CINESCOPÍA/José Javier Coz
Este es el segundo y, para nuestro infortunio, el último largometraje que escribió y dirigió Fabián Bielinsky (1959-2006) un año antes de su muerte a los 47. De su primera película, Nueve reinas (2000) se hizo un remake en 2004 en Estados Unidos titulado Criminal.
El aura cuenta la travesía de un taxidermista epiléptico que fantasea con frecuencia en realizar el asalto perfecto y que, por error o acto fallido, asesina a un hombre que está involucrado en el plan de uno. Bielinsky no deja las imaginerías sólo en el plano verbal, sino que las narra visualmente como si pudieran o fueran a ocurrir a manera de flashforwards, también conocidos como prolepsis o prospecciones, recurso narrativo que consiste en adelantar hechos futuros para entender mejor el presente de la historia. Aunque aquí las prospecciones son premonitorias o imaginarias, una se concretará y, como todo plan, en su ejecución surgirán algunos ajustes a los contratiempos y las contingencias que nos tiene reservada la imperfecta y compleja realidad.
El protagonista es un personaje poco probable. Imposible, no. Además de epiléptico, es racional y honrado. La dirección dramática y el guion en sus giros sorpresivos y suspensivos se encargarán de hacerlo verosímil en todo momento. El suspenso en esta película se plantea claramente como contraparte de la sorpresa, a la que le falta presentimiento y anticipación. En El aura no hay coincidencias providenciales, sin embargo, la historia deriva en una larga serie de improvisaciones paradójicamente con la marca del destino. Nuestro impasible taxidermista es muchos hombres. Es un espectador que asiste a una más de sus fantasías criminales: la cámara emplazada a la altura y detrás de su cabeza, “como si fuera una barrera que no permite pasar”[i], dice Bielinsky. Nadie voltea a verlo, quizá no esté ahí o esté en todas partes como en un sueño en que el soñador es, a un tiempo, el escenario, los actores y el público. También es un novato sospechoso. O alguien demasiado cauteloso y reservado que igualmente infunde suspicacia. A veces un detective que rastrea las pistas de unos criminales. Por último, un psiquiatra forense en busca de inescrutables móviles.
El título alude a la sensación de extrañamiento, llamado también estado crepuscular, que vive el epiléptico instantes antes de entrar en crisis y que puede recapitular. El episodio paroxístico de convulsiones que le sigue al aura no lo recuerda en absoluto, de ahí que se le denomine trance de ausencia.
Nuestro protagonista (Ricardo Darín) desuella y diseca animales en su casa para el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” en Buenos Aires. Escucha a Vivaldi mientras trabaja. Es minucioso y metódico. Vemos a su esposa detrás del vidrio esmerilado de la puerta tocando y gritando. La ignora y simplemente le sube al volumen. Deducimos que no están en buenos términos.
Llega al museo a entregar un zorro. Una serie de recepciones, esperas e ingresos a salas y más esperas nos dejan entrever que algo hay de tráfico ilegal relacionado con la caza furtiva, tanto de lo que recibe el museo como de ventas ilícitas que se realizan de los saldos en bodega. Se encuentra a Sontag (Alejandro Awada), un conocido de la infancia, cazador, que le provee de trofeos al museo.

Hacen fila en el área de cobro. Ingresan dos hombres de un blindado a entregar los sacos con la raya de los trabajadores. Le dice a Sontag sobre la posibilidad de robar ese dinero en tiempo y forma sin heridos. Éste le pregunta cómo. Ambos continúan exactamente en su lugar y alrededor suyo empieza un asalto mientras nuestro protagonista se lo narra. El despliegue de acción y movimientos de cámara son tanto o más perfectos que el asalto perfecto. Termina su fantasía y la escena retoma su curso real. Declina una invitación de Sontag a cazar. Llega a su casa y encuentra una nota de su esposa que lo abandona. Llama a Sontag para tomarle la palabra.

Viajan a los bosques del noroeste de la Patagonia y se alojan en una posada con cabañas administrada por la joven Diana Dietrich (Dolores Fonzi) y su hermano Julio (Nahuel Pérez Biscayart). Sontag renta un rifle para su compañero que rellena cadáveres de animales pero que no le gusta matar. Se adentran en el bosque y se topan con un ciervo, pero nuestro héroe pisa una rama que lo ahuyenta. El otro lo pierde en la mira y lo culpa de haberlo hecho a propósito. Lo insulta de cobarde y se retira disgustado. Aquí Sontag se nos revela de cuerpo entero. Es un miserable que tiene al otro como un perdedor, un mediocre, bueno para imaginar grandes acciones y a final de cuentas un pusilánime. Al parecer, el taxidermista está acostumbrado a que lo ninguneen. Con los años se ha curtido, pero no hay coraza que resista tanto. Toma esto como una afrenta y se echa a andar rifle en mano.

