El joven Ahmed: “Una película educativa con espíritu de emancipación”

A lo largo de su filmografía, Luc y Jean-Pierre Dardenne han dado vida a tenaces personajes que encaran con enjundia conflictos vitales. Estos últimos son atendibles y apasionantes entre otras cosas porque tienen una faceta externa y otra interna, y porque llevan a dilemas cuya solución es de ganar-perder (como todo conflicto que se respete, la decisión que éste ha de provocar lleva a ganar algo y a perder algo): a menudo se alimentan de la insensibilidad y de la hostilidad sociales y detonan o acrecientan malestares personales. En más de una ocasión los protagonistas se ubican en el margen social (no faltan los inmigrantes, legales o ilegales, como en La promesa y El silencio de Lorna); son víctimas de los estigmas sociales o de diversas desventuras familiares (como en Rosetta o El chico de la bicicleta); todos padecen las consecuencias de algún tipo de agresión y transitan por la vida con un dolor profundo (en este aspecto El hijo resulta emblemática). Sus respuestas dan cuenta de la exploración –de orden filosófico, justo es precisarlo– que sin falta emprenden los realizadores, misma que pasa por la búsqueda de fundamentos, del humano, de la sociedad. Son respuestas patéticas (en su acepción primera), son inmediatas, enfáticas… y coléricas: los personajes de los Dardenne son acción pura, son puro movimiento; reaccionan con premura, y pronto se instalan en la celeridad. Los cineastas (atentos y respetuosos) apuestan por el acompañamiento, por lo que abundan, desde el inicio de sus cintas, los travels que dan seguimientos a personajes con prisa. Una buena muestra de este sabio proceder es El joven Ahmed (Le jeune Ahmed, 2019), su más reciente entrega. Con un ingrediente adicional: es una cinta edificante y educativa.

El joven Ahmed sigue las desventuras del chamaco del título. Musulmán por herencia y creyente por convicción, está obsesionado con la pureza y tiene un problema serio con su profesora. Ésta busca enseñar la lengua árabe por medio de canciones, asunto que enoja a los practicantes recalcitrantes del islam. Como el imán que frecuenta Ahmed, quien es una fuerte influencia en su comportamiento.

Los Dardenne conciben, para no variar, una cinta que tiene fuertes tintes documentales. Como se mencionó párrafos arriba, la cámara, a menudo en mano, es un testigo, un acompañante fiel. Registra espacios y situaciones que aparecen sin maquillaje, y nos lleva lo mismo a la casa de Ahemd que a una correccional juvenil. Si la imagen luce realista, la banda sonora va en la misma línea, y salvo un pasaje al final, la música no incide para manipular las emociones.

Los Dardenne entregan una cinta vertiginosa y por momentos inquietante y angustiante que en algunos pasajes trae a la memoria Los olvidados (1950) de Luis Buñuel. Muestran con toda naturalidad la amabilidad que puede caber incluso en las instituciones carcelarias para jóvenes. Pero a diferencia de la cinta buñueliana, Ahmed no reacciona con cólera a una situación ambiental, pues recibe atenciones y buenos tratos lo mismo en su casa que en la escuela. Los cineastas inician cuando él está en un proceso de radicalización, de fanatismo, en el que de tantos jóvenes musulmanes se instalan y que los lleva a las líneas de organizaciones terroristas. Los realizadores manifiestan un interés particular por la religión: “Nos intrigaba, como imaginario capaz de formar mentalidades, de producir, a través de diferentes contextos sociales, la misma seducción, la misma creencia, el mismo fanatismo”. Añaden que “lo que queríamos mostrar es la profundidad de esta ideología de muerte que aprisiona y seduce al mismo tiempo. Acceder a una pureza inaccesible a los otros, dar la vida por una causa superior”. Jean Pierre subraya que “para Ahmed el mal no existe. Todos sus actos buscan eliminar a «los impuros» y proteger a los puros. Es un obsesivo de la pureza”. Con relación a la muerte, que Ahmed busca dar a los impuros, Luc comenta que “Ahmed no tiene ninguna conciencia de la prohibición universal que ha transgredido. Está en otra parte”. Y concluye: “No hicimos una película moralista con un espíritu de acusación, sino una película educativa con un espíritu de emancipación. Nuestra película debería mostrarse en las escuelas a los jóvenes.” Al final (en un cierre bastante simbólico, dicho sea de paso) queda claro que en el mundo hay personas generosas capaces de respetar la diferencia y dar apoyo a los que viven algún tipo de crisis (como el “hada madrina” de El chico de la bicicleta), y que saber pedir perdón (y perdonar) es un paso difícil pero necesario para convivir en paz, es un gesto –un fundamento– que nos hace humanos.

Por su labor, los Dardenne obtuvieron el premio a mejor director en la edición del año anterior del festival de Cannes.

Calificación 80%

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