La pasión según Charlie Kaufman: El ladrón de orquídeas (2002)

CINESCOPÍA/José Javier Coz

El ladrón de orquídeas (Adaptation, 2002) es la segunda y, desafortunadamente, la última colaboración del director Spike Jonze con el guionista Charlie Kaufman. Esta mancuerna y la de Kaufman con Michel Gondry en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, 2004) me generaron la ilusión de un posible vínculo indisociable entre el cine de arte y el cine comercial. En 2007, cuando Kaufman terminó el guion de Nueva York en escena (Synecdoche, New York, 2008), acudió primero a Jonze para que la dirigiera. Jonze le dijo que no entendía nada del guion. Luego buscó a Gondry y éste le respondió que le sería muy engorroso llevarlo a la pantalla. Acudió a ambos no sólo porque ya había trabajado con ellos sino por sus carreras sólidas durante los noventa en la dirección de videoclips musicales que narrativa y conceptualmente se cuecen aparte en tanto creatividad e innovación. Ciertamente, Jonze o Gondry le hubieran imprimido un contrapeso rítmico, festivo y lúdico al excedente de melancolía que caracteriza a las historias intricadas y los personajes apesadumbrados de Kaufman.

En El ladrón de orquídeas se narran dos historias de manera alternada. De ahora en adelante me referiré a Charlie Kaufman real como Kaufman y al personaje como Charlie. En la primera, Charlie (Nicolas Cage) es un guionista intentando adaptar el libro El ladrón de orquídeas (The Orchid Thief, 1998). Al inicio, merodea en los estudios cinematográficos durante un receso de la filmación de ¿Quieres ser John Malkovich? (Being John Malkovich, 1999), debut y primer trabajo en conjunto de Kaufman y Jonze. Charlie es Kaufman tímidamente intentando saludar al reparto y también es Charlie buscando algún agente que apueste por su guion. En la segunda historia, tres años antes, la periodista Susan Orlean (Meryl Streep) está escribiendo una crónica-ensayo que pretende novelar, titulada El ladrón de orquídeas, basado en eventos reales y actuales. Conoce y entrevista varias veces al protagonista de los hechos, un cultivador de orquídeas de nombre John Laroche (Chris Cooper), quien se sirvió de tres indígenas seminolas para saquear especímenes de la orquídea fantasma (Polyrrhiza lindenii) en los pantanos de sus reservas territoriales. Laroche está siendo procesado y ha suscitado una controversia jurídica, producto de las lagunas legales que permitieron burlar este caso de derecho consuetudinario en torno a las usanzas y las costumbres de pueblos indígenas.

Charlie se cita con su agente Valerie (Tilda Swinton) y le dice que va un poco atrasado con el guion. En realidad, no lleva nada hecho. Valerie le sugiere que en la película Susan y Laroche podrían enamorarse. Charlie le contesta que no quiere hacer “una cosa de Hollywood llena de sexo o tiroteos o persecuciones o personajes superando obstáculos y triunfar al final”. Charlie quiere (o pretende) ser honesto, no falsear a la autora. Se propone que en la historia no suceda nada extraordinario, sino que trate ¿por qué no? sólo de flores. Quiere algo sin clichés, en suma, sin atractivos taquilleros, libre de complacencias a un público masivo y pasivo –valga la rima –, y a productores ávidos de un millonario box office.

A la mitad de la película, después de un intento fallido de inicio con la detención de Laroche, se siguen otros bloqueos propios del síndrome de la página en blanco. Por fin a Charlie lo visitan las musas. Para no perder la cascada de ideas y el hilo que las enlazará, toma una grabadora y empieza a registrar el inicio de su guion que, para sorpresa nuestra, es el inicio del guion de la película que estamos viendo, como si en ese momento se asomara la cabeza de una sierpe, abriera sus fauces y se mordiera a sí misma por la cola. Ambos guiones arribarán pronto a la encrucijada en la que nuestro protagonista alcanza al guion de la película que vemos y las dos historias corren de manera yuxtapuesta y simultánea. Algo nos hace pensar que ya no es Charlie quien le pisa los talones a Kaufman sino al revés.

El ladrón de orquídeas abunda en autorreferencias. Ya mencionamos un guion que se autocontiene. La que más consecuencias provocará es que el personaje guionista Charlie Kaufman sea Charlie Kaufman, el guionista de la película. El libro de Susan Orlean (1955- ) no contiene una trama. Charlie es severamente autoexigente en su empeño de ser fiel al libro. Ambas cosas constituyeron obstáculos autobiográficos que tuvo que sortear Kaufman. Ciertos rasgos psicológicos del personaje corresponden –suponemos (cfr. su filmografía)– en cierta medida a la personalidad de Kaufman.