Se encuentra de nuevo con el ciervo, le apunta, empieza a escuchar el zumbido del aura y sufre una crisis epiléptica. Despierta con el ciervo cerca, se reincorpora, el ciervo huye, lo busca con la mira, el ciervo se mueve entre unas ramas, dispara y ve que un hombre cae muerto. Esta escena está montada magistralmente, de tal manera que quedamos con la duda de si él confundió al hombre con un ciervo o el hombre se interpuso repentinamente entre el instante que centró al ciervo en la retícula y el del gatillazo. Luego de no saber si emprender la fuga, decide acercarse al cadáver. Ve un jeep a escasos metros y una cabañuela cerrada. Al muerto le quita la cartera y el celular con el que se entera de su identidad. Es Carlos Dietrich, el esposo de Diana, y está vinculado a un hombre llamado Vega que asaltará la fábrica Cerro Verde al día siguiente. Regresa a las cabañas y Sontag está esperándolo para regresar a Buenos Aires. Su mujer está internada en un hospital después de intentar suicidarse. Le pregunta que si cazó algo. El taxidermista le dice que se queda.
En la mañana le pide prestada a Diana una camioneta, se dirige a Cerro Verde y presencia el asalto frente a la entrada. Parece un espectador invisible que presencia otra de sus fantasías, los asaltantes no parecen reparar en su presencia, tampoco los policías que llegan después. En palabras de Bielinsky: “Esta es una película sobre mirar, es una película sobre lo que significa ser espectador anónimo, como este personaje que no tiene nombre, y sobre cómo de un modo anónimo se puede meter en una historia que no es la de él. Es como el corte entre espectador e historia en la pantalla.”[ii]
Vega huye herido, el taxidermista le da alcance y, una vez muerto, le toma el pulso en el cuello y descubre un dije que es una llave. De vuelta a la cabañuela prueba la llave sin éxito y revisa otra vez el abrigo del cadáver y encuentra otras. Una la abre.


En las paredes hay croquis, notas y fotografías de lo que parece ser un plan para asaltar un blindado que transporta efectivo del casino-hotel Lauquen. Un plan tan perfecto que no tolera márgenes de atraso. Hay nombres, cifras de recaudación, fechas, horas y lugares, entre ellos El Edén, un local en la carretera en el que el blindado hace una parada. La expresión “tercer hombre” está escrito en varias notas. No sabemos qué significa. Tampoco él. Descubre un arma cargada detrás de un trofeo en la pared. Antes de partir se lleva unas fichas y una corbata del casino.

De regreso a la posada llegan dos hombres, Sosa (Pablo Cedrón) y Montero (Walter Reyno), preguntando por Carlos Dietrich. Vienen de muy lejos. Él los ve a hurtadillas. Se retiran.
Al día siguiente, se presenta encorbatado en el casino. Apuesta en la ruleta. A manera de tributo a una secuencia de Gilda (1946), se le acerca por atrás un tipo que lo conmina a tomar un trago. Es Urien (Jorge D’Elia), el dueño del casino. Se sientan y Urien le devuelve un frasco de antiepilépticos que le acaba de hurtar. Le pregunta dónde consiguió las fichas en desuso con las que sólo los clientes distinguidos apuestan. Balbucea, tarda en responder. Urien se levanta y le dice que lo siga. En la trastienda lo interroga. Los epilépticos desarrollan una memoria prodigiosa que tiene su explicación, menos convincente que tentativa, en el esfuerzo continuo de reconstruir no lo que sucedió durante el trance de ausencia sino en su preludio, el aura, que para algunos es un estado extasiante. Convence a Urien con unos cuantos nombres, un par de fechas y una cifra exacta de dinero. Urien le explica que Dietrich le debe mucho dinero y asaltará el casino para saldar la deuda. Urien cobrará al seguro. Ambos estimaron que habrá la utilidad más grande por tratarse del último fin de semana del casino. Los hoteles están a reventar de clientes asiduos.

Camino de vuelta visita El Edén. Parece una simple fonda. Lo atiende una mujer. Pide un café. Mientras se lo preparan, le saca plática a una niña que está dibujando. Ella tiene en la pared unos dibujos de un blindado y hombres armados. Habla de un tal Tío Ricardo que visita a mamá en los cuartitos de atrás. Es un prostíbulo.
Antes de llegar a la puerta de su cabaña, escucha el timbre del celular de Dietrich que lo había olvidado. Entra y están Sosa y Montero esperándolo. Lo conducen a un escampado. Montero lo interroga y el otro se encarga de golpearlo. Nuestro protagonista reacciona rápido haciéndose pasar por un socio de Dietrich. Les dice que lo está supliendo, que Dietrich desistió y le pasó el plan del atraco. Sin nada en mano, sólo su memoria fotográfica, les explica con detalle el trayecto del blindado, horarios y la suma que sustraerían. Llega Julio. Nuestro héroe continúa y dice que el blindado siempre hace una escala en El Edén porque uno de los custodios visita a su hija pequeña.

