CINESCOPÍA/José Javier Coz
Esta es la primera dirección cinematográfica del guionista Dan Gilroy. Venía rumiando su historia desde 1988. Nunca lo abandonaba la inquietud de escribir sobre la vida de Arthur Fellig (1899-1968), alias Weegee, un fotorreportero independiente conocido por sus imágenes urbanas y nocturnas de Nueva York y que brincó a la fama con la entrega de otras más audaces a la crónica policiaca que lograba colándose en las escenas de crimen agolpadas de mirones y policías intentando cercarlas. Con los años pensó en idear mejor una ficción sobre un videorreportero para ajustarse más a la realidad de los estándares actuales de producción y consumo televisivos de la nota roja.

Primicia mortal (Nightcrawler) sigue la línea de un par de películas que versan sobre la capitalización de este género periodístico, su exacerbación dada la competencia voraz de los medios por retener a la audiencia, por evitar que baje el rating y cómo se ha convertido en una de las tantas modalidades del espectáculo. Como la política. Como las guerras maquilladas con melodramas. Las películas de marras son Ace in the Hole (Cadenas de roca, 1951) de Billy Wilder y Network (Poder que mata, 1976) dirigida por Sidney Lumet.

Primicia mortal da un paso adelante de sus precursoras. La crítica le ha destacado el tratamiento que le da Gilroy a la transgresión de lo legalmente permitido y a la conducción moral de los reporteros, los directivos y el público. También a la manipulación de los medios al abordar el impacto de la delincuencia en la familia, en los niños, por encima de una visión como problemática social. Y al sesgo clasista en la preminencia por cubrir los crímenes cometidos contra los sectores acomodados a partir del falso supuesto de que la delincuencia avanza (repta, dicen los conductores) desde los barrios pobres, negros y latinos hacia los suburbios en Los Angeles. El crimen de cuello blanco, por ejemplo, no vende, no atrae la atención del televidente ni por ende la de los patrocinadores. En inglés hay un adagio que rima y reza así: If it bleeds, it leads, “si sangra, encabeza”. Se ha convertido en una consigna de la nota roja no sólo en el mundo anglosajón.

Lou (Jake Gyllenhaal) es un ladronzuelo nocturno que roba objetos de metal para venderlos a chatarreros, desde autopartes hasta tapas de registro. Una noche se detiene a ver cómo alguien graba de cerca con una cámara de video el rescate de una persona atrapada en su automóvil en llamas. Lou es curioso y nunca escatima en preguntar. El que está filmando, Joe Loder (Bill Paxton), le explica que se trata de material para los noticiarios y que lo vende al mejor postor. Se dedica a hacer videos básicamente sobre accidentes automovilísticos aparatosos, de preferencia letales, incendios de departamentos y, sobre todo, homicidios asociados al crimen organizado, a masacres perpetradas por asesinos seriales y a asaltos a mano armada. Tiene su furgoneta, cámaras, un ayudante y la computadora para editar, respaldar y enviar los videos, además de un radio de onda corta con escáner policial que intercepta la comunicación entre las estaciones y las patrullas y un GPS. Lou le pregunta que si necesita un asistente y añade una frase baladí que repetirá en varias ocasiones: “soy un aprendiz rápido”. Lou es ya un potencial emprendedor autodidacta. Es un retrato bien acabado del ferviente discípulo de la autosuperación personal. No se ha fogueado todavía dentro de empresas, pero está más que preparado para un puesto ejecutivo. Ha tomado cursos en línea sobre negocios. Por ciertas frases, seguramente también de mindfulness y coaching. Conoce el lenguaje y las estrategias para dorarle la píldora a los que entrevistan a candidatos para un trabajo. Y conoce también el otro lado: granjearse la simpatía de los empleados. Joe le contesta que no necesita a nadie.

Roba una bicicleta, la vende y compra su primera cámara. Es tan intrépido en sus pininos que policías, paramédicos, enfermeros y personal de protección civil lo sacan a la fuerza de la escena del incidente. Un día logra acercarse a un herido de gravedad que le robaron su automóvil. Lou se presenta en las oficinas de una televisora con la directora del noticiero matutino, Nina Romina (Rene Russo). Ella le dice que ya cuentan con material sobre ese robo y lo ignora. Lou la convence con unos registros más de cerca. Queda impresionada, le pagan y lo invita a que siga proveyendo de más videos.

Lou contrata a un asistente. Se llama Rick (Riz Ahmed). Es un indigente urgido de trabajo. Es de importancia resaltar que, en la entrevista, Lou utiliza el vocabulario, las expresiones y asertividad propias de un encargado de seleccionar y reclutar personal en un departamento de recursos humanos. Le asigna la tarea de escuchar las emergencias en la radio, aprender los códigos de la policía, ayudar con el GPS y vigilar el coche, mientras él se baja a grabar. Eventualmente solicitará su apoyo con otra cámara.

