CINESCOPÍA/José Javier Coz
Michel Deville, director de esta película, estudió medicina. Este dato es relevante para quien vea Las confesiones del doctor Sachs (La maladie de Sachs, 1999), una de las 31 películas que ha dirigido de las cuales 21 las escribió. Esta cinta, su antepenúltima hasta el momento, está basada en la novela homónima de 1998, de Martin Winckler, pseudónimo de Marc Zaffran, médico argelino judío que emigró a Israel en 1961, luego a Francia en 1962 y, finalmente, a Quebec en 2009. Zaffran ejerció la medicina durante 25 años en los cuales hizo anotaciones clínicas, psicológicas y antropológicas sobre sus pacientes. Es autor de varios artículos y libros en los que criticó el sistema de salud en Francia, especialmente la atención desdeñosa a las mujeres, defendió el derecho de los pacientes a aceptar o rechazar un tratamiento y promovió la contracepción.

Las confesiones del doctor Sachs inicia con el joven médico general Bruno Sachs (Albert Dupontel) designado a un pueblo rural en el interior de Francia. Anteriormente, sus habitantes debían trasladarse hasta la ciudad de Lavigne a recibir atención médica. Le acondicionaron una escuela primaria en desuso para su consultorio. Tiene contratada a una secretaria, la señora Leblanc (Dominique Reymond), que extiende recetas cuando él está ausente, toma llamadas y agenda citas.

El doctor Sachs pronto se convierte en tema de conversación de los lugareños. Vive solo en una casa a la que va una señora a hacerle el quehacer. Les intriga su personalidad huraña, parca y solitaria, pero no tarda en llegarles las impresiones de sus primeros pacientes. Es diligente, siempre está dispuesto a recibir llamadas, en caso de una urgencia atiende en medio de otros pacientes agendados, les dispensa más tiempo de lo ordinario, escucha cosas personales ajenas o aparentemente ajenas a diagnósticos y tratamientos. Le llega un amplio espectro de gente de todas las edades, estratos sociales y temperamentos, con los más variados problemas de salud, desde una herida hasta un cuadro que no sabe a qué especialista derivarlo. Sin que se lo pidan, les hace a sus pacientes una consulta a domicilio durante o después de la convalecencia sin cobrar, cosa que incomoda a algunos, pero alega que es una simple visita de amigo. En estas visitas se comporta con la misma seriedad que en su consultorio.
Al doctor Sachs lo empujan dos principios que habría que apostillar en el juramento de Hipócrates: nunca dirá “ya no se puede hacer nada” por la simple razón de que siempre se puede hacer algo; y de una enfermedad nunca concluirá que es de origen psicosomático (“son sus nervios, señora”). Ambos fundamentos dejan esperanzas en una sociedad secular y atea, como es la de Francia, de estar mejor en lo que resta de vida o de prolongarla un poco más.

Sachs trabaja incansablemente. No se toma su profesión a la ligera. Abriga su vocación con una disciplina severa. Se pone a disposición incluso fuera de guardia si es necesario acudir a un hospital o a una casa. Se priva de tiempo libre y de sueño porque lo dedica a pasar en limpio y a articular observaciones de sus pacientes que tiene anotadas en retazos de papel, cuadernos y libretas varias y en una grabadora, y darles forma de diario en el que, de paso y para sorpresa del espectador, descarga su hartazgo de la mayoría de los que acuden a él y de los médicos del hospital de Lavigne.

Si hay algo que le molesta de los pacientes es que crean saber más que el médico. Y de sus colegas dice: “Los médicos son doctos, hacen discursos, pontifican, se creen muy importantes.” El doctor Sachs, sin saberlo y a pesar de que reniega de sus pacientes, ejerce la medicina como un apostolado. Curiosa pasión sin goce.
El hábito nocturno de transcribir es una válvula de escape en la que vierte los resultados de un trabajo que, además, no se da cuenta que no le gusta, incluso que parece aborrecer. Pero al día siguiente, cual soldado raso y leal -eso sí, después de un café- se reincorpora a la rutina que no es tal si tomamos en cuenta el universo disímil de anécdotas de sus pacientes. Sachs es de esos interlocutores que toman la palabra hasta que el paciente termina de hablar. Otra novedad que ha traído el joven doctor a este poblado y sus alrededores es que una vez habiendo tenido una consulta con él los pacientes se desviven por regresar. Su reserva despierta, además de confianza, la necesidad de hablar de cosas que no le han contado a nadie y que tienen la certeza de que no saldrán del consultorio. Los pacientes han tomado su disposición a escuchar como un consuelo, el que antes ofrecía el confesionario. Entonces se inventan cualquier pretexto, una recaída, una receta, otro malestar. Algunos le dicen abiertamente que sólo habían solicitado una cita porque les movía la necesidad imperante de hablar.

