CINESCOPÍA/José Javier Coz
Kim Ki-duk (1960-2020) se dio a conocer popularmente con su novena película –preciosista y contemplativa– Las estaciones de la vida (Bom yeoreum gaeul gyeoul geurigo bom, 2003), la cual continuó siendo la más conocida. Con ella calmó a un masivo público amante de los animales que, indignado por unas escenas en La isla (Seom, 2000), se dispuso a difamar al director. Las películas de Kim no saben de violencia porque todas en algún momento lo son.
De su filmografía, destacan las siguientes cintas:
–Por amor o por deseo o La chica samaritana (Samaria, 2004): Oso de Plata al mejor director en el Festival de Berlín
–El espíritu de la pasión o Hierro 3 (Bin-jip, 2004): León de Oro al mejor director en el Festival de Venecia; premio FIPRESCI (Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica) al mejor director; la Espiga de Oro al mejor director en el Festival de Valladolid.
–Arirang (2011): seleccionada a la sección Un Certain Regard (Una cierta mirada) en Cannes.
–Pietá (2012): León de Oro al mejor director en el Festival de Venecia.
Recomiendo La isla, Real Fiction (Shilje Sanghwang, 2000), Domicilio desconocido (Suchwiin bulmyeong, 2001), El espíritu de la pasión y El arco (Hwal, 2005).
Aliento (Soom, 2007) compitió por la Palma de Oro en Cannes, pero tuvo la mala suerte de arrebatársela, merecida y objetivamente, 4 meses, 3 semanas y 2 días (4 luni, 3 săptămâni si 2 zile, 2007) del rumano Cristian Mungiu. Aliento injustamente no recibió ningún premio y no fue bien recibida por la crítica. Tal vez esto obedezca a que todavía no estamos preparados para el erotismo coreano.
Kim Ki-duk con frecuencia colocaba en el centro a personajes parcos, incluso mudos, generalmente como forma de expresión de ira y castigo hacia los demás. Fue uno de sus sellos y lo usaba para realzar la capacidad dramática del cuerpo y del silencio.
En Aliento tenemos a Yeon y Jang Jin, tal vez los dos personajes más radicales en la filmografía de Kim, junto con Tae-suk en El espíritu de la pasión.

Yeon (Park Ji-a) es una joven que se dedica al hogar, poco feliz y retraída, aficionada a la escultura y con una hija de alrededor de 7 años. Vemos que en los noticiarios de Seúl le dan seguimiento día a día a la cuenta regresiva y el intento de suicidio de Jang Jin (Chang Chen), un condenado a pena capital por haber asesinado a su esposa y sus dos hijas. Yeon, que no lleva una buena relación con su esposo, encuentra refugio en la televisión cuando su esposo llega de trabajar y se hace presa cautiva del caso del convicto. Yeon descubre que su esposo le es infiel. Se lo hace saber y rechaza cualquier intento de disculpa y de reconciliación –sin mediar palabra alguna. Contra la voluntad del esposo, Yeon se aferra más al caso de Jang Jin como una forma de sustraerse del dolor.
Un día toma un taxi a la cárcel. Al llegar se presenta como la ex novia del sentenciado y solicita verlo. Le niegan la entrada. Insiste. Espera. Vuelve a insistir. Su aspecto abatido y su tenacidad despiertan curiosidad y misericordia en el jefe de vigilancia que la observa desde un monitor de un circuito de cámaras y que termina por autorizar su ingreso. Ella se entrevista con el convicto a través de unos barrotes.


Le cuenta cuando siendo una niña casi se ahoga y estuvo muerta por unos minutos. Él no puede o no quiere hablar. Nunca hablará, como el más acabado de los personajes de Kim Ki-duk.
Con energía renovada, al día siguiente Yeon sale a comprar vestidos y manda a hacer unas impresiones ampliadas en papel tapiz de varias fotografías que tomó tiempo atrás de bosques en sus diferentes matices estacionales. En lo sucesivo, habrá cuatro visitas temáticas, cada una referida a una estación. En estas citas, él entrará esposado y vigilado por un guardia a un cuarto previamente empapelado por Yeon. Ella llevará puesto un vestido y le cantará una balada, ambas alusivas a la temporada del año con fondo de karaoke. Hay una cámara en el cuarto. De no haber pronunciado una palabra, empieza a cantar y el espectador experimenta un sobresalto por ese súbito cambio del todo descabellado, pero no inverosímil si tomamos en cuenta que su ensimismamiento inicial estaba socavando una rabia contra su esposo. Escuchamos su voz pueril, el baile desenfadado y, sobre todo, su sonrisa que jamás hubiéramos imaginado en un rostro tan cargado de mutismo.