Una noche captan la señal de emergencia de un accidente y llegan antes que la policía. Está un muerto tendido en el pavimento. No hay nadie a la vista. Contra la proscripción de alterar la escena del crimen, arrastra el cadáver para obtener un mejor ángulo. Lou compra un automóvil nuevo y un equipo de video profesional.
Después de algunos intentos, Lou logra salir a cenar con Nina y le propone sexo. Ella se niega. Él reviste este acoso como una simple propuesta de cambiar la relación que tienen de proveedor-cliente a otra de socios. Con el típico tacto de un señor de negocios le dice que su decisión impactará en los intereses de ambos. El contrato de ella está a pocos meses de expirar y su renovación depende del aumento del rating.
Un día, de regreso a su casa, Lou encuentra a Joe esperándolo. Éste le ofrece trabajar juntos y coordinarse para reducir esfuerzos, cubrir varios eventos al mismo tiempo y repartir las ganancias por partes iguales. Lou rechaza la oferta, Joe lo insulta. Después, éste le gana un accidente de un avión privado. Lou prosigue a sabotear la furgoneta de Joe, provoca un choque y lo graba severamente herido. Ha quitado del camino a su mayor competidor.
El siguiente paso de Lou será la entrega de un video sobre un triple homicidio en una casa de una zona exclusiva de la ciudad. Con un golpe de suerte, llegan otra vez antes que la policía. Mientras Rick espera en el coche, Lou graba a los dos perpetradores rematando a sus víctimas y a la camioneta en la que huyen. Ingresa a la casa y registra el fusil de asalto automático con el que se estaba defendiendo la familia, manchas de sangre en las escaleras y a las tres víctimas. El que éstas se encuentren dentro de su casa le otorga a las imágenes el valor agregado de la violación a la privacidad. Se presenta en la televisora con el material sin las tomas de los asesinos -algo con lo que podría armar un reality show.

Esta vez se ve a Nina con una expresión de júbilo lascivo y manda llamar a la directora del departamento jurídico para consultarle si se puede lanzar al aire este material. Las leyes en Estados Unidos prohíben revelar el domicilio y la identidad de las víctimas sin el consentimiento de algún familiar. Entonces acuerdan no mencionar estos datos y pixelar los rostros. Nina le pregunta a Lou cuánto. Él inicia con el precio de 100 mil dólares, ella le contesta que de ninguna manera y le ofrece 3 mil. Lou alega que eso le pagó por el caso de los apuñalados. “Pero fueron más muertos”, le revira ella. Lou replica que se trataba de mexicanos en un puesto callejero de comida, dos de ellos indocumentados y que, en cambio, esta vez se trata de personas blancas, pudientes, asesinadas en su propia residencia. Después de un jaloneo propio de subasta Lou no acepta menos de 15 mil dólares, cantidad que rebasa el presupuesto mensual destinado a los honorarios de proveedores de material visual, e impone además la condición de que ella personalmente lo presente a todo el staff como director y dueño de Video News Productions.

A la mañana siguiente se presentan en su domicilio la detective Frontieri (Michael Hyatt) y un subalterno a interrogarlo. Lou les entrega el mismo material sin las tomas de los asesinos.

Con el número de placas y la marca del automóvil, Lou dan con la identidad de uno de los asesinos. Él y Rick se dirigen a su domicilio. Ven su camioneta afuera. Esperan a que salga. Rick no sabe sobre la grabación de los asesinos y le pregunta cómo averiguó dónde viven y por qué no los denuncia. Lou le explica su plan. Rick se pone nervioso, le dice que puede morir gente inocente y que está reteniendo evidencia. Lou le echa una labia autoritaria sobre la oportunidad que le está dando para ascender. Rick le exige la mitad de lo que cobrará a cambio de no revelar nada. Lou acepta.

Por fin sale el asesino, se sube a su auto, recoge a su compañero y cenan en un restaurante. Lou hace una llamada anónima a la policía indicándoles el lugar y la apariencia de los asesinos. Ordena a Rick a grabar desde otro punto de la calle, en tanto él lo hace desde el coche. Llegan dos patrullas e intercambian disparos con los asesinos. Un policía resulta herido, uno de los asesinos muere y el otro escapa en su camioneta. Inicia una persecución que Rick graba mientras Lou está al volante.

Todo termina en un aparatoso accidente. Lou se baja y le ordena a Rick a que grabe al asesino muerto. Se acerca Rick y el asesino le dispara, sale del auto y los policías lo rematan. Lou graba a Rick moribundo diciéndole que no puede seguir trabajando con alguien que lo extorsionó.

Llega Lou a la televisora, revisan el material, pero se presenta Frontieri para confiscar el material antes de que salga al aire. Nina logra defender su derecho a la posesión y a la propiedad sobre el material, solicitando una orden de requisamiento. Llega la hora de grabar la entrada del noticiario y el director Dan Gilroy nos ofrece una perfecta ilustración de cómo los presentadores deben estar atentos al guion y a la vez a instrucciones del director del noticiario, sobre todo recursos de redundancia para empujar al espectador a que se quede con ciertas palabras. Esto se logra con la simple repetición de frases hechas, juicios de valor plagados de calificativos innecesarios sobre lo que está a la vista de manera evidente y la mención de eventos afines recientes que den la impresión de seguimiento. Todo ello abona al componente sensacional, el que se encarga del impacto en el espectador, y al ingrediente espectacular de un crimen atroz y convertirlo en entretenimiento.

