Atrapa la bandera con un afán servil

Las películas de animación nominadas en la más reciente entrega del Óscar tienen, entre otras virtudes, la de (re)presentar el amplio abanico que ofrece hoy día este campo cinematográfico. Diversidad de técnicas –todas maravillosas– sirven para impulsar propuestas que lo mismo caben en la fantasía que en el realismo, que exploran la mente infantil (IntensaMente; El niño y el mundo) pero también las contrariedades de la vida adulta (Anomalisa). El cine de animación ha alcanzado estándares y alturas que van más allá de lo que Walt Disney imaginó en los terrenos narrativos y Norman McLaren esbozó en la experimentación. Por eso sorprende y decepciona que en algunos países se siga apostando por historias y técnicas que saben a rancio. Es el caso de Una familia espacial (Atrapa la bandera, 20145), producción española dirigida por Enrique Gato. Como la mayor parte de los realizadores de largometrajes animados en México y otros países, Gato –también responsable de Las aventuras de Tadeo Jones– parece contentarse con que su película exista, y por ello recicla temáticas y estilos que son una vil emulación de lo que se hacía en Estados Unidos diez años atrás. Con un trasfondo y un asunto que, además, tienen a ese país como modelo.

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Una familia espacial sigue las aventuras de Mike Goldwing, un chamaco de 12 años cuyo abuelo y padre son astronautas. El primero vive frustrado porque quedó fuera del viaje a la Luna de 1969; el segundo se prepara para una próxima misión de la NASA; entre ambos hay una relación distante. Todo hace pensar que la NASA no irá en un futuro cercano a la Luna. Pero la irrupción de un presuntuoso junior (que hace ver que la misión sesentera fue una puesta en escena dirigida por Stanley Kubrick, como se ha rumorado desde aquellos entonces) precipita los planes y una nueva misión inicia con protagonistas inesperados.

Gato propone una animación y un diseño coloridos que en general parecen bastante conservadores. Si a menudo aquí hay un campo para jugar con formas y proporciones, Una familia espacial no ofrece nada especial. Este marco es pertinente para empujar una convencional historia de familia (porque, según nos dicen, “la familia es lo más importante”) que regresa sobre el conocido conflicto entre padre e hijo. Aquí se abre una veta de incorrección, pero es pronto abandonada: el padre culpa a su hijo por lo que no pudo hacer, y un progenitor que así procede no tiene más remedio que el aislamiento y la distancia de aquél al que responsabiliza por su fracaso: ¡qué poco padre! Pero la vida, por lo menos según Hollywood, brinda segundas oportunidades para los que saben esperar o son favorecidos por el azar. Porque aquí todo huele, sabe y se ve como en la Meca del cine, con su falsedad reduccionista y su reglamentario ánimo buena onda.

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Se entiende que la producción tiene en mente el mercado norteamericano, pero de ahí a atrapar la bandera y hacerla suya (como sugiere el título original y acontece en la cinta) parece un gesto más servil que mercantil. Y cuando se nos recuerda que la misión se hizo en nombre de toda la humanidad, ¿cuál bandera crees que aparece? Este afán redunda en una falta de identidad, hace que la cinta apenas sacuda la indiferencia, transite por la grisura, que sea bastante predecible, que deje la sensación de déjà vu… y de vacío.

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