Al terminar la canción, se queda por un momento con una sonrisita de niña tímida avergonzada por su travesura, sonrisita que rápidamente se desdibuja. Se sientan y ella regresa a su expresión habitual, triste, y le habla a Jang sobre el pasado: la infancia, un enamoramiento y su desencanto. La escena me remitió a esas visitas lastimosas de gente que trata de hacer sonreír a desahuciados en un hospital. Al final de la cita le regala una foto de ella desnuda.

En cada visita hay acercamientos íntimos. En la cita con temática primaveral acercan sus rostros, se miran y, a punto de besarse, el jefe de vigilancia activa la alarma que da término a la cita y el guardia los separa a la fuerza mientras sostienen cada uno la mirada del otro sin parpadear, reflejo de un profundo deseo. En el encuentro estival, alcanzan a besarse, con un frenesí como si hubieran atravesado por un largo período de contención. Intervienen dos guardias.


Durante la cita de otoño, los besos son consumados, pero el esposo de Yeon, que la había seguido hasta la cárcel, irrumpe en la cabina del jefe de vigilancia, se sienta junto a éste y ambos se dejan llevar por la incredulidad ante el arrebato desmesurado entre Yeon y Jang. Hay un ingrediente voyerista. El vigilante está a la expectativa del desarrollo de este melodrama. El esposo, colmado, no sabemos si de celos o desconcierto, pide que los interrumpan. Las miradas que comparten Yeon y Jang habían pasado de la tristeza a una de compenetración y éxtasis. En ese momento, para ambos no existe nada salvo el otro.


Antes de la cita invernal, el esposo de Yeon se entrevista con el convicto para informarle que ella no regresará. Éste intenta suicidarse de nuevo. Regresa al ojo del huracán y, como en las ocasiones anteriores, logran salvarle la vida en un hospital. Yeon sigue sin dirigirle la palabra al esposo. Desesperado, éste se resigna a que ella visite por última vez a Jang.

El encuentro de invierno pinta desangelado, sin tapices de colores festivos, sin alegría musical ni palabras de consuelo. Parece que asistimos a una despedida fúnebre. Inicia una escena que no he vuelto a ver en el cine ni creo volver a ver algo que se le parezca: la más urgente y desolada de todas las expresiones eróticas en el cine de las que sólo un oriental puede hacer una puesta en escena. Yeon y Jang se besan con apremio y temor a ser privados, el jefe de vigilancia no los interrumpe. Jang continúa esposado. Ella le hace el amor. Ambos están totalmente desinhibidos y arrebatados, y al final Yeon lo besa, intenta asfixiarlo, dejarlo sin aliento, sin vida, y es cuando el guardia interviene. Los separan y vemos sus bocas teñidas de sangre. Él está asustado, ella con la expresión que sigue inmediatamente a un intenso orgasmo, una expresión ebria, de una beatitud propia de Santa Teresa, los párpados a media asta como quien regresa del Paraíso.


Sale ella del reclusorio y afuera la esperan su esposo y su hija jugando con la nieve. Sonriente, se integra y emprenden el regreso en el auto entonando una canción. Afuera nieva.
Algo insalvable entre el erotismo oriental y el de Occidente es la intimidad. El erotismo occidental ha separado a los amantes: el cuerpo de uno es vehículo para satisfacer el deseo del otro y viceversa. Un cuerpo está en lo suyo y el otro igual. Son objetos depositarios del deseo mutuo. Un onanismo a dúo. Con tu cuerpo me masturbo y tú mastúrbate con el mío.
En Oriente, es la mirada ininterrumpida a los ojos del otro, la imaginación arrojada sin límites. Hay una especie de disolución entre cuerpo y deseo. El cuerpo es deseo. Los besos son escasos. A cambio, un rostro que se refugia en el pecho o en el regazo, una frente apoyada en una mejilla, el olor del sudor, el vaho sobre los ojos. En Aliento, los besos son actos de desesperación de no poder tomar sus rostros con tiempo, ternura y candor. Esta es la película erótica más intensa que he visto. Hasta donde mi ignorancia llega, no tiene referentes externos. Kim administra y contiene el deseo para hacerlo explotar. Algo parecido sucede en El arco, también de Kim Ki-duk, más elaborada, más simbólica. Foucault no hubiera podido abordar este vigilar y castigar de Aliento. Las “teorías” del biopoder no tienen alcance para entender el castigo que supone interrumpir y privar el placer.
Aliento es la película que debería haberse titulado Las estaciones de la vida. Sólo en Aliento el invierno acecha afuera en contra nuestra.