Montero está en sus cincuentas y tiene el temple más relajado. Quiere creerle a nuestro taxidermista. En cambio, Sosa es un joven desconfiado que no queda convencido y Montero le dice que si quiere matarlo que lo haga. Sosa lo pone de rodillas, le apunta el arma y Julio interviene diciendo que Dietrich sí le había hablado de un amigo de Buenos Aires que tal vez participaría, cosa que a nuestro protagonista le extraña. Los dos hombres le preguntan a Julio por qué no les había dicho antes. Los convence con unas cuantas argucias y Montero le pregunta a su compañero si ya terminó con la prueba -la de apuntarle a alguien y si se asusta y grita es que se trata de un impostor.

Le dice que no del todo, pero finalmente acuerdan emboscar el blindado en El Edén, mientras el taxidermista se iría al casino para verificar que el efectivo suba al blindado. Es sábado y el atraco es el lunes. De regreso, pasa cerca de la cabaña de Diana, ella se está desvistiendo y observa unos moretones en su espalda que nos dice todo sobre su relación con Dietrich.

El domingo ofrece llevar a Diana a misa en el pueblo. Le pregunta si tiene la licencia para manejar. Contesta que no, que es epiléptico. “¿Cómo es?”, pregunta ella. Le cuenta que, llegado a un momento, cuando empieza el aura “no hay opción, eres libre, no hay alternativa, te entregás”. De hecho, la película no es otra cosa que un relato de cómo se abandona a esta aventura sin contemplar otra posibilidad. Se adentra en un problema que a cada paso arriba a un punto de no retorno. Ella le cuenta que intentó una vez fugarse y Dietrich la encontró. Que nunca podrá escapar del lugar. De vuelta lo esperan Montero, Sosa y Julio para ir a El Edén a hacer un reconocimiento del lugar y afinar detalles.

Es lunes y se dirige al casino y los otros a El Edén a esperar el blindado. El plan sufre su primer contratiempo cuando se presenta en el casino y Urien le pregunta irritado dónde está Vega que lo reclutaron como guardia y recibió entrenamiento para fungir como el “tercer hombre”. Tenía la instrucción de matar al chofer y al segundo custodio a bordo. Acusa al taxidermista de no saber nada y se desmarca de seguir participando en la operación. Vemos cómo se esconde un guardia en la caja del blindado y es cuando entendemos que el “tercer hombre” es ese guardia extra que viaja de incógnito en la caja que sólo se abre por dentro debido a las grandes sumas de dinero.

Rápidamente intenta dirigirse a El Edén para advertir a los demás, pero sufre otro episodio epiléptico. Se despierta y cuando llega al lugar hay un tiroteo al que, otra vez, el emplazamiento de la cámara nos hace verlo como si todo sucediera, digamos, detrás de un cristal. Montero resulta herido, Sosa mata a dos guardias y el “tercer hombre” se encierra de nuevo en la caja herido de gravedad.

Nuestro protagonista los conduce a la cabañuela de Dietrich en la que están las herramientas para abrir el blindado. Una vez que lo verifican, Montero hace una seña y Sosa le descerraja un tiro a Julio en la frente. Por suerte, Sosa se queda sin balas. Conduce a nuestro héroe a la cabañuela por más munición. Mientras Sosa recarga su arma, aquél toma sigilosamente la pistola que había visto oculta detrás del trofeo y le dispara.

Sosa sale a guarecerse en el bosque. No alcanzó a darle. Tras rodear la cabañuela, el taxidermista se adentra en el bosque, rebasa la posición de Sosa, lo flanquea, lo avista recargando su arma y lo mata. Por fin nuestro héroe comete un asesinato con dolo, pero fue en defensa propia. Nunca alcanza la condición de criminal. Montero ha muerto y del blindado escurre mucha sangre. De vuelta a la posada busca a Diana y encuentra una nota para su hermano, escena similar a la que encuentra la nota de su esposa.
El aura reúne varias características del cine negro. Principalmente la ambición por hacer dinero fácil y rápido y el involucramiento con el hampa. También las complicaciones de un plan que se ramifica en circunstancias fallidas. Los personajes son grises, con pocas emociones. Esto y la atmósfera penumbrosa me remitieron a Justa venganza (Raw Deal, 1948) de Anthony Mann. Aunque Mann utilizó el blanco y negro, la paleta verde sin contraste en El aura y la iluminación plana, refleja esta atmósfera acorde con la adustez, lo cetrino, de los personajes. A Bielinsky no le interesó ahondar en psicologías. El protagonista es parco, un taciturno aficionado a la soledad. Los parlamentos, en general, son escuetos, crudos, libres de pompa. Otra vez, son diálogos reducidos al mínimo que acentúan la parquedad de nuestros personajes.

