Algunos meses atrás asistí a una reunión en cuya concurrencia había muchos cinéfilos. El asunto que alimentó las conversaciones que sostuve con ellos fue, previsiblemente, el cine. Invariablemente los comentarios sobre tal o cual película comenzaban y terminaban en los actores principales de la misma; en algunos casos incluso éste era el pretexto para revisar la filmografía de los susodichos. Traté de llevar la conversación, en más de una ocasión, hacia los directores o los temas de las cintas, con discretos resultados. Al hacer un balance de la jornada, caí en la cuenta de que no recordaba haber hablado tanto, como ese día, de un tema que no me resulta particularmente interesante ni mucho menos apasionante: de actores. Me pregunté entonces, y trato de responder ahora, por qué si el cine, según David Bordwell, provee por lo menos 15 elementos para el análisis, la atención se concentra alrededor de lo más superficial –porque están en la parte superior de la superficie, valga la redundancia–, como son los actores. (No dejo de percibir con sospecha a personas que no sólo se supone que saben de cine, sino que de alguna manera viven de él, que el primer comentario que hacen para descalificar una película sea: “mal actuada”. Ahora que, como estamos viendo con Emilia Pérez (2024) de Jacques Audiard, ni siquiera es necesario ver la película para endilgarle una descalificación o un insulto.)

Por supuesto que en buena medida la responsabilidad de privilegiar a los actores la tiene Hollywood, quien (mal)educa a la mayor parte de los espectadores del mundo. Y por allá se instaló desde muy temprano la cultura del star system, en el que los actores son las estrellas. (Este sistema, dicho sea de paso, obedece en buena medida a la tendencia norteamericana de condensar en individuos concretos procesos que son colectivos, como la historia y la política.) Así, es natural que de acuerdo con el desempeño de los actores –y a veces ni eso, sino de la robustez del personaje al que dan vida: he constatado constantemente que la frontera entre actor y personaje no siempre está clara para muchos espectadores– se haga la valoración de una película. Entiendo que la presencia de tal o cual actor o actriz en el reparto pueda ser decisiva para ver una película, pero me resulta más difícil comprender que una película sea buena porque el histrión o la histriona de marras tuvieron un buen desempeño (suponiendo, además, que quien hace la valoración de esta forma tenga claro en qué consiste ese buen desempeño).

Francisco González Crussí, quien ha dado amenidad y profundidad a asuntos de origen médico en brillantes ensayos literarios, reflexiona en Sobre las cosas vistas, no vistas y mal vistas acerca de cómo puede influir el título en lo que terminamos por ver en un cuadro (y en una película, me permito hacer una añadidura). Cabría preguntarse la consecuencia de esto al alterar los títulos originales de las películas, como a menudo sucede con las cintas que nos llegan. Más significativos, me parece, resultan sus apuntes sobre lo determinante que es la formación del que ve sobre lo que termina por mirar. (Me resulta significativo que en francés se haga una diferencia entre ver y mirar con relación a la fuente de lo que se ve o se mira: vemos cine, miramos televisión.)

En el caso de la medicina, por ejemplo, quienes han estudiado carreras relacionadas con esta disciplina y tienen conocimientos sobre anatomía o fisiología (o al menos eso esperamos al poner nuestra salud en las manos de los médicos) vean algo diferente en los síntomas de una enfermedad, por ejemplo, que alguien que ignora el funcionamiento básico del cuerpo. En más de una ocasión González Crussí hace precisiones al respecto, las cuales se condensan en dos frases bastante iluminadoras: “Lo que vemos en el mundo depende de nuestros deseos, esperanzas, actitudes fijas, prejuicios y expectativas […] uno ve sólo lo que está preparado para ver, o lo que desea ver.” La pregunta que surge como primera etapa para la respuesta gira alrededor de lo que cada espectador es capaz de percibir o está dispuesto a considerar. Así pues, te pregunto: y tú, ¿qué ves?
Así pues, las charlas abundantes sobre actores, cuando hablamos de cine, ¿revelan que, por voluntad, por prejuicios o deseos, o por falta de preparación, no se alcanza a ver más allá de ellos? Me temo que sí. Los actores son como las ramas que obstaculizan la visión del bosque. Al grado de que en el lenguaje habitual se llega a hablar de las películas de tal o cual actor, con lo que se le concede indirectamente incluso la autoría de la cinta. Sigo pensando que esta forma de valorar los actores es porque sobre todo el cine de Hollywood sigue teniendo un pie en el teatro. De hecho, he comentado en más de una ocasión que la Academia de Óscar ve cine y premia teatro.

También estoy convencido de que es necesaria la educación audiovisual del espectador, sobre todo ahora que los seres humanos pasan tanto tiempo frente a una o más pantallas. Para dar cuenta de esta percepción me parece conveniente hacer un símil: si en nuestra vida estudiantil llevamos más de un curso de español y tenemos un manejo pobre de la lengua –y a veces no leemos ni por obligación, como sucede en la escuela–, qué desarrollo tendremos de las capacidades audiovisuales si nunca recibimos instrucción al respecto. Al final me queda claro el reto, al menos para el cinéfilo: prepararse para poder ver y valorar los 15 elementos que propone Bordwell. Estos se agrupan alrededor de cuatro técnicas: puesta en cámara (lentes, planos, movimientos); puesta en escena (luz, actores, vestuarios y maquillajes, escenografías), montaje (relaciones temporales, espaciales, gráficas, rítmicas) y sonido (dimensiones de fidelidad, temporales, espaciales, rítmicas).





