Nada es interesante. El interés no está en las cosas, sino en las personas que se interesan en ellas. Nada es recomendable. No es ésta una característica de las cosas; hay alguien que las recomienda. Pero sí hay actos imperdonables. Uno de ellos es lanzar una bomba atómica a civiles indefensos. Lanzar dos…
Hoy, 6 de agosto de 2025, se cumplen 80 años de la bomba que lanzó Estados Unidos a la ciudad japonesa de Hiroshima. Tres días después lanzaría otra, sobre Nagasaki. De las consecuencias que este acto de barbarie tuvo ha dejado constancia el cine. Particular atención merecen, desde mi perspectiva, las que produjo el país que recibió los bombazos. Dejemos de lado las que tienen como protagonista a Godzilla (es curioso cómo el Occidente ha dedicado al monstruoso reptil numerosas películas, pero escasean las que dan cuenta de la monstruosidad humaba detrás de la bomba), cuyas capacidades se multiplicaron por la radioactividad. Por sus alcances y por sus trayectorias me detengo en dos de ellas: Lluvia negra (Kuroi ame, 1989) de Shôhei Imamura y Rapsodia en agosto (Hachigatsu no rapusodî, 1991) de Akira Kurosawa.

Lluvia negra (que alude a la lluvia radioactiva que se produjo después de las explosiones) presenta al inicio la caída de la bomba y la destrucción inmediata, con cuerpos calcinados y un paisaje infernal. Para dar cuenta de las consecuencias Imamura acompaña a tres sobrevivientes: la joven Yasuko y sus maduros tíos, a los que fue a visitar y con quienes posteriormente se instala. Ella está en edad casadera, y los esfuerzos de su tío y su tía se concentran en buena medida en el futuro matrimonio. Conforme avanza la historia van cobrando protagonismo los nefastos efectos de la radioactividad y el terror mental. Ayer como hoy las cifras de las matanzas que registra la Historia pueden no decir mucho a quienes las leen, de ahí que la estrategia del cineasta sea provechosa para dimensionar la matanza en Hiroshima: al poner rostro a los eventos y mostrar las vidas y proyectos de vida que se aniquilan, la tragedia cobra mucho mayor claridad, densidad y fuerza.

Rapsodia en agosto es la penúltima realización de Kurosawa y una especie de testamento. Asimismo, representa un poderoso recordatorio a las nuevas generaciones: la historia hace convivir a una anciana, cuyo marido murió en Nagasaki, con sus hijos y sus nietos. En la abuela se concentra la memoria y el dolor, y es particularmente elocuente el final en el que ella encara la catástrofe (materializada en un tifón). La parentela se extiende en esos momentos a “America”, por lo que la película abre una ventana que involucra a Estados Unidos. En una entrevista que concedió a Gabriel García Márquez en 1990 el cineasta menciona la amnesia que persiste alrededor del trágico evento y las dificultades que hubo y hay en el país para hablar del tema después de la ocupación yanqui. Por otra parte, el cineasta apunta que el número de muertos asciende a medio millón, y las bombas “siguen matando japoneses”. García Márquez trae a cuento las explicaciones esgrimidas por los norteamericanos para lanzar la bomba (motivaciones dudosas; razones, ninguna). Kurosawa manifiesta su profundo malestar al respecto y comenta que, “por lo menos, el país que tiró la bomba debe presentar disculpas al pueblo japonés. Mientras eso no suceda, este drama no habrá terminado.”

Sirvan los horrores que exhiben ambas películas para iniciar una reflexión. Porque 80 años después del masivo asesinato perpetrado por Estados Unidos siguen siendo vigentes cuestiones de tipo moral. Por acá y por España se burlaban de la petición de perdón que López Obrador hizo al gobierno español con relación al daño provocado durante la Conquista. Los bombazos norteamericanos están más cercanos en el tiempo y, como dice Kurosawa, el drama continúa mientras el asesino no pida perdón. Pero no está en la naturaleza de los imperios pedir perdón. Y así como el junior real español se mofó de la petición mexicana, no me imagino al prepotente sujeto que lanza amenazas todos los días desde la Casa Blanca y desde su propia red social teniendo un gesto de mínima humildad; y si lo hicieran tampoco sería verosímil su sinceridad. Lo cierto es que es urgente hacerse algunos cuestionamientos ante el paisaje actual del armamento nuclear.

Recientemente Israel y Estados Unidos bombardearon Irán porque, según ellos, los persas estaban creando una bomba atómica. Exigen que se revisen sus instalaciones para probar lo que hasta ahora son meras suposiciones. A mí me parece que es urgente, muy urgente, hacer la revisión… pero en Israel y Estados Unidos. Urge: sus arsenales nucleares no son meras suposiciones. Aún más cuando el delincuente que despacha en la Casa Blanca ha enviado un par de submarinos nucleares a las cercanías de Rusia. Del sionista genocida, clientazo del otro (el presidente norteamericano lo que hace al secundarlo es incrementar las ventas de armamento a un sin igual comprador al mayoreo) y que busca aplazar su reclusión en la cárcel provocando hambrunas y robando territorios palestinos no cabe sino esperar mayores calamidades. No es exagerado reconocer que el arsenal nuclear de ambos tiene a la humanidad en vilo. (En este paisaje es decepcionante el rol servil que hoy juega Europa, incapaz de oponer cierta racionalidad a tanta barbaridad. Sobre todo Francia, heredera de la ilustración: un siglo de luces.)

La humanidad está ante las puertas (no de la ley, por supuesto) de su destrucción. Lamentable, pero acaso no inmerecida: resulta difícil defender a cabalidad a una especie que le ha dado tanto poder a Estados Unidos. Cabría hacer reproches a todos los países que construyeron sus economías sobre los consumos norteamericanos. Este país compra a manos llenas, aunque viva del crédito. Pero todo el mundo le sigue vendiendo y depende en cierta medida de él (ni hablar de México: por acá cuando se piensa en exportar se piensa en principio y al final en el mercado yanqui), de ahí el terror a los aranceles por allá y por acá que impone el abusivo comprador.
De acuerdo con la RAE (y su rancia realeza), “democracia” significa “sistema político en el cual la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de representantes”. En el papel Estados Unidos e Israel son democracias. De esta forma, me pregunto cuál es el grado de responsabilidad que tiene la población de ambos países –en la que reside la soberanía– en las abyecciones que cometen sus representantes, en los males que endilgan al mundo. ¿Cómo habría que repartir la responsabilidad de lo imperdonable entre los gobernantes que dan las órdenes y los soberanos ciudadanos?
Y sin embargo hay quien sí perdona:





