El baile de los 41 es más demostrativa que emotiva

En el cine mexicano no abundan los personajes homosexuales. Cuando los hay, es posible observar aproximaciones contrastantes. En no pocas producciones aparecen en segundo o tercer plano, y transitan con tintes bufonescos, caricaturescos, como los que habitan el cine de ficheras de los años ochenta y noventa del siglo anterior, y más recientemente las comedias románticas, en las que no es raro que sean confidentes de la protagonista, como en Así del precipicio (2006). Su presencia, rica en amaneramientos y clichés, pretende contribuir al humor. Por otra parte, en no muchas ocasiones ocupan los roles protagónicos. En estas películas la preferencia sexual y las dificultades para vivirla es, a menudo, el tema principal. Aquí no hay espacio para el humor, y se muestra la cara más solemne y grave de la cinematografía nacional, por lo que encuentran en el melodrama su cauce natural, como las películas de Julián Hernández. El baile de los 41 (2020) se inscribe primordialmente en la segunda categoría.

El baile de los 41 es el tercer largometraje del tijuanense David Pablos, quien entregó buenas cuentas en Las elegidas (2015). Regresa a eventos que tuvieron lugar durante el porfiriato, a un caso que consignó la nota roja de la época y que anticipa el título: la irrupción de la policí en un baile de homosexuales y la represión posterior. La historia sigue las vicisitudes de uno de los asistentes, Ignacio de la Torre (Alfonso Herrera), un político mediocre y desleal que lleva una doble vida y que, por avanzar en su carrera, se casa con una hija extramatrimonial del presidente Porfirio Díaz (Fernando Becerril). Por las noches asiste a un club frecuentado por homosexuales que, en su mayoría, forman parte de la burguesía; algunos son figuras públicas y tienen esposa e hijos. Ahí lleva a un joven que conoce y con el que inicia un affaire: Evaristo Rivas (Emiliano Zurita), Eva. Su existencia se complica cuando es incapaz de “cumplir” a su esposa no amada, Amada (Mabel Cadena), quien lo acusa con su papi.

Pablos apuesta por un estilo que contrasta ámbitos y situaciones. El día y la vida conyugal son fríos y hasta cierto punto hostiles. En la noche se instala un ánimo intimista, con planos cerrados y una iluminación –que en más de una ocasión proviene o se sugiere que proviene de velas– que oscila entre la penumbra y la oscuridad. Construye así atmósferas cálidas, propicias para la clandestinidad (los secretos se viven y se cuentan en lo oscurito) y para los juegos amatorios a los que se entregan con fruición los miembros del club, juegos que traen a la mente algunos pasajes en tono de farsa de La favorita (The Favourite, 2019) de Yorgos Lanthimos. Con frecuencia la cámara emprende zooms de acercamiento para subrayar emociones, pasiones. Éstas encuentran eco en la banda sonora, con músicas sugerentes y pasajes musicales, pero también aparecen sonidos que remiten a la bronca naturaleza.

Pablos entrega una cinta en la que el estilo es forma y fondo. Y no es una cinta precisamente profunda. En un pasaje de Las elegidas ya había mostrado su propensión al preciosismo; de forma contraproducente, justo es comentar, pues con un largo travel rompía la crudeza del relato. Pero si en esta cinta el guión tenía fuerza y sobrevivía al mentado desliz, en El baile de los 41 el guión es flojo –y da flojera– por lo que la historia resulta, como el estilo, más demostrativa que emotiva: el devenir de la cinta se encamina a la demostración del aciago destino de la diferencia en una sociedad rígida. Milan Kundera hablaba en La inmortalidad del Homo sentimentalis, que ha hecho del sentimiento un valor. En la actualidad el sentimiento es el valor, y Pablos hace eco automático de ello. Pero esto no alcanza a dar aliento a un personaje antipático, sin atributos: el protagonista es oportunista, desleal y torpe; no alcanza a dar aliento dramático, histórico o romántico a la cinta, que no ofrece desarrollo, progresión o crecimiento atendibles. El comentario más valioso proviene ¿voluntariamente? de la malquerida Amada, comentario que alcanza con tibieza a nuestros tiempos: con ella asistimos a la constatación de cómo, desde el hogar, la mujer contribuye al funcionamiento del patriarcado (aquí sí, patriarcado: Don Porfirio es el patriarca nacional por antonomasia).

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