A propósito del secuestro de Nicolás Maduro: apuntes cinematográficos II/II

Las acciones y coacciones que ha llevado a cabo en tiempos recientes el norteamericano presidente han dado pie para pensar en el género épico yanqui por antonomasia: el western. Más de un monero ha colocado al susodicho facho con una estrella al pecho, en la facha del sheriff. La caricatura no es desacertada, sin embargo, creo que el comportamiento de Trump se parece más al de un cuatrero cu… del KKK. Porque, al menos desde lo que nos deja ver el western, el sheriff tiene como propósito hacer valer la ley, y este alguacil hace valer su ley, la cual consiste simple y sencillamente en el uso de la fuerza y se traduce en robar a manos llenas en todos los continentes y abusar de propios, pero sobre todo de extraños. Sabe que no hay sheriff, ni local ni foráneo, que haga valer esos principios civilizatorios del pasado, esas leyes que hoy son letra muerta y que aparecen en documentos inútiles como la constitución de Estados Unidos, la carta de la ONU y el derecho internacional en su conjunto.

Uno de los pretextos favoritos de este delincuente es el combate al narcotráfico. Pero…

3. Réquiem por un sueño (Requiem for a Dream, 2000), de Darren Aronfsky presenta la sociedad norteamericana como una sociedad enferma, en la que la adicción es una constante condición. Lo mismo los jóvenes que los viejos han extraviado el sentido de sus vidas y mientras los primeros consumen drogas, los segundos viven alrededor de los perniciosos espectáculos que provee la televisión, la cual tiene en la publicidad de productos adictivos un privilegiado promotor. El paisaje es terrible; y no deja de ser significativo que esta película de hace 25 años ofrezca un espejo que no pierde vigencia.

El “legislador” Trump (pues, como anotamos párrafos arriba, su palabra es la ley) decretó que el narco es terrorismo. En su infinita ignorancia de seguro este término le sonaba más convincente que el otro. Y como el mundo es suyo, pues puede aplicar sus leyes donde y como se le antoje. Así, con el pretexto de combatir el narcotráfico ha agredido a quién le ha dado la gana, como nos consta por estos lares. Es por demás ridículo (si no fuera tan trágico) culpar a los otros de lo que es en principio su responsabilidad. Culpa a la sustancia y a los proveedores de las adicciones. ¿Sus conciudadanos son tan débiles, que no pueden resistirse a meterse lo que les pongan enfrente: lo mismo tabaco y alcohol que mariguana, cocaína o fentanilo? ¿Y los cárteles son exclusivamente conformados por extranjeros? ¿En su país no hay ninguno? ¿La droga se distribuye por paquetería? Lo cierto es que los adictos, abundantes, numerosos, copiosos, los sigue poniendo Estados Unidos, y donde hay demanda no dejará de haber oferta.

Algunos ingenuos pensaban que con el secuestro de Maduro volvería la democracia a Venezuela. La oposición esperaba la imposición de la belicosa ganadora del devaluado Nobel de la paz. Pero a Trump no le importa la democracia, no le importan los venezolanos, no le importan los latinoamericanos, no le importan los europeos y no le importan sus paisanos. Es una perogrullada señalar que a Trump sólo le importa Trump. Y en las borracheras de su ego, entre la abundancia de sus mentiras, a veces dice la verdad.

4. Al inicio de 2001. Odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) Stanley Kubrick presenta una extensa introducción en la que vemos el paisaje que ofrecía el planeta en la prehistoria, con paisajes amplios y límpidas atmósferas. En particular seguimos a algunos homínidos que conviven entre algunos roces violentos. Casi al final del episodio, mientras en la banda sonora retumba el glorioso poema sinfónico de Richard Wagner Así habló Zaratustra, un individuo descubre la capacidad destructora que puede tener un fémur al empuñarlo y golpear con él otros huesos. Más adelante golpea con él a un semejante; a la pelea se suman otros individuos, que golpean con singular delectación. Posteriormente uno de ellos lanza el hueso hacia arriba. Corte. Aparece una nave viajando por el espacio: estamos ante la que ha sido calificada como la elipsis “más larga” en la historia del cine.  

No es una exageración considerar las películas de Kubrick como documentos filosóficos. En esta película ofrece apuntes valiosos sobre la condición humana (diría que sobre su fundamento). Para empezar, la mencionada elipsis puede interpretarse como el salto que dio la especie en términos de progreso material. De los salvajes homínidos a los creadores de tecnología capaz de viajar por el cosmos. Habría que mencionar, sin embargo, otro elemento valioso presente en la cinta: el monolito. Éste se aparece lo mismo a los homínidos de la prehistoria que a los investigadores en la Luna y, al final, “se pavonea” frente a un moribundo. Yo interpreto que tanto la introducción como el monolito abonan en el mismo sentido: la humanidad no ha avanzado un ápice, realmente no ha progresado y hay cosas que no están al alcance de su entendimiento. El homo sapiens, como sus antepasados, se conduce como un salvaje que, por más civilización que haya inventado, sigue los principios elementales de la ley del más fuerte. El que tiene las armas (un fémur o unas cuantas centenas de bombas atómicas) hace valer su poder y sojuzga, somete o humilla siempre que puede (y siempre puede, siempre provoca situaciones pertinentes para poder mostrar su poder), lo cual constatamos hoy día en dos polos, comandados por los dos “Adolfos” (Trump y Netanyahu), que lo mismo invaden países, matan migrantes que llevan a cabo un genocidio. ¿En el fundamento de esta especie hay una cantidad de dignidad inversamente proporcional al miedo?

Trump concibe un abuso tras otro desde que se publicó una parte selecta de los archivos de su amigo Jeffrey Epstein. Al parecer sus abusos no dejan espacio para ventilar o seguir explorando el expediente de marras. Han sido un distractor útil y efectivo para que hoy se hable poco o nada de los secretos de su amigo o de las abyecciones de su otro amigo en Gaza. 

Desafortunadamente no hay muchas posibilidades de ponerle un alto a este criminal. Éstas pasan en mayor medida por el actuar doméstico. Cabría esperar una oposición creciente de la gente después del asesinato de Renee Good y las manifestaciones en Minneapolis. Difícilmente tendrá el impacto del Black Live Matters, pero el disgusto que dejan ver las manifestaciones va en aumento.

Acaso más efectivo, pero de más largo aliento y mayor amplitud geográfica, sería un boicot. En Estados Unidos no hay dios mayor que el dinero (como se puede deducir de la leyenda que aparece en los billetes que usan por allá: “en Dios nosotros confiamos”). Así, un boicot a nivel mundial haría que los capitalistas yanquis, los que verdaderamente ostentan el poder (porque en su círculo cercano Trump no tiene ningún contrapeso, no tiene asesores ni colaboradores, tiene groupies), pudieran ponerle un freno al cuatrero mayor.

Sé que es un tanto ingenuo, pero podríamos comenzar dejando de consumir productos estadounidenses, sacándole la vuelta a eventos millonarios como el superboul o no asistiendo a ese macro evento delincuencial: el mundial de futbol, organizado por ese cártel de cárteles que es la FIFA (y que, por su naturaleza delincuencial, se entiende tan bien con Trump).

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