Asombrosamente demencial

Hace mucho tiempo y muchas películas que no me emocionaba tanto en una sala de cine. Hace muchas películas de acción que no veía una con tanto punch, una que reservara emociones y sorpresas constantes a lo largo de sus dos horas de duración. Max y Mad Max están de vuelta, y el tiempo ha servido para rejuvenecerlos: después del postapocalípsis de la franquicia original son más veloces, más audaces. Así las cosas, la euforia del que eso vio y esto escribe, es natural.

Mad Max: Furia en la carretera (Mad Max; Fury Road, 2015) es la más reciente entrega del australiano George Miller, quien fuera el padre de las tres entregas de la saga Mad Max –que apareció entre 1979 y 1985– y que desde hace casi veinte años se entretiene con diversa fortuna animando animalitos parlanchines, como el cerdito Babe (Babe, el puerquito va a la ciudad, 1998) y el pingüinito bailarín de las dos entregas de Happy Feet (2006 y 2011). Ahora regresa a los terrenos donde mejores resultados ha dado y acompaña al ex policía Max (Tom Hardy) en un universo decadente y estridente, un universo analógico, mecánico, habitado por automóviles y camiones reconstruidos que son conducidos por hordas de violentos fanáticos. El aporreado Max, que es asolado por los vivos y por sus muertos (que le reclaman por no haberlos salvado), es hecho prisionero y destinado a proveer órganos y sangre a sus captores. Un giro en el destino provoca que termine haciendo equipo con Imperator Furiosa (Charlize Theron). La sobrevivencia es la prioridad de ambos… y de todos.

mad max 1

Desde el primer minuto, Miller propone una puesta en cámara asombrosa, con emplazamientos en posiciones insólitas y a menudo en movimiento, con vehículos en plena carrera. Estos, que reservan abundantes –en verdad, abundantes– imágenes prodigiosas, sirven principalmente para alimentar el pretexto constante de la cinta: la cacería humana, que se materializa en largas y sobrecogedoras persecuciones ubicadas en paisajes desérticos y que, colocadas una tras otra, apenas dan reposo. El australiano registra la acción con solvencia y elegancia, e imprime un ritmo frenético que se mantiene con brío hasta el final. En la ruta deja ver una puesta en escena digna del mejor terror: inspirados lo mismo en el punk que en cultos satánicos y otras modas estrafalarias, maquillajes y vestuarios contribuyen a dar visibilidad a una humanidad que en la opulencia o la pobreza ofrece un aterrador rostro miserable. El paisaje no estaría completo sin la música, tanto el score como la que se ejecuta en escena (guitarra y percusiones), que también tienen un punch formidable.

Las maravillas de esta estrategia se suman para empujar una historia que exhibe el escenario de las desigualdades sociales y los fanatismos en un futuro que tiene demasiadas semejanzas con el presente como para pensar que está muy lejano. En él llama la atención que el abuso de los que tienen el poder económico (y que si están arriba en la escala social también lo están geográficamente: viven arriba, y el ascenso está prohibido a la masa menesterosa) se sustenta en el control del agua y la salud, en la concentración de los recursos para la movilidad y la alimentación. Lo único seguro para el futuro, según podemos inferir, es el incremento de la desigualdad, la escasez de recursos para las mayorías por el acaparamiento de las élites: las guerras por el agua, la gasolina y los alimentos, así, habrán de ser el statu quo. Como Cuarón en Gravedad (Gravity, 2013), Miller muestra que si hay algún tipo de esperanza, ésta está en las manos de la mujer (y la protagonista de este Mad Max es manca), mientras el hombre contribuye más haciéndose a un lado. Max dice que “la esperanza es un error”, pero su comportamiento y los empeños de Imperator Furiosa lo contradicen y añaden un “no” a la frase, que se convierte en el mensaje, el tema de la cinta: “la esperanza no es un error”. Se diría que ni siquiera es una opción, sería una obligación; acaso una condición necesaria para redimirse.

Mad Max 2

Al final abundan las razones para la celebración. Miller entiende que la fuerza de un asunto en pantalla está en la emoción que lo empuje –renglón en el que es generoso– y la aventura y el universo que monta para ello son de una potencia extraordinaria. Así pues, luego de un reinicio como éste, no queda sino esperar con impaciencia las secuelas que han de venir.

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