Futbol: épico en palabras, ¿nulo en imágenes en movimiento?

En más de una ocasión he escuchado algo parecido a una apasionada declaración de amor al futbol. Por lo general la hacen personas que hablan en la TV (que no son reporteros, ni periodistas, son eso: gente que habla) y que al borde del llanto ensalzan las maravillas del deporte de las patadas. Hacen extensivo a ese deporte un elogio que difícilmente se sostiene más allá del partido que provocó tanto frenesí y de la simpatía que seguramente el apasionado hablador profesa al equipo ganador; no me ha tocado escuchar panegíricos enardecidos cuando pierde el equipo al que “le va” el hablador, y sí me ha tocado escuchar muchas veces, calificar como “malo” el partido que pierde un equipo rayado (de Guadalajara, hay que precisar, pues hay como diez en cada liga del mundo). Con una mirada más amplia es fácil constatar que el futbol como espectáculo es más bien nulo: cada día se juegan centenas o miles de partidos en ligas profesionales y muy rara vez, pero muy rara vez, se consignan juegos “buenos” (a mí el futbol me resulta insufrible a los cinco minutos; hace muchos años que no veo un partido completo ni por insomnio). De ahí que no exista prácticamente ninguna gran película que lo tenga como objeto o sujeto (alguna hay, que lo tiene como pretexto). Es más, ni siquiera hay películas medianamente buenas en este terreno (de juego).

De las películas que he visto, tengo en mente una gran película: Buscando a Eric (Looking for Eric, 2009) de Ken Loach. En ésta, uno de los personajes principales es Eric Cantona y, justo es precisar, que lo más memorable de la película sucede fuera de la cancha. Loach y su guionista, Paul Laverty, aprovechan la reputación de Cantona para imbuir a la cinta de esa energía políticamente incorrecta que caracteriza al genial exfutbolista francés. También tengo presente una película malísima: Gol 2: viviendo el sueño (Goal II: Living the Dream, 2007) de Jaume Collet-Serra, en la que el antipático personaje principal juega para un odioso equipo madrileño (en algo empatan Madrid y Barcelona: sus equipos son singularmente odiosos). Recuerdo en especial el pobre registro de la acción en la cancha, y eso que se multiplican los ángulos, los acercamientos y las velocidades.

Entonces cabe preguntarse por qué hay tantos libros de autores respetables o medianamente respetables que cantan elogios desmedidos al futbol. El uruguayo Eduardo Galeano tiene dos en su haber; el mexicano Juan Villoro, cuatro. Justo es comentar que en estos casos (como, me imagino, sucede con todos los escritores que dedican su tiempo a escribir sobre futbol) es ostensible la pasión que el escritor imprime a su materia por sus dotes literarias. Desde la palabra se puede amplificar y potenciar lo que la imagen fílmica no da. (Pedro Mago Septién se ganó su apodo narrando partidos épicos de beisbol sin verlos; la emoción estaba en su crónica, en las palabras de su crónica, y no necesariamente en el diamante.) Justo es también precisar que los escritos sobre futbol se remiten a momentos excepcionales, no a su cotidianidad. No es lo mismo una final de un mundial que un juego de la jornada dos de la chafísima liga mexicana; no es lo mismo un partido de eliminación directa que un partido más de una temporada de 38 partidos. (Los panegíricos que mencionaba al inicio ocurren justamente después de una final o de un juego de eliminación directa.) Recuerdo que cuando seguía la prensa deportiva llegaba a contar dos o tres “juegazos” en un año (y habrá que descifrar a qué se refiere el que califica así un juego: una cosa es que él se emocione y otra que haya elementos observables para sostener la calificación); ahora, cuando leo encabezados caigo en la cuenta de que en una buena cantidad de partidos de futbol lo único importante parece ser el arbitraje (¿el juego en sí resulta intrascendente?). En las crónicas literarias también caben situaciones excepcionales que vivió alguna comunidad por un partido; incluso alguna guerra. En estos casos el futbol cobra relevancia como fenómeno sociológico, no como actividad deportiva. Así que es sensato precisar: la emoción no está en el deporte, sino en la circunstancia.

Con el futbol y el cine acaso habrá que hacer lo mismo que Charlie Kaufman personaje y guionista hacen en El ladrón de orquídeas (Adaptation, 2002) de Spike Jonze. Recordemos que en esta cinta Kaufman termina por sujetarse a las convenciones narrativas del cine y “meter” en ese molde el libro que le sirve de base para poder convertirlo en un guion cinematográfico. Es decir, despojar al futbol de su gris esencia y convertirlo en otra cosa, en materia cinematográfica. Ya que cada vez es más socorrida, habría que preguntarle a una aplicación de inteligencia artificial qué sugiere: si los guionistas ya la usan habitualmente, a la mejor les sugiere ideas que funcionan en películas de otros géneros o de otros deportes. Con suerte, así, en el futuro podríamos ver en la pantalla escenas susceptibles de despertar alguna emoción.

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