Había una vez en Hollywood: reciclaje sin gloria

Verdad de Perogrullo: Quentin Tarantino es uno de los cineastas que mejor maneja la técnica cinematográfica. Su filmografía deja ver una habilidad extraordinaria para registrar con rigor más de un género. Asimismo, ha mostrado solvencia para construir situaciones de mucha tensión y pasajes que sacuden incluso al espectador más escéptico; su capacidad para los diálogos es memorable por su musicalidad (no es raro que en ocasiones algunos sean incluidos en el soundtrack). Pero…

Tarantino es poco ambicioso y los riesgos que asume son diminutos. Sus películas son entretenidas, a menudo divertidas, pero resultan banales, insustanciales. Me gustaron y pasé buenos momentos viendo sus dos primeras películas: Perros de reserva (Reservoir Dogs, 1992) y, aún más, Tiempos violentos (Pulp Fiction, 1994). No puedo decir lo mismo al volver a velas, pues en la revisión, al conocer lo anecdótico –en donde al parecer se agota la ambición del norteamericano–, han perdido el chiste. No me parece que en Tarantino haya un autor (un director portador de un discurso, de una forma de concebir el mundo y el cine). De sus películas no espero grandes revelaciones ni profusas reflexiones: son, para mí, domingueras (no me gusta este apelativo, pero es una forma expedita y elocuente de catalogación). Tarantino se justifica de alguna manera con sus títulos: en Pulp Fiction ya está la pulpa, lo chafa; en su más reciente entrega emula al cuento de hadas. De hecho, suelo utilizar los títulos aludidos para precisar que hay películas que pueden gustarnos sin ser buenas (como las del realizador de marras) y películas que no nos gustan y pueden ser obras maestras: el gusto no debería determinar la evaluación, si bien todos queremos creer que lo que nos gusta es bueno. En todo caso, la calidad de una película depende en buena medida del desarrollo de los temas que aborda, de la profundidad del acercamiento, de las iluminaciones que intenta, de los riesgos que asume: eso que llaman sustancia y que suele ser un ingrediente fundamental del arte. Y Tarantino vive en una zona de confort insustancial, en permanentes vacaciones, para traer a cuento al gran Jarmusch, que ha hecho más de un reproche a Tarantino.

Tarantino hace cine sobre el cine y no sobre la realidad. Lo suyo es la fantasía, la evasión (¿la mentira?). Esto, por sí mismo, no tendría que representar ningún problema, ni generar mayores reproches, ni ser determinante para la evaluación. A menos que no se saque mayor provecho de ello. Pero los “peros” inician al tratar de sacar en claro la sustancia, de separar la semilla de la paja (sí, también en el sentido onanista). Porque si hemos visto reflexiones maravillosas sobre el cine, como El estado de las cosas (Der Stand der Dinge, 1982) de Wim Wenders o La noche americana (La nuit américaine, 1973) de François Truffaut (Godard se cuece aparte: muy, muy lejos del norteamericano), lo de Tarantino es puro divertimento a propósito de tal o cual género de tal o cual tradición. Lo de Tarantino es la reproducción: se contenta con la emulación, con la exhibición de aristas grotescas o hilarantes de tradiciones cinematográficas serias (como el western o el cine de artes marciales, que también tuvieron sus deslices humorísticos). Así, las películas de Tarantino no se ven, se vuelven a ver. Uno se ríe, en el mejor de los casos, y a su casa.

En Había una vez en Hollywood (Once Upon a Time in… Hollywood, 2019) el dispositivo Tarantino está intacto, no muy aumentado y aún menos corregido; es decir, se parece a todas las películas anteriores de su filmografía. Porque su obra es la constatación de aquello que dicen algunos realizadores: que un cineasta se pasa toda la vida haciendo la misma película. Con Tarantino, es literal: la emulación comienza en su propia obra; lleva más de 25 años repitiendo la misma película. Aquí las reproducciones siguen con las producciones audiovisuales que Hollywood generaba a finales de los años sesenta del siglo XX, en particular las que tenían como destino a la televisión. Tarantino regresa a una de las épocas de vacas flacas de Hollywood: por esos años la pantalla chica había ocupado los terrenos por antonomasia de la pantalla grande (para cambiar este paisaje pobretón y devolver al cine sus viejos esplendores se unieron los esfuerzos de algunos de los grandes realizadores de los años setenta: Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Brian De Palma, Steven Spielberg y George Lucas). Tarantino acompaña a Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), un actor alcohólico e inseguro que ve cómo se está convirtiendo en un cliché viviente, y a Cliff Booth (Brad Pitt), quien cubre las funciones de stunt frente a la cámara y de sirviente en la vida cotidiana. La historia acompaña a este par en su divagar a lo largo de algunos días, por los sets de Hollywood y luego de Roma. Con ellos no pasa gran cosa, pero son vecinos de Roman Polanski y Sharon Tate. Y llegamos al 9 de agosto de 1969.

