De migrantes y momentos poéticos en Baran (2001)

CINESCOPÍA/José Javier Coz

El iraní Majid Majidi dirigió Baran (2001) cuatro años después de su célebre éxito internacional Los niños del cielo (Bacheha-ye Aseman, 1997). Tiene en su haber 10 largometrajes, todos escritos o coescritos por él, de los que son imprescindibles El padre (Pedar, 1996), El color del paraíso (Rang-e Khoda, 1999), Las cenizas de la luz (Bid-e majnun, 2005) y El canto de los gorriones (Avaz-e gonjeshk-ha, 2008).

La historia de Baran, nombre de la protagonista y que significa lluvia en persa, se ubica en Teherán, en los confines de esa capital de un país que, al igual que México, sufre de un centralismo irremediable. Los multifamiliares avanzan sin cesar, y en la orilla un edificio en construcción, otra obra negra, con albañiles que suben y bajan, entran y salen, como termitero. Al fondo la imponente cordillera nevada de Elburz. Es invierno y hace mucho frío. Adentro los trabajadores improvisan fogatas para templarse.

Los albañiles se dividen en dos tipos. Los legales, que comprenden a iranís y kurdos iranís, llamados turcos en Irán. Kurdistán abarca parte de cinco países, sobre todo Turquía, después Irak, Siria, Irán y Armenia; en estos dos últimos países, los kurdos no han sido perseguidos e incluso ocupan puestos en el gobierno. Y los inmigrantes ilegales, la mayoría pastunes afganos que hablan una variedad dialectal del persa llamado darí. Llegaron huyendo de varias invasiones, guerras y entreguerras: la ocupación soviética (1979-1989), el Estado Islámico (1992-1996), la invasión estadounidense (2001-2021) y el Emirato Islámico (2021- ). Estos pastunes viven de incógnitos en aldeas enclavadas en las montañas de Elburz y bajan todos los días a la ciudad a trabajar. De vez en cuando, se presentan funcionarios de migración y los pastunes deben esconderse bajo el abrigo solidario de sus compañeros iranís.

Un joven de nombre Latif (Hosein Abedini), cocinero de la construcción, lleva una bandeja con vasos servidos de té caliente para los albañiles, a quienes trata de sacarles algo de conversación y provocarlos. Es jocoso, contestón y, pues, trata de hacer más llevadero el trabajo duro.

Un albañil cae de un cuarto piso. A los pocos días traen a uno de sus hijos para reemplazarlo. Es Rahmat (Zahra Bahrami), tiene 14 años y lo ponen a prueba. No pronunciará una sola palabra en toda la película. Pero no tema, estimado lector, la dirección dramatúrgica y de cámara de Majidi hablarán por él. En la mirada de Rahmat intuiremos algunos de sus sentimientos y otro tanto de sus intenciones. Tendrá problemas con el intransigente capataz de obra, Memar (Reza Naji), pero de corazón blando, y con Latif. La trama dará varios vuelcos inesperados.

A Rahmat se le rasga y se le cae un saco de cal. El capataz Memar lo quiere despedir, pero opta por cambiarlo a la cocina y poner a Latif en su lugar a cargar los costales. Memar es un personaje importante y muy presente que parece inflexible, pero acaba siempre doblegándose ante la desesperación de sus obreros. Resentido, Latif empieza a hacerle la vida imposible a Rahmat hasta que un día se asoma a la cocina a escondidas y ve algo reflejado en un pequeño espejo que hará que abandone su ofensiva y opte por proteger a Rahmat, arriesgando casi todo, su trabajo, incluso su libertad.

El encuadre de un espejo y su reflejo es el primero de tres instantes poéticos que Majidi nos regala en esta cinta: un simple objeto en su justo lugar y momento que provoca una fuerte pero silente emoción. Luego Rahmat no comprenderá ese cambio radical en Latif, pero su mirada se encargará de decirnos de qué se empezará a dar cuenta.

Otro momento poético se hará presente cuando Latif encuentra encima de un costal un vaso con té caliente, gesto de agradecimiento que le comparte Rahmat. El director distiende el tiempo y ralentiza el ritmo para imprimirle magia a estas escenas que a simple vista no parecen abonar a la narración porque están reservadas al corazón del espectador.

Un día llega la migra, Rahmat huye y el par de agentes no vacila en corretearlo. Latif se abalanza y tumba a uno de ellos y Rahmat logra huir. Después, Latif encontrará un prendedor con un cabello largo al que acaricia con suma delicadeza. Este el tercer instante mágico, poético, sin parangón. El cine iraní tiene el don de convertir algo ordinario en algo extraordinario. Citemos un par de películas con este sello: El globo blanco (Badkonake sefid, 1995) de Jafar Panahi y ¿Dónde Está La Casa De Mi Amigo? (Jâne-Ye Dust Koŷâst?, 1987) de Abbas Kiarostami.

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Pasan los días y Rahmat no regresa. De aquí en adelante, Latif hará lo imposible para encontrar a Rahmat. Buscará por las faldas de los montes Elburz con sus hermosísimos caseríos anclados entre montañas sin valles, sólo bosques y rápidos que bajan caudalosos desde las nieves. Aldeas todas precarias y hermosas, de una pobreza digna, contrastantes con la atrozmente extensa y populosa capital persa. Todo ese ir y venir de Teherán a Elburz y vuelta a Teherán, como en mucho del cine iraní (recordemos un ejemplo radical: El viento nos llevará, de Abbas Kiarostami), ofrece paisajes y en ellos detalles de las casas, del ganado, de la indumentaria, de las mezquitas y sus patios, de los lugareños en sus oficios, que sumados contribuyen con un gran valor agregado etnográfico.

Han pasado más de 23 años y es sorprendente la universalidad de Baran. La migración siempre ha existido y el encuentro entre diferentes pueblos también, sea por guerras, hambrunas, enfermedades o búsqueda de nuevas tierras para labrar. Pero Baran cobra hoy más vigencia aún. Está en curso otra diáspora masiva y sangrienta de afganos hacia Irán, la mayoría de habla darí, la forma dialectal del persa y que los iranís entienden. Provienen de las provincias afganas cercanas o colindantes con Irán. Majidi nos acerca con Baran a esta catástrofe inminente a raíz del restablecimiento del régimen talibán, ahora como Emirato Islámico, en Afganistán, un país muy codiciado por potencias y vecinos, y siempre en guerra.

Baran recibió el Gran Premio de las Américas y el Premio Especial Ecuménico por mejor película en el Festival de Cine en Montreal; ganó en las categorías de mejor guion y director en el Festival Internacional de Cine en Gijón y ganó mejor película nacional en el Festival Internacional de Cine de Fajr, en Teherán.

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