Cine negro IV: Deadline at Dawn

Por José Javier Coz

A mi juicio, la crítica ha sido negligente con Deadline at Dawn (1946), conocida en español como Un amanecer trágico o Muerte al amanecer. Ha sido olvidada por lapsos de décadas. Una y otra vez, se han señalado inconsistencias en el guion. Después de verla por cuarta vez, no tengo la menor duda de que el guion está cuidadosamente escrito y con instrucciones precisas (y arriesgadas) para deliberadamente proyectar una narrativa de apariencia improvisada, por no decir despreocupada, y que en su tiempo fue vista como desaseada y errática. El público, entre ellos los críticos, no estaba preparado para una historia que a cada paso está calculada para que no podamos adivinar una pizca de lo que pasará acto seguido, mucho menos barajar el curso de la película pero sí suponer un desenlace no trágico. Otra característica, impensable en su momento, son las pausas que se toman los personajes para pensar, para contestar, que les confieren un aspecto vacilante a las actuaciones y dubitativo a los personajes. Una ojeada atenta nos desmiente de cualquier titubeo en los diálogos y en las actuaciones.

Es notorio que los productores dejaron cancha libre al director. La única explicación para que hayan accedido a financiar algo que se desviaba tanto de los cánones narrativos en boga, fue la incuestionable reputación que gozaban como dramaturgos el director Harold Clurman y el guionista Clifford Odets, ambos miembros del famoso Group Theater con sede en Nueva York, además de Cornell Woolrich, el autor de la novela que Odets adapta.

Deadline at Dawn empieza cuando Sleepy Parsons, un pianista ciego, visita a su ex esposa Edna Bartelli para cobrarle una deuda. Discuten. Ella no encuentra el dinero y culpa a un joven marinero, Alex, que había estado unas horas antes. Enseguida, en otra escena, vemos a Alex mareado y confuso platicando con otro joven que atiende un puesto de periódicos. Se le cae del bolsillo un fajo con 1400 dólares. No recuerda su procedencia. Entra a un salón de baile. Saca a una fichera de nombre June que se encuentra cansada y malhumorada. Después de unas cuantas negativas, June accede a cenar con Alex. En un puesto callejero, ella dice estar exhausta y lo insta a pedir la comida para llevar y prepararla en su departamento. Allí, June termina lamentando su vida, su trabajo, su futuro. Alex le ofrece los 1400 dólares. Atónita, no vacila en preguntar sobre su origen. Alex responde “los tomé”. Ella rectifica: “robé”. Él confiesa que no sabe, que no recuerda. Le cuenta que estaba en un casino de un tal Val Bartelli. La hermana de éste, Edna Bartelli, le pide a Alex que le arregle un radio. Llegan a su departamento, le arregla el radio y al cobrarle ella le insiste en que acepte unos tragos. A partir de cierto número de copas Alex recuerda a media luz lo que pasó hasta que cobra sentido en la calle. Es medianoche y debe abordar un autobús a las 6 de la mañana. Al principio, June se mantiene incrédula, incluso burlona, hasta que poco a poco empieza a darse cuenta que está frente a un hombre increíblemente ingenuo, virgen, diáfano. A lo largo de la película, June se irá revelando como una chica de nobles sentimientos, compasiva, y que su malicia al principio era sólo una coraza para protegerse de sus clientes. Alex le pide a June que lo acompañe a devolver el dinero. Alex sube al departamento y encuentra el cadáver de la señora Bartelli. Alex no está seguro de no haber matado a la señora Bartelli. June quiere pensar –quiere estar segura de pensar– que Alex no la mató.

Podríamos creer que el autor de la novela, Cornell Woolrich o el guionista, Clifford Odets, idearon primero una situación y luego un despegue, seguido de rumbos extraviados que fueron resolviendo a punta de ocurrencias y que parecen reflejarse en los acuerdos impulsivos que van tomando los personajes en la busca del asesino y en sus conversaciones algo discordantes: ya sea que estén persiguiendo a alguien o escondiéndose, los interlocutores entresacan de la nada e introducen en medio de urgentes decisiones, reflexiones sobre la gran ciudad que es Nueva York, la existencia y el amor. Resulta difícil, incluso injusto, y más aún, destructivo, reducir esta trama a una serie de viñetas y retratos sin ton ni son. Están articulados por una sola pesquisa que aventuran una bola de inexpertos que no se conocen. A esta empresa se van sumando otros de manera gradual y circunstancial. Cada uno tiene sus intuiciones, a veces acertadas, otras fallidas, que llevan a callejones sin salida que habrá que desandar. O a pistas, algunas aparentemente falsas, que remiten a otras. Si algo tienen en común los personajes es la afectación típica de los neoyorquinos noctámbulos que yerran melancólicamente por las calles: una fichera, un marinero de paso, un taxista ex catedrático, una extorsionadora alcohólica y su hermano cómplice, un pianista ciego, un beisbolista borracho, conserjes desvelados, patrulleros indulgentes. Hay un asesino y varios sospechosos como en Agatha Christie, pero la pesquisa no es tanto caótica como candorosa, tierna y por momentos cómica.

Otras virtudes aún más loables son la fotografía y las actuaciones. Fue filmada toda en estudio y en ningún momento se hace ver, gracias a la cinematografía de Nicola Musuraca que inicia casi todas las escenas con un plano general, luego uno americano seguido de uno medio hasta llevarnos a un close-up del rostro de cada uno de los personajes, encarnados todos por actores de primera y con una caracterización que no se confunde con la de ningún otro. En suma, no hay lugar para los clichés, para las expectativas condicionadas por los estereotipos que los cánones del melodrama de esos años no arriesgaba a cambiar.

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