Charlie goza de prestigio en el gremio de guionistas. Sin embargo, es inseguro y paranoide, de una exacerbada vigilancia sobre sí mismo (me parece más precisa la expresión inglesa self-awareness), y su autoestima llega tan abajo que se considera viejo, feo, gordo y patético. Esto le dificulta relacionarse con los demás, en especial con las mujeres. Siente una fuerte necesidad de afecto y contacto femenino, pero es de esos enamoradizos nerviosos que se paralizan antes de abalanzarse por el primer beso o a hacer una declaración de amor.

Su hermano gemelo Donald (también actuado por Nicolas Cage) es un alter ego extrovertido, bonachón, superficial. Quiere también escribir guiones y empieza uno que continuamente le participa a Charlie de sus premisas, los bosquejos que lleva hechos, algunos cambios y avances. Dicho guion está en las antípodas de la concepción del cine que abraza Charlie. Le repugna su pragmatismo, su trivialidad y los clichés. La historia versa sobre un policía a la busca de un asesino serial que mata y destaza a sus víctimas. Le da muchas vueltas y le consulta a Charlie. En son de broma, Charlie le dice que el asesino es un profesor de literatura que corta pequeños trozos de sus víctimas hasta que mueren. Se autodenomina “El Deconstruccionista”. Donald le pide tomar prestada la idea. Al paso de los días, Donald le comparte un perfil del asesino ligeramente modificado: ahora el asesino corta trozos de los cuerpos de sus víctimas y hace que se los coman, pero el policía, el asesino y las víctimas son una y la misma persona que padece un trastorno de identidad disociativa. El asesino se asesina a sí mismo mediante autofagia. La película se titulará Los 3 (The 3). Esta suerte de Trinidad parece revelarle a Charlie que se trata de un uróboro (la serpiente que se come su propia cola). Dice que él mismo se considera uno, indulgente consigo mismo, narcisista, solipsista, y concluye que la única cosa para la que está cualificado es escribir sobre sí mismo.

Ahora bien, no son pocos los literatos y cineastas que acogen esta máxima categórica que postula la imposibilidad de escribir algo que no sea sobre uno mismo, bajo el supuesto de que siempre asomará nuestro Yo. Esta concepción de la creación puede explicar al arte, pero no a la ciencia, por ejemplo. Y el arte no perdería artisticidad si lo falseamos y lo hacemos pretensioso. ¿Acaso nos está vedado imaginar que trasmutamos nuestro Yo en uno falso y que hace algo que no refleje nada de uno mismo? ¿Dónde queda la posibilidad de un desplazamiento consciente? Si no podemos matar ¿por qué no explotar nuestro capital simbólico o diabólico? Pues bien, Kaufman invita al espectador a presenciar un intento de esta posibilidad.

Charlie se encuentra trabado en un callejón sin salida. Donald le reitera que asista al seminario que imparte el asesor de guion Robert McKee (Brian Cox). Finalmente, Charlie accede. Al término del seminario consigue hablar con McKee para pedirle ayuda. McKee le aconseja tres cosas: concentrarse en el final, sus personajes deben cambiar, cambio que debe venir de ellos mismos, y ¡ojo! que no haga trampa introduciendo un deus ex machina.

En este punto, Kaufman nos ofrece otra epifanía: su guion cambia porque Charlie ha cambiado, primero bajo el influjo de Valerie, luego del de su hermano, y, finalmente, del de McKee. Un lugar común dice que es de sabios cambiar. Otro que por algo existen los lugares comunes. Y es que los estereotipos y las fórmulas narrativas fungen como referentes a los cuales asirnos y a partir de dónde apuntalarnos para iniciar historias. La novedad y la originalidad son las dos grandes supersticiones de nuestro tiempo, diría Borges. McKee le propone a Charlie que siga ciertas reglas estructurantes. La consigna de hacer algo nuevo y original, de romper con lo ya hecho, con la tradición, ha engendrado otra tradición: la tradición de la ruptura. Antes, Donald había asistido al seminario y le citó a Charlie una frase de McKee: “Todos escribimos dentro de un género y debemos encontrar nuestra originalidad dentro de ese género”. En otras palabras, McKee sostiene que para romper con los cánones no hay otro camino que conocerlos, y para conocerlos se deben poner en práctica. Charlie pretende ser original, hacer algo nuevo, pero ¿sobre qué base?

