CINESCOPÍA/José Javier Coz
Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, 2004) es la más famosa película del director de Originalmente pirata (Be Kind Rewind, 2008) y quizá una entre las diez mejores películas del primer cuarto del siglo XXI. Él se llama Michel Gondry. De las diez que ha dirigido, la que reseño es la segunda cuya historia, guion y dirección corrieron por cuenta de él después de La ciencia del sueño (La science des rêves, 2006). Como Spike Jonze, Gondry tuvo una carrera prolífica en la creación de videoclips musicales y luego saltó a la dirección de cine. Estos videoclips superan con mucho los estándares de su momento y los actuales. En otras palabras, son insuperables. De su filmografía destaco especialmente Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, también La ciencia del sueño y La espuma de los días (L’écume des jours, 2013).


Estamos en los noventa en Passaic, uno de esos pueblos que se los comió la ciudad de Nueva York y forman parte de los interminables suburbios que se extienden hacia el sur y a lo largo del estado de New Jersey. La insolvencia económica de sus habitantes permite a un videoclub con un repertorio raquítico de VHSs sobrevivir como antigualla, con precios bajos, en plena transición al DVD. El videoclub está en la planta baja de un pequeño viejo edificio y arriba vive el dueño, el señor Fletcher (Danny Glover), y su hijo adoptivo, Mike (Mos Def), intendente del negocio.


Jerry (Jack Black) es un chatarrero que quiere sabotear una planta eléctrica porque cree que es la causante de sus migrañas y que detrás de ello hay un complot del FBI y de toda esa conspiranoia post macartista de la National Home Security. En su primer intento se electrocuta. A la mañana siguiente visita a su amigo Mike en el videoclub y empieza a manosear los videos. No es hasta que la clientela regresa disgustada con las cintas en blanco que ambos reparan en el magnetismo que sufre Jerry y que borró los videos.


Entretanto, el señor Fletcher está en un viaje de actualización del negocio con miras a ampliarlo y cambiar a DVDs. Le dejó a la señora Falewicz (Mia Farrow) el encargo de darle sus vueltitas a Mike y vigilar que el muchacho esté haciendo bien las cosas.

Para recuperar a la ya cautiva clientela, Jerry y Mike, se dan a la tarea de rehacer las películas con equipo de aficionados, utilería doméstica y reparto vecinal. Reclutan a Alma (Melonie Diaz) como actriz que termina, como ellos, haciendo de todo, desde claquetera hasta directora. El resultado arroja cortometrajes caseros que parecen tareas escolares pero que gustarán a los espectadores locales porque salen en ellas ya sea de protagonistas, de reparto o de extras y en locaciones que reconocen: las calles, los edificios y las casas de su barrio.

Paralelamente se desarrolla la historia del edificio, otra antigualla de la que una inmobiliaria se quiere adueñar. El señor Fletcher, quien cuidó de Mike desde niño, le refería la vida del pianista neoyorquino Fats Waller (Thomas Wright Waller, 1904-1943). Le contó que Waller había nacido en ese edificio, cosa que le confiere un valor patrimonial histórico al inmueble. Con el tiempo, el mito, más que leyenda, se divulga por todo el barrio y ya es muy tarde para desmentirlo. El señor Fletcher recibe una tercera llamada del ayuntamiento, con una inmobiliaria detrás presionando, en la que amenazan con el desahucio del edificio y su demolición si no le invierte en apuntalarlo, reforzarlo y darle su manita de gato. La inmobiliaria arguye que está interesada en “mejorar la calidad de vida de los habitantes de Passaic”, una forma eufemística de gentrificar un barrio, esto es, derribar o remodelar vieja vivienda por una nueva y lujosa, subir la plusvalía, encarecer la zona, atraer a gente pudiente y desplazar a los habitantes originales. Por otra parte, el FBI amenaza con cárcel a Jerry y a Mike por violar los derechos de autor al hacer remakes de varios largometrajes sin los debidos trámites de permisos. El espíritu comunitario del barrio se une a la causa de salvarlos filmando una biografía del pianista Fats Waller.


La historia tiene varios protagonistas. Uno pensaría que Jerry roba cámara con ese humor menos verbal que de gags, lo cual se agradece por romper con la solemnidad del cine de culto dentro del cual se quiere encasillar a Michel Gondry y al mismísimo cine de autor. Para los que esperaban una actuación no cómica de Black, como Jim Carrey en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, no se dejen sorprender. Pero los personajes de Mike y el señor Fletcher son aún más entrañables que Jerry. Mike es ese amigo dispar. No le corre la prisa, como si le circulara atole por las venas. La amistad de Jerry y Mike es aquella que nace de haber crecido juntos en el mismo vecindario jugando en la calle. El señor Fletcher aspira a disciplinarse con Mike y a actualizarse con el negocio, pero es demasiado permisivo y le falta la agresividad del empresario. Y Alma es una chica alegre que se sintoniza rápidamente con Mike y Jerry al emprender la aventura de los remakes.

