Nostalgia por Nostalgia

«Llegué al cine» huyendo de la escuela. Y llegué tarde. Los últimos semestres de la carrera universitaria (un error llevado hasta las últimas consecuencias, con graduación y titulación, cómo no: alguien, de cuya autoridad no quiero acordarme, me dijo entonces que «lo que se inicia, se termina»; incluso los errores, lo cual lamento desde entonces) se convirtieron en un absoluto fastidio, al grado de hacer insuficiente el contrapeso vital que me procuraba habitualmente la literatura. Entonces comencé a ir al cine. Solo y varias veces a la semana. 

Hasta entonces había visto pocas películas, muy pocas. El descubrimiento del cine comenzó con Luis Buñuel, en la televisión (con comerciales) y por medio de las tres películas que Gustavo Alatriste produjo para el cineasta español (El ángel exterminadorViridiana y Simón del desierto). Más allá de la curiosidad que me provocaban algunas situaciones en particular que registran esas películas (por ejemplo, ¿por qué los asistentes a una cena no pueden salir de la casa?; ¿por qué Simón da un salto temporal de su torre en el desierto del siglo IV al Nueva York del siglo XX y con el demonio como compañera?) descubrí en el cine, por primera vez, un campo propicio para sentir y pensar. 

Más adelante aparece en mi memoria la función «inaugural» en la sala oscura: Nostalgia (Nostalghia, 1983) de Andrei Tarkovski, que vi en una muestra internacional de cine. La experiencia fue fascinante. En la oscuridad descubrí una luz, un puente provechoso para lidiar con mi propia circunstancia. Seguir leyendo…

Texto publicado en el número 116 de la revista Luvina, septiembre 2024.

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