¿Qué es una buena película? V

Los textos que conforman ésta, la quinta entrega de la serie, coinciden en subrayar el peso fundamental de la emoción en la valoración y rememoración de una película. Como puede apreciarse, son convincentes; y mejor, emocionantes: hoy cinexcepcion.mx está de manteles largos.

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Alfonso Casas, guionista y maestro, 50 años

Cuando me gusta una película significa normalmente que conecté con ella emocionalmente. No es un proceso necesariamente racional ni tiene que ver con la calidad de la cinta. Tampoco implica que le vaya a gustar a todas las personas, pues yo pertenezco a un segmento del mercado en concreto y mis gustos y preferencias no son universales, ni más importantes a los de cualquiera.

Ahora, si se habla de medir los méritos o la calidad de una película, las cosas cambian bastante. Por ejemplo, podemos establecer el éxito de una cinta por la relación entre costo y dinero recaudado en sus exhibiciones, lo que no necesariamente implica que sólo las películas que obtienen más de 200 millones de dólares en taquilla son las mejores o más rentables, pues muchas cuestan eso o un poco más si se toma en cuenta la publicidad invertida en ellas y el resultado final arroja pérdidas o ganancias pobres. Otros trabajos, como, por ejemplo, el de Woody Allen, rara vez supera los 30 millones de dólares, pero su costo no sobrepasa los diez millones, haciéndolo un director rentable y una buena opción para invertir en él no sólo por lo monetario sino por el prestigio que puede otorgar, otro elemento para dar valor al trabajo (en México se podría poner de ejemplo a Reygadas como cineasta exitoso en este tipo de esquemas).

Los premios y presencia en festivales de cine no hacen que una película sea de calidad, pero ayudan a darle una publicidad y notoriedad importante que puede traducirse en taquilla para un público específico.

Otros elementos para medir la calidad de una película pueden establecerse por sus valores de producción, originalidad, narrativa, etcétera.

Por último y no menos importante, la trascendencia de una película puede radicar en sus aportaciones al género, al lenguaje audiovisual y a atrapar la imaginación del público, abriendo caminos y nuevos conceptos que seguir para los futuros realizadores. Es decir, una cinta puede  fracasar en taquilla pero influir en el trabajo de los futuros cineastas.

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José Israel Carranza, escritor, 44 años

Qué es una buena película

Hay, desde luego, una dificultad epistemológica si se trata de responder a esta pregunta sin antes hacer el deslinde entre el propio juicio y la connotación canónica del adjetivo buena: lo que a mí me parece bueno no tiene por qué significar que sea bueno para alguien más. Tenida en cuenta esa obviedad, hay que admitir otra: la respuesta que se dé podrá servir para comenzar una discusión (sabrosa quizás, o amarga probablemente: en todo caso ociosa), pero carecerá siempre de utilidad fuera del ámbito de mi propia incumbencia: yo sabré, y eso será suficiente. Por lo demás, por necia que pueda parecer, es una pregunta necesaria —lo mismo: para uno, y nada más que para uno— porque eludirla significa cancelar el desarrollo del propio criterio, y no hay quien carezca de criterio, por burdo o exquisito que éste sea. Todos sabemos qué es una buena película, aunque jamás podamos ponernos de acuerdo.

Para mí —y el hecho de que aborde la cuestión hasta este párrafo es señal de que las declaraciones de esta índole son intimidantes, pues ya se ve cómo nacen para ser rebatidas de inmediato; dicho de otro modo, porque al soltarlas uno automáticamente se pone de pechito—, una buena película es la que ya va siendo memorable antes de que se termine de verla. Uno lo intuye, o bien lo sabe ya claramente: aquello que está presenciando ha sido tan inesperado y tan fascinante que quedará en el recuerdo por mucho tiempo, o quizás para siempre. Lo inesperado y lo fascinante, en mi caso, se resuelve por lo general en la ocurrencia de una conmoción: esos momentos en que quedo con la boca abierta, radicalmente feliz o radicalmente desdichado, sin poder creer lo que estoy viendo y sin embargo creyéndolo por completo —quiero decir: entregado del todo a lo que sucede en la pantalla, omitido así del mundo que hay fuera de ella, y a la vez atónito porque eso que me pasa esté pasándome.

Una buena película, entonces, es la que me ha conmovido de un modo imborrable, y si ello se refrenda la siguiente vez que la vea, y todas las otras veces que la vea, es seguro que no me equivoqué. Doy dos ejemplos —y aquí quedo al borde del precipicio de la polémica, pero soy muy inepto para estos desafíos y no voy a dar el salto—, procedentes de mis dos películas favoritas (y que no sólo son buenas, sino las mejores del universo). Uno tiene lugar cuando Sam Ace Rothstein (Robert De Niro) descubre, al otro lado de la mesa de los dados, en el hotel de Las Vegas que regentea, a Ginger McKenna (Sharon Stone), y la visión condensa la maravilla y la atrocidad que el encuentro representará en las vidas de ambos. El otro momento es aquel en que Aurelio Gómez (Julio Aldama), luego de haber probado suerte en la vida citadina que debía ser la suya —pues de allá venía, allá tenía que regresar, pero fracasó y renunció a ella—, vuelve a su vida de capitán de bote pesquero, y a los amigos, y al auténtico amor, y al café fresco y a la brisa del mar, y da una palmada sobre un tiburón tirado en el muelle y con una risotada le avisa: «¡Ya estoy aquí, desgraciado!». ¿Qué es una buena película? Una película en la que me pase lo que siempre me pasa cuando veo Casino (Martin Scorsese, 1995) y cuando veo Tiburoneros (Luis Alcoriza, 1963). Y nada menos.

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Miguel Cedeño, realizador audiovisual y educador, 26 años

Parece romántico, pero una buena película es la que te emociona. Y emociona por dos razones. La primera, cuando el lenguaje audiovisual se pone a las órdenes de la historia. Un plano, un emplazamiento de cámara, un montaje vertiginoso que te transmiten el estado mental y físico del personaje, muchas veces sin ser necesario pronunciar una sola palabra. “La magia del cine”, pues, que no es poca cosa ni es nada fácil. La segunda, cuando la película habla de uno. Esto no significa que en la cinta se represente tu vida o un personaje como tú, sino que la historia habla de algo que eres. Cuando al ver un personaje tan distinto –en apariencia–, te conmueves porque lo que ves en la pantalla se conecta con un recuerdo o una emoción que en efecto tú ya viviste previamente. Cuando voy al cine, voy con la esperanza de encontrarme con esta experiencia. No basta que la cinta sea “perfecta” en términos de lo que en teoría es una buena película –dentro de los parámetros del cine clásico o del contemporáneo, dictados por el campo estético o la industria–, sino que ver una película sea una experiencia sensorial, que despierte en mí emociones y sensaciones que había olvidado.

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