En buenas manos

¿Cómo es pertinente evaluar la labor del Estado? Si bien no es su propósito más evidente, la francesa Jeanne Herry ofrece una respuesta en En buenas manos (Pupille, 2018), su segundo largometraje: los cuidados que sus servicios sociales son capaces de ofrecer a los más desprotegidos.

En buenas manos reparte el protagonismo en una serie de personajes que comparten un objetivo común. Acompañamos a hombres y mujeres que trabajan en diferentes instituciones que hacen posible ofrecer un futuro a Théo, un neonato cuya madre no quiere conservarlo y decide darlo en adopción: desde los que están involucrados en los servicios de salud hasta los que conforman el organismo que revisa las candidaturas de posibles padres adoptivos, pasando por el trabajo social. En particular acompañamos a Karine (Sandrine Kiberlain) y Jean (Gilles Lellouch), que juegan un rol fundamental en el destino de Théo, y a Alice (Élodie Bouchez), quien se postuló con su pareja nueve años atrás y ahora, soltera, sigue los trámites para la adopción.

Uno de los méritos de Herry, también autora del guión, es mostrar cómo funciona un sistema que funciona, y que entra en acción cuando una madre decide no hacerse cargo de su hijo. En el hospital recibe atención sin ser cuestionada, es asistida por una trabajadora social que la guía; el neonato recibe atención médica y es asignado a un asistente familiar, quien lo cuida en su casa durante dos meses, plazo que se da a la madre de recuperar a su hijo si así lo desea. La revisión de los candidatos es rigurosa y contempla múltiples factores. El proceso es largo y tiene el propósito de escoger a los mejores padres posibles. Como la ley lo permite, el niño puede ir a una “familia monoparental”. En toda la ruta queda claro que se privilegia la atención y el respeto a la madre biológica, el cuidado del niño. Por otra parte, la joven realizadora tiene la virtud de presentarnos personajes que no son idealizados, que viven conflictos personales y encaran dificultades y contrariedades. Sin embargo, son lo suficientemente profesionales para cumplir de buena forma con su trabajo.

Herry propone una estructura con saltos en el tiempo que no terminan por hacer un aporte significativo. No obstante, se agradece la calidez que la joven realizadora deja de manifiesto en el esbozo de sus personajes, en su propuesta; el reconocimiento a los organismos del Estado, que pueden garantizar un futuro a los desprotegidos si están en buenas manos. Al final cobra sentido el título en español y se hacen presentes dos factores que permiten ser medianamente optimistas con el futuro (de un niño no deseado, del cine): la responsabilidad y el amor.

Calificación 75%

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