El título original –“La enfermedad de Sachs”- juega con la idea de que se nombra una enfermedad en honor al médico que la descubrió, nunca con el nombre del paciente con la que se describió. Estamos en las puertas del cambio de siglo, en el año 1999, y podríamos concluir que el diagnóstico común de los lugareños es la soledad, la enfermedad del siglo XXI según algunos pensadores, el Mal de Sachs.
Eventualmente practica abortos en una clínica en Lavigne. Ahí conoce a Pauline (Valérie Dréville) que se enamora de él, se le declara y Bruno le corresponde. Ella es redactora y se encargará de darle forma de libro a sus apuntes.

Los personajes de la película son básicamente dos: el doctor Sachs y el pueblo que desfila por su consultorio. La editora Andrea Sedláčková y la encargada de la continuidad Anne Wermelinger, hicieron un trabajo de montaje que economiza la procesión de pacientes. En el guion, la estructura y los tiempos armonizan con la dinámica de la atención médica del doctor Sachs. Un plano con el parlamento del doctor sentado en su escritorio es alternado con un contraplano de un paciente y enseguida regresamos al plano del doctor ligeramente modificado y de nuevo otro contraplano, pero con otro paciente, y así sucesivamente en varios momentos de la película. También se intercalan respuestas o desacuerdos con voz de pensamiento (voz diegética subjetiva o voz interior subjetiva) del doctor, de los pacientes y del chismorreo de los lugareños y voces en off de las abundantes llamadas telefónicas. En una de las escenas memorables de esta cinta, llega una señora (Christine Brücher) con su hija Annie. Ella es una madre aprehensiva, castrante, que agobia a su hija con demasiadas preocupaciones y chantajes y está obsesionada porque Annie no come (en realidad porque ha comido en casa de su padre). La escena de ellas en el consultorio es alternada con otra de la madre hablando por el celular con una amiga contándole su versión de la consulta. Deville cruza los diálogos de ambas escenas que las va alternando. El resultado es una narración económica de las escenas distanciadas en tiempo, pero sobrepuestas auditivamente. Una intercalación sonora que imprime simultaneidad a un presente y la posterior interpretación chismosa que hace la madre. El doctor media este conflicto, le recomienda un abogado a Annie y, contra la voluntad de su madre, logra irse a vivir con su padre.


Suman más de 50 actores que hicieron el papel de paciente. Con un solo plano de unos cuantos segundos, cada paciente deja un pincelazo que va completando el retrato del pueblo. Más que los vínculos fuera de la familia, es la idea que cada paciente guarda de sí mismo y de sus más allegados lo que va esbozando el temperamento colectivo, el padecimiento comunitario. Son tantos los personajes que la película le dedica más tiempo narrativo a unos cuantos. Ya mencionamos a Annie y su madre. Está Madame Destouches (Martin Sarcey), una señora mayor con problemas de várices en las piernas, que se opone a la petición de su hija y su yerno a que internen en un psiquiátrico al hijo que vive con ella que tiene problemas mentales y es alcohólico, conflicto que también el doctor mediará; el señor Deshoulières (Bernard Waver), ya mayor, cuya esposa está postrada en la cama esperando morir; un paciente (Jean-Claude Bourbault) cuya vida depende de una cirugía que rechaza; una mujer (Sandra Cheres) que está obsesivamente atormentada porque su amante es un hombre casado que resulta ser el doctor Boulle (François Clavier), el único internista en Lavigne; un paciente que busca un remedio para aliviar el escozor en su pene debido a que su mujer le pide sexo tres veces al día.

El argumento de esta película se podría resumir en un par de líneas. La acción se repite una y otra vez. Al final, no hay cambio alguno en nuestro protagonista. Ni ese amor correspondido de Pauline (Valérie Dréville) maleará el férreo destino marcado en el rostro de Bruno Sachs. Pesa más el retrato colectivo que la narración de la rutina diaria de un médico. llenas de protocolos forzosos con las preguntas de cajón de una primera cita y que son siempre las mismas, las exploraciones con pocas variaciones (palpación, auscultación, percusión, medición de la presión y de los latidos del corazón), las indicaciones terapéuticas o la derivación hacia un especialista. Pero es justamente en esas jornadas aparentemente monótonas cuando se asoman las sorpresas, algunas insólitas, por más irrelevantes y diminutas que puedan parecer a la luz de la medicina, de la literatura y del cine. Es la parte de la psique de cada paciente, su individualidad, lo impredecible en lo humano y la experiencia intransferible de cada persona. Aquí descansa el mayor valor de esta conmovedora película salpicada de instantáneas humorísticas finamente ideadas.

Para terminar, resumo una escena hilarante. El doctor y Pauline se reúnen diariamente en la terraza de un café antes de que él inicie su jornada y también de regreso, mientras ella se queda redactando el libro que compendia las observaciones de sus pacientes. Viviane (Nathalie Boutefeu), la mesera, está adentro hablando en la barra con el barista. Ella casi no voltea a ver a su compañero que no dice una sola palabra en la escena. Viviane empieza describiendo a la pareja que se ama, que son cariñosos, no tolera ver ni saber que existen personas que se quieran tanto, pero estará siempre atenta y procurará de ellos porque son su única esperanza de que algún día se enamore.




