¡Madre!: el riesgo de hablar de uno mismo y ¿para uno mismo?

¡Madre! (Mother!, 2017), la más reciente entrega del neoyorquino Darren Aronofsky (Pi, Réquiem por un sueño, El luchador, Cisne negro) es una película que desconcierta. Para empezar. Porque si consideramos los comentarios que se prodigan por aquí y por allá se puede concluir que genera más irritación que otra cosa. La explicación es evidente: es una película que sin ser oscura tampoco es transparente, que es ambiciosa y pretensiosa; que demanda del espectador algo más que armar una historia (que ofrece sus dificultades al omitir los asideros convencionales de la causalidad, por lo que el espectador puede experimentar cierto extravío) o anticipar qué va a pasar (porque uno se puede equivocar, como sucedió con el sujeto de la fila de atrás, que pretendiendo hacerse el listillo con su chica hizo pronósticos en voz alta toda la película; todos errados, por cierto).


A partir de un guión suyo Aronofsky construye una película que es muy suya. Para bien y para mal. Instala la acción en una casona rural habitada por un escritor (Javier Bardem) y su mujer (Jennifer Lawrence). Él, otrora exitoso, pasa por un bloqueo creativo mientras ella reconstruye la casa, que previamente fue consumida por el fuego. Un mal día se presenta un moribundo médico (Ed Harris) y el escritor le da hospedaje. Posteriormente llega la esposa de aquél (Michelle Pfeiffer). A la anfitriona contra su voluntad no le hace gracia; sólo quiere vivir con y para el escritor. Después las visitas se incrementan… y las contrariedades se multiplican.


Aronofsky propone un seguimiento obsesivo a la mujer del escritor. Abundan los planos a su cara, a sus ojos: su perspectiva se instala, y si comienza a esbozarse un tono intimista, tanta cercanía resulta asfixiante. Así es como se siente el espectador, que puede entender los reproches que luego el escritor hace a su pareja. La luz va de lo cálido a lo enfermizo y contribuye a generar nexos de acercamiento (o distanciamiento) con los personajes. En la ruta el cineasta echa mano de trucos baratos del terror (como la aparición sorpresiva de un personaje detrás de una puerta que se cierra) y presenta más de un desliz a la grandilocuencia. En todo momento parece que hay algo que no encaja (de ahí el rápido comentario del insoportable de la fila de atrás, que rápidamente diagnosticó esquizofrenia de forma equivocada) y la cinta coquetea con el absurdo. Mención aparte merece la banda sonora, que, atenta al detalle y con rasgos de exacerbación, subraya o matiza más de un pasaje; es reveladora en otros. Al final descubrimos algunas patologías patentes, pero más que la exploración de la mente nos acercamos a la reflexión sobre la creación.


Aronofsky plantea una relación conyugal de usanza ancestral: la mujer dedicada al hogar, consagrada a su marido, un dios doméstico. Ahí se cocina en primera instancia un distanciamiento en la pareja, que surge de la diferencia de intenciones en lo relativo a la vida en común. Mientras ella espera ser correspondida en su entrega a él, éste tiene otros planes y deja que la vida entre para producir su obra. En la ruta aparecen los síntomas de la insatisfacción crónica, ante la cual la vida conyugal no tiene antídoto eficiente. La reproducción ofrece un pretexto común, pero resulta fugaz y, además, no hay obra inmaculada: la creación utiliza la vida y consume a la musa, ese hogar funcional y renovable. El creador juega a dios y no tiene empacho en entregar a su hijo –emulando la parafernalia cristiana– para conseguir la adoración de sus lectores. Porque al final no importa tanto la obra (de hecho, en la cinta no sabemos nada de ella, salvo que la mujer toma consciencia de que será abandonada) como la reacción que provoca, y mientras más grande más provechosa para la vanidad del creador. El fanatismo, plantea Aronofsky, es la prueba de adoración suprema; al conseguirlo poco importa que el hogar sea arrasado precisamente por el fuego. Suena a una confesión, paradójicamente pretensiosa pero honesta, en primera persona. Ante el fracaso comercial al que parece destinada ¡Madre!, ¿cómo lidiar con la vanidad creadora?

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