El danés Lars von Trier dijo en alguna ocasión: “Me atrevo a pretender que conozco mejor Estados Unidos a través de las imágenes que escogen de ellos mismos para transmitir por los medios, que lo que los estadounidenses conocían Marruecos cuando filmaron Casablanca.” Me sumo al atrevimiento para hacer algunas observaciones a partir de algunas películas norteamericanas que he visto. Desde mi perspectiva, y con un afán generalizador difícilmente comprobable, diría de entrada que voluntaria, pero sobre todo involuntariamente, el cine estadounidense termina siendo un cine de propaganda. La RAE define este término como “acción y efecto de dar a conocer algo con el fin de atraer adeptos o compradores”.

Para la gente que hace cine por aquellas latitudes es claro que la rentabilidad es prioritaria; asimismo, incluso las cintas más osadas buscan atraer al espectador. Es decir, se piensa en mayor o menor medida en el “comprador”. Por otra parte, me parece inevitable que el arte termine por ir más allá del individuo o grupo que la produzca, por lo que me atrevo –otra vez– a observar que en las producciones que surgen de esas latitudes, lo mismo las industriales que las independientes, termina por ventilarse el imaginario que los estadounidenses se han inventado para sí mismos. Esto es apreciable, para mi gusto, en las películas más superficiales –categoría en la que cabe la inmensa mayoría del cine made in Hollywood– hasta las más profundas o críticas. Acaso sea una simplificación abusiva, pero si uno quiere saber quiénes son los habitantes de «America», es justo y necesario –aunque no suficiente, acepto– mirar su cine.

Sirva esta cuestionable introducción (para mayores precisiones sobre este asunto habría que consultar alguna “sesuda” indagación de la academia, esa industria tan rentable para sus militantes como pródiga en investigaciones inútiles) para hacer algunos apuntes oportunos y pertinentes para revisar algunos eventos que han acaparado el espacio noticioso estos días.

- Para empezar, me parece conveniente traer a cuento ese subgénero conocido como “cine de juzgados”. Abundan las producciones que tienen como escenario principal una sala judicial y, como protagonistas, jueces, abogados y acusados. En esta clase de películas cabría ubicar una ambición por escalecer conceptos que no siempre son sinónimos: corrección y justicia. En no pocas de ellas los alegatos se ventilan en diálogos que Platón miraría con sospecha, como reflejos, además, de su popular caverna (que, a su vez, cabría considerar como una metáfora automática y facilona del cine). Por ejemplo, 12 hombres en pugna (12 Angry Men, 1957) de Sidney Lumet se concentra en el intercambio de pareceres a partir de la “duda razonable”, pues en su afán de dejar en claro que lo que está en juego es la justicia no se escatiman argumentos más o menos sutiles. La decisión, es decir, la sentencia ha de ser bien razonada y bien sustentada, pues lo hace un país que se cree adalid de la justicia. Aunque luego, claro, la realidad desmiente en tres patadas tan sesudas deliberaciones, y nos encontramos con que los culpables son indultados… o llegan a la presidencia.

Si no fuera porque es tan mortífero, Trump sería un payaso involuntariamente gracioso. Diagnosticarlo es más asunto de la psiquiatría que de la politología. En su infinita vanidad, egolatría, en su inocultable imbecilidad, no duda en llenarse la boca (ésa que hace mímicas torcidas, como tanto actor hollywoodense), de calificar de ilegales a los que quiere perjudicar (que a estas alturas del partido es casi toda la humanidad); llega incluso a tildar a Nicolás Maduro de “dictador ilegal”, como si hubiera dictadores legales (bueno, acaso estaba pensando en él, que se sabe dictador, aunque cree que él es “legal”). El país que promociona en su cine la legalidad tiene como líder supremo, como emperador del infinito y más allá, a un hombre que no respeta la ley, ni la doméstica ni la internacional. En los últimos meses Trump se ha convertido en un pirata de Caribe (que no tiene la gracia del otro), en un asesino serial: lo mismo de tripulantes de lanchas que él dice que transportan drogas, que de civiles bombardeados en Caracas. No creo que lo veamos en un juicio. Como acusado, por supuesto, Y de ser así, dudo mucho que algún jurado tenga el valor de condenarlo. El cine de juzgados, así, pasa de pertenecer al drama para insertarse en la fantasía.

- En El reino (The Kingdom, 2007) de Peter Berg somos testigos de la fenomenal incursión de un equipo de norteamericanos (no me acuerdo y no me importa de cuál organización criminal: lo mismo da la CIA que el FBI, ¿no?) en un peligroso país del Medio Oriente (que podría ser cualquiera, alguno que fue socio y ahora es enemigo del imperio: el país corrupto y terrorista de hoy puede ser el malo de mañana o al revés). El equipo ingresa en el barrio más peligroso de la ciudad más peligrosa, donde viven los terroristas más terroríficos. En los enfrentamientos que tienen los invasores dejan un reguero de cadáveres (en lo cual los norteamericanos tienen una inveterada práctica). En la refriega muere un agente yanqui. Pero… como es habitual en la industria norteamericana, antes de llegar a las salas las películas se proyectan a espectadores escogidos (el target al que está destinada la producción, la clientela potencial pues) para ver sus reacciones. Al terminar la proyección de El reino el público manifestó su malestar por la muerte… del agente yanqui. ¿Qué hizo la productora? Modificar la película: en la versión final, la que se exhibió comercialmente, no muere ningún norteamericano.

Con este antecedente, además de las versiones que no han dejado de surgir después del secuestro de Nicolás Maduro (que parece una puesta en escena que trae a la mente algunos acuerdos y algunas traiciones al estilo Shakespeare), no es de extrañar que Estados Unidos no haya reportado ningún muerto en el evento de marras. Es más, el que no hubiera ningún muerto yanqui forma parte del guion. Al público norteamericano (que, para estos propósitos es toda la población) “le puede” más la muerte de uno de los suyos mientras es indiferente a las decenas de cadáveres que su país produce (porque previamente le han dicho, y se lo ha creído, que merecen esa suerte porque son malos), como ilustra lo que sucedió con El reino, ¿qué otra cosa cabía esperar?
Al final de la película uno de los sobrevivientes del “lado terrorista” envía el mensaje más importante: al paso que vamos, terminarán por entrematarse todos. El mensaje es valioso, pero desechable, pues lo que acabamos de ver es que sólo hay muertos de un lado. Cualquier similitud con los hechos que hoy acaparan los encabezados de la prensa mundial no es mera coincidencia.





