El faro ilumina algunas oscuridades

En La bruja (The Witch, 2015), su ópera prima, el joven realizador norteamericano Robert Eggers propone una especie de fábula. En ella exhibe los miedos profundos de un padre de familia, que se condensan alrededor de ancestrales leyendas y la figura de la bruja: miedo a hacerse cargo de su familia fuera de la sociedad; al crecimiento de una hija que se convierte en mujer y es objeto de su deseo. Un ingrediente fundamental para empujar el argumento es el aislamiento. El pater familias y los suyos se instalan en el bosque, lejos de la comunidad, de sus mandatos y reproches, pero también de su cobijo. En El faro (The Lighthouse, 2019) instala de nueva cuenta la acción fuera de los márgenes de la comunidad y recoge miedos añejos. Y una vez más entrega buenas cuentas.

La acción de El faro, escrita por Robert y su hermano Max, transcurre a finales del siglo XIX, en una isla distante donde se ubica un faro. Hasta allá llegan Thomas Wake (Willem Dafoe) y Thomas Howard (Robert Pattinson), quienes han de hacerse cargo durante cuatro semanas de que el faro funcione. La labor es ardua, sobre todo para el joven Howard, quien debe realizar las tareas más difíciles. La convivencia con el viejo y abusivo Wake es contrastante: entre la distancia, la violencia y la fraternidad.

Eggers propone un registro que remite al cine clásico (al cine mudo), con un umbroso blanco y negro y en un formato 1.19:1 (aún más cuadrado que el aspect ratio académico, que es 1.37:1; casi como el de la vieja TV) que por momentos resulta claustrofóbico a pesar de los grandes paisajes. La cámara a menudo emprende largos y limpios movimientos, grúas y travels que son pertinentes lo mismo para la descripción que para dejar constancia de distancias y alturas, para generar curiosidad y ofrecer más de una sorpresa. La puesta en escena (con un depurado trabajo de arte) es de una austeridad y de una dureza implacables: en el mundo de los hombres solos no hay espacio para el adorno inútil. El ritmo es apacible y va dando cuenta de una vida rutinaria y fatigosa. La música, cortesía del canadiense Mark Korven, que incide aun antes de que la imagen comience, contribuye a la creación de tensión y de atmósferas enrarecidas, y establece un tono solemne, casi como de himno religioso.

Tanta maravilla audiovisual es pertinente para empujar una historia con profundas raíces literarias. Atmósferas y leyendas traen a la memoria a H.P. Lovecraft, los diálogos –como se apunta al final de la cinta– provienen de Herman Melville (y en el viejo Thomas hay algo del capitán Ahab de Moby Dick), Sarah Orne Jewett y diarios de guardianes de faros. Eggers da cuenta de las vicisitudes que acontecen en asilamiento –que es casi como en una prisión– y acompaña a un par de machos más o menos supersticiosos que ya no albergan grandes ambiciones, que huyen de las pequeñeces y los pecados de sus vidas y más temprano que tarde dejan ver que el barniz civilizatorio es delgado y fácil de borrar, por lo que pronto afloran todas las miserias que portan. En la isla somos testigos del egoísmo exacerbado, del abuso de poder, por lo que se establecen prácticas que remiten al esclavismo; el onanismo es una forma patética de amor propio; el alcohol contribuye a generar la emoción que la vida no provee, a establecer falsos afectos, pero sobre todo a embrutecer a los Tomases, que tomados van de los abrazos a los golpes, de los cánticos a los insultos, que se comunican con torpeza y se mienten con soltura.

Eggers se inspira de nuevo en viejas leyendas (sirenas y dioses odiosos, entre otras) y entrega, aquí y allá, situaciones de tensión creciente y sugerentes simbolismos; llega incluso a tender un puente con Prometeo, un Prometeo más bien lerdo que acá es incapaz de altos vuelos, que no tiene una razón vital y pierde la razón (entre las alubias que dispersa con fruición y por no estar preparado para la iluminación), que es pura derrota y no promete nada. El faro deja espacio para la ambigüedad, la reflexión y la duda, genera inquietud e intranquilidad, disgusto y fascinación; oscila entre el terror, el absurdo y la comedia negra, entre la pretensión y la ambición, entre la manipulación ostentosa (para muestra el estilo y la frecuencia de las músicas) y la genialidad. Es una experiencia rica en emociones que da mucho que pensar.

El faro formó parte de la selección de la Quincena de los realizadores del festival de Cannes 2019. Obtuvo el premio de la crítica (FIPRESCI).

Calificación 80%
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