Charlie cede e introduce en la trama justamente aqeullo de lo que tanto renegó. Es así como la historia de Charlie toma un primer vuelco y adquiere tintes criminales. Ahora él y su hermano empiezan a vigilar y a seguir a Susan, descubren que ella lleva un amorío con Laroche, que su nido de amor es el invernadero y laboratorio en el que cultiva la orquídea fantasma para extraerle una droga que ambos consumen. Descubren a Charlie fisgoneando, lo retienen y Susan decide que hay que asesinarlo para que no revele lo que presenció y manche su reputación. Susan y Laroche se han convertido en asesinos y hasta la prodigiosa orquídea fantasma cambia, ahora es una droga. Con el género de crimen, las historias detectivescas y el thriller policial, los escritores pudieron innovar la narrativa con artificios como el suspenso y jugar con la expectativa del lector o del espectador, sea para sorprenderlos o adelantarles el desenlace. Sabemos que los giros inesperados y el suspenso pierden eficacia cuando se desgastan demasiado. La narración es susceptible de tornarse predecible. En El ladrón de orquídeas al menos imaginamos que algo terminará mal. Y para no dejar fuera una de las principales convenciones del género de acción, Kaufman incluye dos escenas resueltamente violentas: el accidente en que Donald sale disparado estrellando el parabrisas y cuando un cocodrilo ataca a John y lo revuelca ferozmente a muerte.

Que la película no sea fiel al libro no responde tanto a que no hile una trama sino a las licencias que legítimamente pueden tomarse los guionistas y los directores de cine cuando trasladan algo que fue hecho para leerse a un lenguaje audiovisual. No se habla de versiones cinematográficas fielmente basadas en obras escritas sino libremente inspiradas. Una adaptación no es una transliteración.

El título original Adaptation juega con la idea de la adaptación de un libro a una película y la del concepto evolutivo. En esta última hay un malentendido de Kaufman acerca de Charles Darwin (1809-1882), de quien cita El origen de las especies (1859). Darwin era un anti-adaptacionista. Para los entendidos en la materia, Darwin rebatió y reformuló la teoría de la evolución de Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829). Para el lego, pongo un ejemplo sencillo. Lamarck sostuvo que la jirafa tiene el cuello largo debido al esfuerzo heredado de generaciones de jirafas en alcanzar las hojitas de las acacias. Sobrevivieron porque se “adaptaron” a la altura en que se encuentra su alimento. Darwin, en cambio, dijo que las de cuello largo tienen mayores posibilidades de llegar a la edad reproductiva que las de cuello menos largo. Las condiciones de su alimento “seleccionaron” a las de cuello largo. Claro está que las orquídeas son de esos organismos que ponen a dudar hasta al más escéptico cientificista. Cualquier teoría evolutiva resulta poco convincente cuando observamos cómo las orquídeas mimetizan la fisonomía de sus polinizadores, los colores y ¡el olor de sus hormonas!

Las insalvables diferencias de personalidad entre Charlie y Donald reflejan un conflicto interno que Kaufman no sólo pudo dramatizar con su gemelo doppelgänger, sino reflejarlo en la interacción de Susan con Laroche. Ella goza de estabilidad conyugal y laboral, y vislumbra la posibilidad de ser feliz cuando se detiene en la pasión y el desapego de Laroche, cuyo enigma y atractivo la rebasan. Pero también le resulta tóxico estar con alguien tan vivo. Admite que no tiene una pasión. Luego se consuela con adoptar una sola: la de llegar a conocer qué se siente ocuparse de algo apasionadamente, cualquier cosa, por insignificante que parezca. Después de tratar mucho a Laroche llega a esta reflexión:

“Estaba empezando a creer que la razón de consagrarse apasionadamente sobre sólo una cosa es que reduce el mundo a un tamaño más manejable.” Tenemos aquí otra vez la sinécdoque a –el contenido del todo en una de sus partes– , una de las constantes obsesiones de Kaufman.

Durante una de sus fantasías onanistas, Charlie le dice a Susan: “No sé cómo hacer esto [la adaptación]. Temo que te decepcionaré. Has escrito un libro hermoso”. Ajena a lo que McKee y Donald le aconsejaron, ella le contesta: “Shhh. Empequeñécelo. Enfócate en una cosa en la historia, encuentra lo que te apasiona y escribe sobre ello”.

La pasión y el amor están fuertemente vinculados en esta película. Son indistinguibles cuando afirmamos que el cine nos apasiona o que amamos el cine.

Aquí me detengo no sin antes abordar la tercera y última epifanía de Charlie. A punta de pistola, Susan hace que Charlie conduzca su coche hacia el pantano. Donald va escondido en el asiento de atrás. Laroche los escolta en su camioneta. Llegan, Susan se baja y Donald abre la puerta trasera de una patada, la tumba, se escapan y se internan en el pantano. Armados, Susan y Laroche van por ellos. Charlie y Donald logran mantenerse escondidos toda la noche. Antes de que el sueño los venza, Charlie rememora un episodio de su adolescencia en el que Donald estaba muy enamorado de una chica. Después de que Donald se había despedido, ella habló mal de él con sus compañeros. Charlie escuchó y sintió como si hubieran hablado mal de él mismo. Donald le dice que sí escuchó la conversación. Charlie le pregunta si se había sentido mal. Donald le contesta que ese era un problema de ella, él la amó, ese amor le pertenecía, ella no tenía el derecho de quitarle ese amor, él puede amar a quien quiera: “eres lo que amas, no quien te ama”. Charlie llora.

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