El resultado de Había una vez en Hollywood, para variar, no es entretenido ni divertido. La cinta tarda más de una hora en arrancar (si es que puede hablarse en algún momento de un arranque) y las situaciones propuestas son pura demostración, por lo general con escasa gracia. El ritmo, que no es lento, tiende a ser tedioso. Ni siquiera la abundancia de músicas (que buscan establecer el tono y el ritmo, provocar emoción), práctica habitual para un debutante, ayuda a aligerar la ruta. Al final las casi tres horas de duración me resultaron entre pesadas e indigestas. Es la primera vez que no me gusta ni me divierte una película de Tarantino: la experiencia fue bastante irritante.

 

*Posibles spoilers*

Hay un pavor entre los productores, distribuidores y exhibidores por las revelaciones de la trama (como sucedió con las más recientes entregas de Avengers y de Spider-Man). Se entiende: fuera de la anécdota no se ofrece gran cosa en pantalla. No obstante, me parece ridículo intentar hacer una reseña (no hablemos de una crítica) sobre cualquier película sin hablar de lo que está hecha la película. De ahí que, sin hacer grandes revelaciones, en las líneas que siguen voy a hacer alusión a pasajes puntuales. Dicho lo cual, sigue bajo tu propio riesgo.

Tarantino se remite a Hollywood, pero creo que le falta humildad para hacer algún homenaje: lo suyo, reitero, es el reciclaje, la emulación y apropiación con toques humorísticos de ciertos estilos o géneros. Pero no “se quita el sombrero” ni obtiene de ellos aportes significativos para su película. (Recordemos el aporte dramático de un célebre homenaje, el que en Los intocables hace De Palma –un cineasta que acostumbra hacerlos con provecho– al Acorazado Potemkin de Eisenstein.) Si acaso, insisto, extrae algunas dosis de humor (de ellos y no con ellos); rara vez algo más. En esta ocasión se pasea por géneros y prácticas característicos de finales de los años sesenta (acción, cine bélico, un western en franca decadencia, pero también comedias… de acción). Todo ello reproducido con la pátina y el rigor que caracterizan a Tarantino, quien tuvo en el cinefotógrafo Robert Richardson un colaborador fundamental, como sucedió en los Kill Bill y en Bastardos sin gloria. La factura de la cinta, con película y no digital, recoge una buena parte de la historia del cine (negativos de 8, 16 y 35 mm., impresiones en 35 y 70 mm.; formatos de 1.35:1, 1.85:1 y 2.39:1; blanco y negro y color). Ver la cinta como un muestrario histórico es una opción.

El pasaje por el Rancho Spahn, que se usó como locación y luego albergó a la familia Manson, es de lo mejor de la película. Bajo las prerrogativas del western crece la tensión y hay quien ve ahí un comentario sobre Hollywood ocupado por irreflexivos jóvenes fanáticos.

El final –que recuerda el inicio de La vida de Brian (Life of Brian, 1979), en el que los Reyes magos se equivocan de pesebre y en lugar de ir al de Jesús van al de Brian– sigue la ruta de cambiar la historia, como sucedió en Bastardos sin gloria. En todo caso, y aun sabiendo que lo de Tarantino es pura fantasía, difícilmente digiero que se ponga a hacer chistes (por medio de un personaje drogado) antes de la habitual masacre tarantinesca. Del final se puede hacer más de una interpretación. Para mí, más que en la fantasía o la especulación cae en la mentira: ¿Hollywood como “corrector” de la historia falseando la historia? ¿Hollywood como una fábrica de mentiras? Sea, pero se necesita más que un chistecito sanguinolento para dejar constancia de esta voluntad. Si hay un ánimo crítico está bastante oculto: Tarantino no busca maltratar al cine ni a su espectador, ni siquiera con un profuso reguero de sangre.

Percibo que hay dos targets claros: los que tienen algún conocimiento del cine y su historia, que encontrarán harto material para el reconocimiento (aquí pueden verse algunos de los referentes cinematográficos, personales y espaciales: https://ew.com/movies/2019/07/26/once-upon-a-time-in-hollywood-pop-culture-references/) y los habituales fanáticos que rinden culto a Tarantino.

A Hollywood le gusta verse el ombligo y ponerse eufórico, por lo que no sería nada extraño que hubiera numerosas nominaciones al frívolo Óscar.

Calificación 60%
2 Comentarios
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    • Hugo Hernández Valdivia

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