Para curarse en salud, Lou se presenta voluntariamente en el departamento de la policía a que lo interrogue Frontieri. Tiene preparada una historia irrebatible, su propia versión de los hechos, que lo libra de cualquier acusación: que una mañana vio a los dos asesinos estacionados afuera de su departamento. Luego los siguió hasta llegar al restaurante en el que cenaron y al ver que estaban armados llamó a la policía. La detective le hace saber que no le cree nada.

En la última escena, Lou está dando la bienvenida a su nuevo equipo de trabajo y les dice algo que corona la película: “…y recuerden que nunca les pediré que hagan algo que yo no haría”.
Primicia mortal recibió críticas positivas. De los análisis que se han hecho ninguno ha destacado algo que para mí resultó novedoso (no quiero usar la palabra innovador). Gilroy se ensaña en acometer un escarnio corrosivo a todo ese argot que ha abultado y erigido a ciencia un saber empírico que ha arrojado una ingente bibliografía y ha permeado a la academia a niveles de maestría y doctorado. Hablo de las llamadas ciencias administrativas de dudosa cientificidad. Año con año se publican cientos de miles de artículos académicos en revistas especializadas. Gran parte de los libros sobre negocios, incluyendo los académicos, no se distinguen de los de superación personal y autoayuda. De todos mis antivalores, ese argot reúne los cinco que más desprecio: emprendedurismo, innovación, competitividad, liderazgo y éxito. Con estos terminajos se ha convertido a la mayoría de los individuos en unos perdedores, unos mediocres.

Lo genial de esta crítica es que Gilroy no cae en lo discursivo. Sencillamente la ilustra al poner en boca de un psicópata -algo que no nos debe extrañar en lo absoluto- y sin descontextualizar, palabrejas como persistencia, metas y objetivos, autoestima, trabajo colaborativo (eufemismo para trabajo en equipo), proactivo (eufemismo de propositivo), habilidades, fortalezas y debilidades, y que fluyen en el diálogo con una naturalidad escalofriante, cosa que funciona como una imagen de espejo para un CEO. Dentro del espectro de la psicopatía, Lou reúne el perfil de los más funcionales. Su personaje está tan verosímilmente delineado que podría bien pasar por un gran empresario o un joven regidor que salta directamente a un curul en la senaduría de la república. Muchos de los vocablos en los libros sobre éxito en los negocios son de origen castrense: estrategia, logística, capacitación, recursos, ejecución, misión y desempeño. Y es que, para ser un buen emprendedor, los autores recomiendan la agresividad, sea en un abarrotero o un presidente sin carrera política como Donald Trump. Las ciencias administrativas traducen cualquier cosa en mercancía y objeto de regateo. En al menos una ocasión, Lou profiere los términos expansión y cooperación. También expresiones como “la comunicación como clave para el éxito”, planeación estratégica, riesgo en el poder de la transacción. Viéndola con más distancia, Primicia mortal es una parodia a lo que se ha dado en llamar cultura laboral y cultura organizacional. Y no puede faltar el toque de superación personal: un individuo temerario que finge demencia oportunamente, que se abre paso en las calles y luego en las oficinas de una empresa y dice que hay que mantener una actitud positiva ante las adversidades. Antes de presumir que es un aprendiz rápido se asume como proveedor y tiene de cliente o rehén, qué más da, a Nina y luego a todo el staff.

Otro asunto notable de la película son los niveles gore que ha alcanzado el periodismo sensacionalista. Actualmente no nos basta el relato de los hechos. Pienso en el efecto que surtirían hoy en día ciertas atrocidades referidas en la Anábasis de Jenofonte, escrita en el siglo IV antes de Cristo, o algunas sentadas en los Comentarios sobre la guerra de las Galias de Julio César que data más o menos del año 50 a. C. Cito estos dos libros porque me parecen ejemplos de que las escenas de crudeza llevadas a imágenes visuales no sólo bloquean la posibilidad de evocarlas, sino que pueden atentar contra nuestra inventiva visual. Invierto el adagio chino “una imagen vale por mil palabras” y apuesto por que “una palabra vale por mil imágenes”. Siempre pongo el ejemplo de la palabra perro que agrupa a todos los perros que fueron, son y serán y también a los imaginarios como, por ejemplo, Pluto, Scooby Doo y los Balloon Dog de Jeff Koons. Esas representaciones de perros sólo remiten a sí mismas, no son signos ni símbolos.

“En la TV se ve tan real” dice Lou y, sin embargo, las imágenes en la crónica roja se repiten, son variaciones sobre unos cuantos estereotipos. Limitan, atrofian y hasta pueden aniquilar a la imaginación además de cancelar la interpretación, especialmente porque muchas veces se presentan de manera discontinua y sin un contexto. ¿Habrá una nueva marca para lo obsceno como incluir en los noticiarios las vísceras durante la autopsia?





