Flash: la épica cómica vuelve a atacar… con poca fortuna

El cine de súper héroes tuvo un resurgimiento prometedor en los albores del nuevo siglo. Llegaron a la pantalla grande personajes que nacieron en la imaginación de Stan Lee y que habían habitado con fortuna numerosas sagas de historietas de Marvel Comics: X-Men (2000) de Bryan Singer, El hombre araña (Spider-Man, 2002) de Sam Raimi y Hulk (2003) de Ang Lee. Al valor audiovisual de las tres, que fue provechoso para llamar la atención del público joven, se suma la apuesta temática que caracteriza las obras del buen Stan: en la primera se invita a la aceptación de la diferencia; en la segunda se ventilan los dilemas vitales que se encaran en el paso a la vida adulta; en la última se iluminan los conflictos que supone pretender renunciar a la herencia paterna. DC Comics, la editorial rival, no se quedó atrás e inauguró la saga más grandiosa de Batman en 2005 con Batman Begins de Christopher Nolan. Mediante sus notables virtudes formales, la trilogía que concretó el realizador británico –que concluyó en 2012 con El caballero de la noche asciende– hace una amplia y profunda exploración del miedo. 

Esta década concluyó con secuelas más o menos afortunadas o algún spin-off (extensión de una franquicia) atendible. El éxito en taquilla, no obstante, se tradujo en la multiplicación de títulos… y en el detrimento de la calidad y la ambición. Comenzaron a aparecer franquicias de las franquicias y a inaugurarse “universos”, con lo cual en los últimos tiempos se estrenan entre una y tres entregas de súpers cada año. Asimismo, y producto del éxito de las dosis de humor que habitaban las propuestas arriba mencionadas, se hizo cada vez más patente un patético fenómeno: la gesta heroica fue cediendo terreno ante la comedia, por lo que actualmente cabría hablar de un género híbrido, la épica cómica. En ella los héroes han de protagonizar hazañas nobles y extraordinarias mientras se involucran en gags (chistes) físicos o verbales, por lo que son al mismo tiempo héroes y bufones, a veces más lo segundo que lo primero.  

Actualmente, como ha sostenido Martin Scorsese, las películas que surgen de estos cómics están más cerca del parque temático que del cine. Es decir, son más espectáculos que experiencias reveladoras. Cabría hacer una analogía con el paisaje que en su momento disgustó a Miguel de Cervantes Saavedra y que lo motivó a escribir las andanzas de su singular Quijote. En el siglo XVI los libros de caballerías inundaban el mercado editorial con descabelladas aventuras, más irreales que fantásticas (con portales que conducen a lejanos parajes y veloces naves voladoras; con magias susceptibles de manipular las leyes de la física, la química y la biología), relegando a segundo término a las novelas de caballerías, que tienen valor literario y poseen encomiables virtudes, con protagonistas que no tienen poderes sobrenaturales, que encarnan los más nobles valores y que se lanzan generosamente a “enderezar tuertos y desfacer agravios”. Los libros de caballerías son el equivalente de las películas de súper héroes de hoy, es decir, una pachanga. La irrupción de los multiversos a este tipo de cine, que suponía una hipótesis inquietante y potencialmente provechosa, no ha generado propuestas extraordinarias y más bien ha sido pertinente para multiplicar ad nauseam cada franquicia (y la cantidad es inversamente proporcional a la calidad). Esta veta se ha convertido en una evasiva babosada, pertinente para desviar la mirada de la realidad, una especulación tan insulsa como vacía.  

Ahí se instala la más reciente propuesta de DC: Flash (The Flash, 2023). La realización es responsabilidad de Andy Muschietti, quien había entregado cuentas contrastantes en el terreno del terror: regulares, con Mamá (Mama, 2013), y buenas, con It (Eso) (It, 2017). Ahora recoge las contrariedades de Barry Allen (Ezra Miller), cuya madre fue asesinada cuando él era niño, evento del que se culpó a su padre, quien por eso está preso. Ahora descubre que puede correr tan rápido que es capaz de viajar en el tiempo. Trata entonces de reescribir el trágico evento que lo marcó. Las consecuencias, como le explica Batman (Michael Keaton), y como podemos constatar, son tan aleatorias como trágicas.   

Muschietti entrega cuentas contrastantes. Por una parte, resuelve algunos pasajes de acción con solvencia; por otra, es incapaz de mesurar la excesiva carga humorística y demostrativa que se carga el guión. Al final, la apuesta termina por rizar el rizo, como se dice coloquialmente, y cada chiste se convierte en una caricatura de sí mismo, repitiendo cada situación, estirándola hasta que consigue disminuir la gracia que podía tener inicialmente (como el baby shower –la lluvia de bebés– que tiene lugar después de la caída de un hospital, episodio que posee algo de gracia, pero que podía abreviarse y que, para acabarla, se retoma en los créditos finales). Así, el protagonista, que parece incómodo en cada situación, luce particularmente lerdo, y resulta difícil tender puentes de simpatía con su circunstancia. 

Y si algunos gags, como las apariciones de algunos actores que en el pasado han dado vida a Batman o Superman también tienen su gracia, ésta se agota por reiteración; si la cinta alberga algunas dosis de sustancia, ésta se disipa en la elongación del chiste y en la pobreza de recursos audiovisuales. Para muestra basta un botón: los efectos especiales no son particularmente lucidores, y las carreras de Flash son singularmente chafas (para decirlo en términos académicos). 

Flash tiene un rol similar en las entregas de DC al que tiene Spider-Man en la tienda de enfrente. Se trata de un joven científico que accidentalmente adquiere súper poderes (pero que aquí decide readquirirlos voluntariamente de la misma forma que comenzó a vivir la criatura del Dr. Frankenstein: gracias a una descarga eléctrica colosal) y que vive atormentado por la muerte de un familiar cercano; es un bufón adolescente que admira a los súper héroes con los que colabora en tareas secundarias y que tiene dificultades para relacionarse con la chica que le gusta. Como todos los súper héroes de la actualidad, Flash es un bufón más o menos simpático, más o menos sangrón. Pero a diferencia de los súper héroes de la actualidad, detrás de Flash hay un chico narcisista que entiende que su dolor no es la medida del mundo… y que crece (como Peter Parker, Barry Allen descubre que un gran poder conlleva una gran responsabilidad). Y esto, sin ser una constatación particularmente original, aguda o profunda, significa mucho en tiempos de narcisismo exacerbado (sufro, luego existo) y en el mapa de vacuidad al que nos ha acostumbrado la épica cómica. 

Calificación 65%
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