El protagonista parecería una válvula de violencia contenida que se topa con el detonador adecuado. Sabrá Dios si entrañe a un potencial sociópata que responde con una imaginación criminal a la humillación que sufrió por su carácter retraído. Definitivamente no se trata de un asesino. “Su cabeza tiene un funcionamiento infinitamente activo, más violento y concreto que sus actos”.[iii] Su condición de epiléptico le ofrece la facultad de imaginar vasta y detalladamente, lo que le imposibilita el acting-out, ese actuar impulsivo sin previa intencionalidad, sin programa, en suma, sin guion. Su imaginación no sólo antecede cualquier intención sino la posterga. “Siempre llega tarde a los asaltos”.
De un verdadero asesino podemos apreciar sus reacciones sin culpa cuando contrastamos sus crímenes con la serenidad con que se enfrenta al ser procesado. El taxidermista es un personaje domesticado que imagina un asalto sin muertos ni heridos. No está en terapia, pero confía ese asalto a Sontag. Su relación con la violencia no es tan obvia: desuella y diseca animales por encargo. Tiene siempre de cerca la inmolación. Está continuamente restaurando animales destazados por la caza, probablemente como método compensatorio a su imposibilidad de llevar a efecto el acto de matar. Y con el carácter que le ha forjado la epilepsia, ya tiene fría la sangre. El asalto al área de cobro quedará entretanto como mera ilusión hasta que el agravio de su amigo lo reta a disparar a un ciervo, pero mata a un hombre. A partir de este punto el protagonista se sabe en medio de un asesinato que bien podría pasar por imprudencial. Deja completos los rastros y no huye, tampoco da parte a la policía. Se propone investigar el historial delictivo de su víctima y así conocerse un poco más a sí mismo o tal vez para justificarse, dar con algunos motivos que lo absuelvan.
El guion no se sale del punto de vista del protagonista. Nosotros sabemos lo mismo que él, esto es, no sabemos nada de lo que inmediatamente sucederá. “No existe un momento en que él no esté, (…) Si él se desmaya, la película se desmaya, y cuando él vuelve, la película vuelve.”[iv] Sus decisiones están sujetas a circunstancias con gente desconocida en un lugar desconocido. “Lo que el personaje tiene es una fantasía de control. En toda la película se mueve en la distancia que va entre pensamiento y acción. Él no actúa, y ni siquiera actúa para meterse en lo que se mete, no es él el que toma las decisiones. (…) los avances que este tipo tiene son decididos por los demás. Es llevado a un viaje, es colocado en el bosque, le ponen un rifle en la mano”[v]. Su parsimonia verbal que puede levantar la misma suspicacia que la habladuría, y su inexpresión facial que simula total carencia de miedo, son connaturales en él y serán sus mejores credenciales para presentarse ante los facinerosos relacionados con su víctima, también prestos a matarlo.
Siempre anticipa, como si para él no existieran circunstancias nuevas. Responde con rapidez a las interpelaciones imprevistas de un interlocutor hábil en descubrir su impostura y matarlo. Lo fatal de ese estado de premonición sobre sí mismo puede ser la causa de que haya elegido la estabilidad que brinda estar atrapado en esa vida rutinaria, la que transcurre frente a la mirada sin vida de los animales disecados.
Bielinsky frustra inteligentemente cualquier interpretación más allá de lo que muestra al ponernos a dudar si todo fue otra fantasía del hombre sentado que mecánicamente trabaja mientras piensa. Vemos al final cómo se cierra de manera circular la historia cuando nuestro héroe no se ha transformado. A los hombres comunes pocas cosas les suceden. Vuelve a su casa a escuchar la misma música. Tanta calentura en la cabeza para regresar, si es que alguna vez salió o sólo estuvo escenificando en un diorama. Vimos sus acciones y vimos lo que es estar en sus zapatos cuando se le presenta la ocasión de no estar más en ellos, los de ese taxidermista rodeado de muertos que él no mataría, llenándoles el estómago de algodón y de ahí que lo que lo acompaña en su fantasía es un animal que sí lo mira: el perro lobo de Dietrich, tal vez la única prueba de que toda su aventura en la Patagonia fue real.

[i] Noriega, Gustavo. “Conversando sobre El aura”, entrevista a Fabián Bielinsky y Ricardo Darín. El Amante, 2005.
[ii] Noriega, Gustavo (idem)
[iii] Noriega (idem)
[iv] Noriega (idem)
[v] Noriega (idem)





