%
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