Assassin’s Creed : un credo vacío

¿Cuál es el atractivo de un videojuego? ¿Cuál es el atractivo narrativo de un videojuego? ¿Puede ser la historia el mayor atractivo de un videojuego? No hay una sola respuesta para ninguna de estas preguntas, pero lo cierto es que la interactividad de algunos videojuegos pasa de manera importante por la narrativa (y así ponen al día aquel viejo experimento de museo en el que la historia se modifica en función de las decisiones del jugador). Para lo que sí tenemos una respuesta es para la evaluación de las películas inspiradas en videojuegos: rara vez rebasan la mediocridad. Es el caso de Assassin’s Creed (2016), que se inspira en el juego homónimo y cuyo encanto acaba muy pero muy temprano.

Assassin’s Creed es una producción de Reino Unido, Francia, Hong Kong y Estados Unidos y es el tercer y más reciente largometraje del australiano Justin Kurzel. El argumento recoge las contrariedades de Cal Lynch (Michael Fassbender), un joven descendiente de Aguilar. Éste es un guerrero español del siglo XV. Son tiempos de Inquisición, y según nos cuenta el cuento peleaban por el poder Templarios y Asesinos. Aguilar es un artífice de los segundos, y revive en el presente –gracias al programa de realidad virtual desarrollado por Sofía (Marion Cotillard)– en la piel de Cal. Su objetivo es recuperar “la manzana”, en la que se concentra la sabiduría universal. La búsqueda revivirá hartos conflictos pasados y generará algunos en el presente.

Kurzel había entregado buenas cuentas en Macbeth (2015), su largo anterior; en él escenificaba y registraba con solvencia los conflictos planteados en la pieza de Shakespeare. El origen cuenta, y aquí lo vemos. En Assassin’s Creed tiene un pretexto para la acción más que un drama para examinar el alma humana. Acompaña a un personaje que es un pelele de principio a fin, incapaz de pensar y decidir por sí mismo. Esto no sería tan grave –igual y Cal es un individuo ejemplar de la masa moderna– si al menos hubiera una historia que se sostuviera. Pero lo que sucede es irrelevante y no genera mayor emoción. Para empezar, porque Kurzel muestra deficiencias artesanales (su registro de la acción es confuso y soso) y no consigue darle densidad ni a sus personajes (y eso que tiene en los roles principales a dos grandes actores, los mismos con los que contó en Macbeth), ni al enfrentamiento que nos remite al inicio de la vida. Al final resulta irritante que una cinta con tanta acción apenas sacuda la indiferencia. Tanto espectáculo, efecto especial y pelea es, desde hace tiempo, un credo vacío, pero es el credo en el que Hollywood no deja de creer.

En conclusión: Kurzel entrega una cinta vacía (como la mayor parte de las cintas inspiradas en videojuegos, dicho sea de paso) que hace un ridículo comentario sobre el manejo del poder en la actualidad. En algún momento incluso parece hacer publicidad a una conocida marca de gadgets y se emula la presentación de las novedades al estilo Steve Jobs. Lo peor del caso es que se siembra una posible secuela.

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