Notas a El callejón de las almas perdidas

Por José Javier Coz

Si la reciente adaptación de la novela Nightmare Alley (1946) del norteamericano William Lindsay Gresham (1909-1962) a cargo de Kim Morgan y Del Toro, brilla en algo es en todo. Dada la oferta de Hollywood y Netflix, es un evento altamente improbable que se produzca una película de corte tan clásico. Pero si tuviera que destacar algo en especial, es su diseño de arte, a cargo de Tamara Deverell quien, por encargo del director Del Toro, no usó imágenes digitalizadas. La arquitectura de los interiores, su decoración, sus muebles, su iluminación, sea casa, oficina o departamento, cobran un lustre y un relieve que no dejan en duda al más escéptico de lo simulado con software.

La adaptación de Morgan y Del Toro se inspira más en la versión cinematográfica de 1947 dirigida por Edmund Goulding y cuyo guion fue escrito por Jules Furthman. Esto no hace a la película menos apegada a la novela sino a los guionistas más creativos ante las posibilidades que ofrece el lenguaje cinematográfico. Cada adaptación enfatiza y hace a un lado, agrega u omite, y aprovecha las posibilidades de este lenguaje. Hay cosas que sus medios específicos, la imagen y el sonido, pueden hacer que la escritura no. La película de Goulding goza de la ventaja del blanco y negro que hacen de la noche una oscura noche. Los callejones de la feria son angostos y opresores en los que una vez que alguien incursiona se desvanece, así la cámara lo siga o no. En la reciente, los cielos reflejan una luz que parece anunciar a la ciudad de Buffalo y no las afueras de un pueblo.

Para Morgan y Del Toro, el homicidio imprudencial de Pete (David Strathairn), cometido por Stan (Bradley Cooper), es insuficiente para el diván. Echaron mano del parricidio y de algo más ominoso. ¿Qué puede ser más ominoso que matar al padre? La respuesta es el abandono de un hijo. Stan había sido abandonado por su padre, al parecer alcohólico. El alcohol es un fuerte ingrediente en ambas películas, como desinhibidor, como detonador. En 1947 sí fue suficiente la muerte accidental de Pete para que Stan expiara su culpa haciendo caso omiso de las advertencias sobre el peligro de pasar de la clarividencia inmediata a la clarividencia del pasado y del futuro, a expensas del necesitado de consuelo y de esperanza en un más allá después de la vida. En cualquiera de las dos versiones, el tema de la culpa funciona para el Inconsciente y sus malas jugadas de costumbre.

El fuego del inicio es recurrente, digamos que es un leitmotiv. Y su imagen sólo funciona en los sueños, no como flashback, dado lo hechizo del efecto especial. Este fuego es un símbolo por demás del infierno y que reaparecerá no sólo en la transición al despertar Stan, sino que se reaviva también cuando Zeena (Toni Collette), en su espectáculo, incinera los papelitos con las peticiones de los asistentes antes de iniciar su trabajo de adivinación. Finalmente, arde en la fogata alrededor de la cual la ronda de borrachos se congrega, escena que deja claro al espectador que el infierno es aquí.

A propósito de símbolos cristianos, hay en Nightmare Alley, en cualquiera de sus versiones y formatos, la presencia de varias figuras de autoridad como el padre putativo que es Pete, el alguacil, el juez y, se podría decir, una profesional de la psicología. Con todo y las diferentes referencias bíblicas, la figura de un sacerdote está ausente. En la novela, los seguidores de Stanton acaban dirigiéndose a él como el referendo. Y sí, Stanton hace las veces de un reverendo.

Uno de los asuntos más llamativos de Nightmare Alley es el personaje femenino que resultará tan parecido como antagónico al protagonista. Se trata de una psicoanalista (Cate Blanchett en el papel de la doctora Lilith Ritter) que, ficción o realidad, no dista mucho de un confesor que ofrece una cura, ofrece consuelo y esperanzas para aliviar una enfermedad. Y tampoco se desemeja de un clarividente, pues ausculta el Inconsciente, una suerte de dimensión desconocida, de algo más allá de lo inmediato, para sacar lo no observable, los puntos ciegos del paciente, los miedos (el infierno está en nosotros); a fin de cuentas, lo tan desconocido como el más allá. Tan cerca tan lejos Stanton de Lilith, una socia desleal, que como quien no quiere la cosa, calculadora, acepta la propuesta de escudriñar los apuntes y las grabaciones de sus sesiones con dos de sus pacientes, señores de la élite de Buffalo, el juez Kimble y el magnate Ezra Grindle (Richard Jenkins), y embarca a Stanton a realizar las tan contraindicadas sesiones espiritistas, no sin antes seducirlo. La doctora Ritter toma ventaja del trabajo que emprenderá Stanton. El personaje de Lilith Ritter, así, reúne muchos de los requisitos de una femme fatale.

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