Gondry rinde un homenaje muy juguetón al cine, al jazz, al fotomontaje, al collage, en un contexto de crisis de los videoclubs durante la transición del VHS al DVD. Cito varias películas que se sitúan en una crisis de transición: Cantando bajo la lluvia (Singing in the Rain, 1952) que retrata la crisis de los artistas durante la transición del cine mudo al cine sonoro; Los duelistas (The Duelists, 1977) se ubica en el paso del duelo público a espada al duelo clandestino con revólver; Juegos de placer (Boogie Nights, 1997) que se centra en la crisis de los actores porno cuando se pasa de filmar en celuloide de 35 mm a video.
Resulta muy obvio y cómodo encasillar a Gondry de retro y ecléctico. O de artista pop. Gondry pone el arte fantástico al servicio de la ficción psicológica. Originalmente pirata no es precisamente un tributo al cine de autor ni al cine “de arte” (lo que eso signifique) o al cine “independiente” (dejo a la libre interpretación del lector las desdeñosas comillas) y queda claro con las recreaciones –no sabemos si paródicas– de Los cazafantasmas (The Ghostbusters, 1984), Una pareja explosiva (Rush Hour 2, 2001), King Kong (2001), El chofer y la señora Daisy (Driving Miss Daisy, 1989), El rey león (The Lion King, 1994) y Hombres de negro (Men in Black, 1997), entre otras.

Gondry retoma la muerte consumada por las CGI (imágenes generadas por computadora, por sus siglas en inglés) de los efectos especiales artesanales durante los remakes de las películas que se borraron. Y sin la más mínima intención de engañar al espectador. Esto hace que Originalmente pirata no sólo sea una comedia cálida de inocencia pura sino un despliegue de tributos y referencias a varias artes plásticas y gráficas. En las recreaciones, Gondry interpreta a las películas al hacer una revisión personal a algunas de sus secuencias emblemáticas. Los efectos especiales artesanales son un desafío a la plástica creativa de cineastas y diseñadores, pasando por fotógrafos y pintores. Más que poner de manifiesto una estética pop como muchos críticos afirman, Gondry trata de mostrar lo vivo que puede estar el maquinismo de Francis Picabia o los collages surrealistas de Max Ernst, por tan sólo mencionar algunos ejemplos entre tantos movimientos artísticos que convoca en una sola película. Para Gondry todo es material para una filmación.


Las antiguallas, las películas que cita, los efectos especiales artesanales, son más que una manifestación de nostalgia. Originalmente pirata nos entrega un mensaje poderoso y profundo sobre nuestra relación con el pasado. La sobrevivencia de VHSs en pleno auge de los DVDs y del viejo edificio en el curso de la gentrificación de Passaic no son lo único que simboliza este mensaje, también la gente que –legítimamente– no quiere o le cuesta adaptarse al vertiginoso cambio tecnológico y que se resiste en general a los cambios que, mirando hacia atrás, saben que auguran una mejoría ilusoria que poco tiene que ver con la calidad de vida y de las relaciones entre las personas.
Acertadamente se tradujo en México como Originalmente pirata: Michel Gondry hace una crítica a la industria del cine con relación al asunto de los derechos del distribuidor y de los productores y que la publicidad contra la piratería quiere hacernos creer que se tratan de derechos de autor. A esta supuesta política en defensa de los autores cabe revisar la teoría del autor (auteur) de la Nouvelle Vague. ¿Quién es el autor de una película?, ¿el director?, ¿el que idea la historia?, ¿el guionista?, ¡¿los actores?! La ley llega a tal rigidez que no permite siquiera la recreación de algunas de sus partes sin solicitar y pagar los debidos permisos de propiedad intelectual. Vale decir, no se permite citar ni reinterpretar con todo y que ahora se habla de intertextualidad (otro eufemismo que no resignifica a la cita). Cada plano, cada escena, cada secuencia, parecen estar patentados. Gondry hace la crítica desde lo que tuvo que vivir en carne propia al rodar Originalmente pirata: solicitar permisos para cada cortometraje que el triduo Jerry, Mike y Alma hacen.
Gondry está a medio camino entre la improvisación y el contar una historia sencilla, convencional, gratificante y con ciertas concesiones al espectador donde –por qué no– hay hasta lugar para la sensiblería gringa. Esto es algo que ha irritado a los críticos que esperaban de Gondry otro argumento laberíntico (de eso se encargó Charlie Kaufman), y del que, por el contrario, se aleja cada vez con más desenfado de un Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, mérito más de Kaufmann que de Gondry, aunque debemos reconocer que éste fue coguionista, y también de la que le sigue, La ciencia del sueño que en realidad debería haberse titulado La ciencia de los sueños.

El título Be Kind Rewind (“sé amable y rebobina”) no sólo es la leyenda que rezaba en los VHS para evitar la multa a los usuarios que no rebobinaban las cintas. Sugiere que, siendo su película que más se apega a una narración tradicional y lineal, es también en la que Gondry regresa sobre sus pasos a lo lúdico y creativo de sus pensados y trabajados videoclips de los 90.
Con La ciencia del sueño y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, sabemos que Gondry puede continuar por la veta de la psicofantasía (he acuñado el término psy-fi para este tipo de pelis) donde la imaginación y los sueños parecerían un mero pretexto para explayar efectos especiales, pero él quiere seguir contando historias.
En la escena final, Gondry parece hacer un homenaje a Cinema Paradiso (Nuovo Cinema Paradiso, 1988). Para los que estamos convencidos de la superioridad de Splendor (1989) de Ettore Scola, injustamente olvidada a la sombra de Cinema Paradiso, la recrea y la mejora.





