Óscar 2021: Mank: la grandeza está en otra parte

David Fincher regresa seis años después de Perdida (Gone Girl, 2014), en la que entregó muy buenas cuentas. Lo hace de la mano de un guión de su padre, Jack, y acompañando a un personaje singular: Herman J. Mankiewicz, un autor que es responsable de casi cien guiones. Mank (2020) tiene sus bemoles, pero para no variar el cineasta norteamericano ilumina facetas oscuras de sus personajes y, en este caso, del Hollywood de los años treinta y cuarenta.

Mank da cuenta del proceso de escritura del guión de Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941). Mankiewicz (Gary Oldman) ha caído en desgracia y toma el encargo de trabajar para Orson Welles (Tom Burke), quien tiene el poder total sobre la película… y, por contrato, el crédito de guionista. Como Kane, la historia se plantea por medio de saltos al pasado, de flashbacks a los años treinta que se anuncian como si se estuviera escribiendo el guión, por medio del formato de encabezado de una escena. Así se ilustran las vivencias de las que se nutrirá la trama: la debacle de Mank, sus desavenencias con los jefes de los estudios, su relación con William Randolph Hearst (Charles Dance) y su novia, la actriz Marion Davies (Amanda Seyfried), su alcoholismo. Asimismo, muestra el apoyo que recibe de dos mujeres mientras escribe, la tentación del alcohol y la presión de Welles.

En algunos encuadres Mank emula a Kane, mas en la cámara no abundan los homenajes o los guiños. Fincher entrega una película grabada en formato digital, en un elegante blanco y negro y en formato ancho (2.20:1). La cámara se mueve con cierta regularidad y discreción, y realiza una marcación personal al protagonista. Porque aquí el guionista es la estrella, la cámara es discreta para dar lucimiento al actor y sus diálogos. En la puesta en escena, sin embargo, sí que hay puentes claros, en particular en la majestuosidad de los escenarios. El cinefotógrafo Erik Messerschmidt –quien ha colaborado en los proyectos más recientes de Fincher– juega con el contraluz y con diversos matices de gris (el registro se hizo mediante el proceso de imágenes de alto rango dinámico, lo que permite obtener nitidez entre límites contrastantes de luz). El mapa formal se redondea de buena manera con las músicas de Trent Reznor y Atticus Ross, quienes emulan las orquestaciones del Hollywood de la época.

Este dispositivo resulta pertinente y brillante para regresar al esplendor del Hollywood de los años treinta. El mapa que presenta Fincher ofrece matices de romanticismo, pero también de cierta crudeza. Mank, simpático, bufonesco, es un guía virtuoso para llevarnos por un mundo decadente pero espectacular. En el mapa se iluminan las bajezas laborales y las políticas, pero también hay espacio para hacer el elogio del genio. El proceso de escritura de la cinta resulta edificante y no sólo alcanza para descubrir a los personajes y los hechos que inspiraron Ciudadano Kane, sino las vicisitudes de la creación artística. Al final, como en Red social, Fincher busca repartir culpas y aplaudir logros, sin embargo Mank es bastante enigmático. De él sabremos bastantes cosas, pero el esbozo biográfico –que se explaya en diálogos inteligentes y gestos demostrativos– no es muy profundo que digamos. Por otra parte, Mank –y esto es asunto del guión– adolece de un conflicto suficientemente fuerte para que detone todo su potencial y para dar a la cinta la fuerza que anunciaba.

Mank ejemplifica acaso algo que no buscaba: el drama de una película reside en el guión, por supuesto, pero su fuerza, su corazón está en otras partes. Y con todo su oficio, aquí Fincher no alcanza la grandeza. El guión de Ciudadano Kane es excepcional, pero su magia está en el cine, como mostró el gran Orson.

Calificación 70%
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