La forma del agua : hermosa monstruosidad

La forma del agua (The Shape of Water, 2017), la más reciente entrega de Guillermo del Toro, cumple con creces con las expectativas que han generado los premios obtenidos (y los que faltan), entre ellos acaso el más importante: el León de oro veneciano. La cinta es una especie de summa de los temas y las tramas de la filmografía previa del realizador tapatío; asimismo, se abre y crece en nuevas direcciones, y mientras hace un elogio de la diferencia y las maravillas del amor también emprende una crítica a lo más rancio de Estados Unidos.

El guión, escrito por del Toro y Vanessa Taylor (sobre una historia del primero), nos lleva a los años sesenta del siglo anterior, en momentos álgidos de la Guerra Fría, y acompaña a Elisa Esposito (Sally Hawkins). Ella es muda, vive en la parte alta de una sala de cine y trabaja como afanadora en un laboratorio gubernamental. Por allá va a dar un ser capturado en Sudamérica (en créditos se alude a él como “Hombre anfibio” y es interpretado por Doug Jones, quien a menudo trabaja con del Toro bajo una capa copiosa de maquillaje, como El fauno de El laberinto del fauno (2006) y Abe Sapiens en Hellboy). El “monstruo” es maltratado y Elisa descubre que puede comunicarse con él. Entre ambos surge un vínculo cercano a la amistad; posteriormente hay algo más fuerte. Y decide salvarlo…

Para no variar, del Toro hace gala de un sutil pero provechoso uso de la cámara. Ésta, en movimiento permanente, nos acerca a los personajes y funciona como herramienta de descubrimiento, dirige la atención y contribuye a generar un ritmo apacible; en todo momento se suma a la generación de la emoción. La puesta en cámara es prodigiosa: no sólo porque construye una época de forma convincente, sino porque materializa espacios sorprendentes, matiza formas de ser y clases sociales y, primordialmente, emociones. El ritmo se asemeja a un latido, baja y sube, se sobresalta y se aplaca. La banda sonora alberga un narrador y atmósferas que van del realismo a la fantasía; las músicas subrayan y hacen audible el caudal emocional de los personajes.

El dispositivo es pertinente para construir una historia original, una cinta muy personal. Del Toro concibe un dispositivo inteligente en el que conviven con naturalidad la crudeza de una época álgida y las maravillas de la fantasía atemporal. Para comenzar, con la presencia de un narrador, que sólo aparece al principio y al final y alcanza para hacer que el relato sea subjetivo. Así el autor puede “jugar” libremente con lo sobrenatural y lo que realmente pudo haber sucedido: porque todo es endosable a una perspectiva –y el narrador puede mentirnos–, y el final, por ejemplo, puede leerse como una libre especulación suya (que uno, sin dudarlo, abraza). La historia nos recuerda los prodigios que subsisten en el margen: la maravilla está en la diferencia. Asimismo, subraya que tomar riesgos es uno de los valores que definen lo humano. Visualizar al otro, comunicarse con el diferente, es –en los sesenta como ahora– un riesgo. Y al correrlo se tienden puentes con lo excepcional y uno se hace humano. Así construye críticas valiosas al racismo, a la homofobia, a la xenofobia.

El primero en tomar riesgos es del Toro. En La forma del agua se aleja del pudor que a menudo habita sus cintas y no duda en registrar la desnudez, incluso el coito. Exhibe la mezquindad que cabe en asuntos de gobierno, el desinterés a la vida y lo excepcional –lo mismo en norteamericanos que en rusos– y propone funcionarios violentos que son desechables; un norteamericano, el malo de la película, es además adicto. Tratándose de una coproducción de Estados Unidos y Canadá, hace una crítica frontal a uno y otro.

La forma del agua regresa a procedimientos y personajes que habitan la galería de del Toro. Así sucede con el humor, que aligera diversos pasajes de la cinta (en otros el chiste es predecible, particularmente cuando aparece el bufonesco personaje que interpreta Octavia Spencer); con la paleta de colores, que va del verde fantástico al azul hostil (como sucede en El laberinto del fauno, por ejemplo); con la guía de un narrador que arranca el asunto por medio de una pregunta (“¿Qué es un fantasma?”, se escuchaba al inicio de El espinazo del diablo (2001); “¿Qué hace a un hombre?”, al inicio de Hellboy); ni hablar del monstruo de La forma del agua, que es casi una importación de Hellboy; hacia el final hay un plano similar al que aparece en el mismo momento de El laberinto del fauno (¿cabría hacer una interpretación similar (el amor y el sacrificio hacen a una mujer)? Yo diría que sí); el villano se parece al de Cronos (1993), sin humor, eso sí. Ahora Del Toro hace un memorable homenaje al cine. No es gratuito que Elisa viva en la parte alta de un cine, que en una escena memorable aparezca la fascinación dentro de la sala oscura. Con ánimo nostálgico, además, revisa la programación de la televisión sesentera, que fue vista más allá de Estados Unidos. Comentarios aparte merece la visita al habitualmente empalagoso cine musical: Del Toro propone un pasaje por este género –que nació para la felicidad, como señala otro Guillermo: Cabrera Infante– y lo filma con maestría: con emplazamientos de cámara sensacionales; se diría que de forma fantástica. El gran asunto –en la cinta, en la filmografía del cineasta, ¿en la vida?– es el amor. (Ocuparse de este asunto es, acaso, el mayor riesgo.) Éste es el puente que permite no sólo la comunicación y la visualización, sino la comunión con el otro; el amor hace posible el sacrificio, pero también dar vida. La forma de filmarlo, de narrarlo, es una de las principales virtudes de la cinta.

La primera parte de La forma del agua tiene sus bemoles (incluso se presenta más de un asunto en el que la verosimilitud se pone en juego), y el uso de la música resulta excesivo, como si por medio de la banda sonora se buscara establecer el tono y empujar la emoción que no termina de habitar la historia. Pero una vez que la cinta despega, no hay lugar para los reproches. Incluso el desliz al musical es un prodigio, y cuando los créditos comienzan a circular no hay forma de reprimir los suspiros, los sollozos. La forma de la película y la forma del amor según Del Toro son memorables: el amor es una hermosa monstruosidad. ¡Qué maravilla!

 

Candidez y persuasión

Cuando veo las películas de Andrei Tarkovski me dan ganas de creer. Cuando veo algunas películas que tienen al amor como asunto me gana la emoción y estoy dispuesto a tomar en cuenta definiciones de las que sospecho o me parecen falsas. Así sucedió con En cuerpo y alma (Teströl és lélekröl, 2017) de Ildikó Enyedi, ganadora del Oso de oro en Berlín y, ahora, con La forma del agua. Tanto en del Toro como en Tarkovski percibo cierta candidez, dicho esto sin ánimo peyorativo: más bien al contrario. En ambos la capacidad de persuasión es tan grande como la maestría técnica y narrativa. Eso sí, poco tiempo después de la proyección se me pasan las ganas de creer; se extingue la belleza y perdura la monstruosidad del amor.

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